A raíz del intento de magnicidio a la vicepresidenta Cristina Kirchner se habló mucho de los discursos de odio. Sin embargo, nadie fue más generador de odio que el kirchnerismo.
El movimiento populista liderado por el matrimonio K reflotó la palabra “enemigo“, propia del dictador Jorge Videla, o “gorila”, para denominar a quienes no piensan como ellos.
Salvo sectores marginales, el atentado contra CFK fue repudiado en forma unánime, como corresponde en una democracia. Es inadmisible, entonces, que el kirchnerismo y sectores del propio Estado salgan a culpar, irresponsablemente, al periodismo por semejante hecho. Un periodismo al que, desde Santa Cruz, siempre intentaron destruir, como hacen todos los autoritarismos.
Adepa (Asociación Argentina de Entidades periodísticas) sacó un comunicado: “No contribuyen a la paz social, las manifestaciones de diversos dirigentes, e incluso de organismos estatales, en las que se intenta vincular, caprichosa y peligrosamente, la labor periodística con un hecho delictivo unánimemente repudiado”.
Raúl Alfonsín tuvo un intento fallido de asesinato, parecido al que sufrió CFK, y no se le ocurrió culpar al periodismo ni al peronismo, entonces su oposición (destructiva, por cierto) por ese hecho aberrante. Después del histórico Juicio a las Juntas, Alfonsín vivía amenazado de muerte. El peronismo nunca lo ayudó, al contrario: lo hostigó con 17 paros generales. La izquierda, tampoco: decía que Alfonsín era “la derecha”. La verdadera derecha, mucho menos.
Alfonsín nunca se victimizó y su vida corría peligro en serio. Los genocidas tenían 40 años, no 90 como ahora.
40 años después una película argentina, favorita al Oscar 2023, cuenta aquel histórico momento. Se llama Argentina 1985 y la protagoniza Ricardo Darín.
Tarde o temprano la verdad se abre camino y las manipulaciones psicopáticas dejan de surtir efecto.
En la foto de portada: niños que fueron incentivados en Plaza de Mayo a escupir sobre imágenes de periodistas y figuras de los medios.

