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Política y emociones. El coach argentino del poder que pocos conocen

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  • 12 de diciembre de 2024

PARA LA NACION

Laura Di Marco

Una tarde de abril de 2022 toqué el timbre en el chalet de dos plantas de Javier Milei, en el barrio cerrado Valle Claro. El ahora presidente era, entonces, el disruptivo outsider que subía imparablemente en las encuestas. Hasta aquel momento, la casa de Milei era inescrutable. Misteriosa. Plagada de leyendas. De hecho, ningún periodista había entrado en ella.

–Que vos estés aquí es una señal- dedujo él, de inmediato.

–¿Una señal de qué?

–¡De que voy a ser presidente! –exclamó, como si fuera una obviedad–. Te explico: vos hiciste la biografía de Macri, que se llevaba mal con el padre, igual que yo. Y después escribiste sobre la historia de Cristina, que tuvo un padre colectivero: igual que yo. Y ahora estás acá para hacer mi perfil, ¿se entiende por qué el próximo presidente voy a ser yo?

¿De qué hablaba Milei, quizá sin saberlo del todo?

Del peso de su biografía personal en su carrera política. Se trata de un sendero poco explorado –e incluso subestimado– en el periodismo político y el análisis tradicional, que sin embargo se torna esencial a la hora de comprender el liderazgo argentino y nuestra sucesión de fracasos. Este es el nudo que aborda el flamante y exquisito libro Biografía del poder, de Alberto Lederman, un consultor de altísimo nivel de la política y del empresariado argentino y coordinador de célebres seminarios vip sobre el poder y las emociones, por donde han desfilado prácticamente todos los dirigentes públicos que conocemos. Durante casi 50 años, Lederman se ha dedicado a formatear a las élites argentinas en una suerte de gran terapia de grupo, entre otras herramientas.

En su libro, el autor desmenuza cómo piensan y funcionan esas élites. Logra sostener una hipótesis provocadora sobre la dirigencia argentina y sus patologías, tal como promete en la contratapa: la búsqueda del poder como droga y bálsamo para calmar sus traumas. El abandono o, más fuerte aún, la orfandad, afirma, es uno de los más comunes. El poder vendría a compensar esa vulnerabilidad de origen. Hablamos de una orfandad en un sentido real o figurado. Orfandad como la carencia de una nutrición parental sana, consistente, contenedora.

La orfandad de Milei es clara; él mismo lo ha contado como hijo de un padre violento que lo descalificaba, insultaba y lastimaba emocionalmente durante toda su infancia y adolescencia. No es difícil deducir que el Presidente sea leal con quienes siempre creyeron en él y lance una caterva de descalificaciones –junto con su militancia tiutera– cuando recibe la más leve crítica. El que se quema con leche, ve una vaca y llora.

Ante cuestionamientos razonables, su mente se remite al pasado. Por ejemplo, cuando su padre lo golpeó cuando, a los 13 años, deslizó en la mesa familiar que la guerra de Malvinas era una farsa, cuando Milei padre la apoyaba con fervor. A Macri le cabe otro tanto. Los conflictos con Franco Macri son conocidos, sumados a la frialdad de una madre a la que le costaba sentir a su hijo y obsesionada con la imagen social.

La soberbia política de Cristina solo esconde lo contrario: el hecho de que siempre se haya sentido inferior. No es que objetivamente lo sea, claro está: es un sentimiento muy viejo acuñado en su infancia pobre e incrustado muy profundo en el cerebro de aquella adolescente de Tolosa, que buscaba desesperadamente ser vista y pertenecer a la élite platense de la que se rodeaba. El infinito resentimiento, y hasta la voracidad por el dinero mal habido, incluso, pueden explicarse en aquellos primeros años de su vida. Claro que aquí no buscamos justificaciones sino explicaciones: dos conceptos que suelen confundirse, pero que son bien distintos.

Parado desde esta perspectiva novedosa, Lederman formula su tesis: no es la economía sino la salud mental de los líderes lo que explicaría la profunda crisis del país. Un exmandatario que integró la seguidilla de presidentes durante la crisis de 2001, suele decir lo mismo pero un modo más brutal. “El problema de la Argentina es, ante todo, psiquiátrico”.

¿Y qué hay de Edgardo Kueider, el protagonista de uno de los mayores escándalos de corrupción del año? Nació en Concordia, en el seno de una numerosa familia sirio libanesa, de clase media baja, cuyo sustento venía de una modesta mueblería y tapicería familiar. El padre se evaporó en su temprana infancia y lo criaron tíos y tías. Para compensar esas carencias soñaba con ser rico, tal vez por eso se metió en el peronismo y terminó envuelto en una trama de contrabando y lavado de dinero que muy probablemente termine con su carrera política.

Esa precariedad originaria de Kueider hizo que líderes más sólidos de la provincia –¿podríamos arriesgar, dirigentes con otras biografías?–, como Jorge Busti o Augusto “El Choclo” Alasino nunca lo hayan querido. Es la misma precariedad de Sergio Uribarri, uno de los poquísimos casos de exgobernadores condenados y presos por corrupción. Uribarri es oriundo de un pequeño pueblo entrerriano, General Campos, del que fue intendente. Las grandes ligas siempre le fueron ajenas, de ahí la falta de sofisticación en la confección de sus enjuagues. En otra escala, a los Kirchner les pasó lo mismo: lavar dinero a través de hoteles es de manual. Y de los más berretas.

En Biografía del poder, Lederman afirma que cada una de estas trayectorias políticas son respuestas a las biografías personales de cada uno de sus protagonistas.

Pero volvamos a Kueider. En su apuro por salir de pobre, ya entre 2009 y 2014, cuando aún era secretario general de la intendencia de Concordia, Migraciones registró 166 viajes entre Uruguay, Brasil y Paraguay. Su interés por los negocios inmobiliarios iba en aumento. Años más tarde se pelearía con su padrino político, el exgobernador Gustavo Bordet, que empezaría a impulsar como candidato a diputado a otro personaje muy significativo dentro de esta trama: Guillermo Michel, oriundo de Gualeguaychú, exdirector de Aduanas de Sergio Massa. En los últimos meses, Kueider y Michel protagonizaron furibundos cruces políticos en su provincia.

De hecho, Kueider y su secretaria son atrapados por la Armada paraguaya, en Ciudad del Este, una fuerza con la que Michel había trabado lazos cuando era funcionario. Como explicaba un periodista paraguayo, entrevistado por la revista Análisis digital: “Si la Armada hizo el procedimiento es porque tenía un dato porque, en esa Aduana, no paran a nadie”. La voracidad lleva a dejar cabos sueltos o al no registro, como subestimar el hecho de que los enemigos que se van construyendo en ese empinado y riesgoso camino también pueden jugar sus fichas.

Un dato curioso: el abogado de Kueider en Paraguay, Ricardo Preda, también fue letrado del expresidente paraguayo Horacio Cartes, un especialista en pasos de Aduana.

“(Los líderes) están más entrenados en decir, aunque no sea significativo lo que dicen, y se les hace difícil escuchar –escribe Lederman– porque eso implica registrar lo que el otro dice y hacer el intento de entenderlo, de hablar con otros para pensar con ellos mismos”.

Una buena interpretación que aplica a muchos políticos, empresarios e, incluso, líderes comunicacionales. Aman escucharse, de ahí la falta de registro que muchas veces tienen de los demás y sobre todo de su entorno, que los lleva a cometer errores tan groseros como dejar una mochila con más de 200.000 dólares sin declarar, a la hora de pasar por un control de Aduana en un paso fronterizo.

Por Laura Di Marco

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Irán y Venezuela. El silencio infame del progresismo

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Cuando Mauricio Macri recién arrancaba su carrera política y competía para ser candidato a diputado era auscultado por las encuestas y los grupos focales. Allí, sorpresivamente, la gente lo ubicaba como “progresista”. La confusión era lógica: para el ciudadano de a pie, “progresismo” es sinónimo de progreso.

Pero aquí hablamos del progresismo de Palermo rúcula. Los hippies con OSDE. Ese arco político –o parte de él, para ser justos– que va del kirchnerismo a la izquierda y que abarca a grupos de artistas, escritores e intelectuales. La típica grieta argenta ha pegado un salto cuántico hacia la geopolítica, con la extracción de Maduro en Venezuela y la masacre que ahora mismo se está desatando en Irán, como respuesta a las manifestaciones contra la tiranía teocrática.

El martes por la noche, la comunidad venezolana en la Argentina organizó un acto frente a la ESMA, símbolo del terror de la dictadura argentina, para equiparar nuestros desaparecidos con los suyos. Más aún: el número de desaparecidos y presos políticos sigue creciendo en Venezuela porque, con esta apertura, la sociedad se atreve más a hablar, a denunciar, a manifestar.

Pero prestigiosos escritores “progres”, famosos artistas y organismos de derechos humanos, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, permanecen mudos. El silencio nunca es neutro frente a una dictadura. Es complicidad con el régimen. Es una respuesta política. Si mirar para el costado te hacía cómplice durante la dictadura de Videla, lo mismo vale para la dictadura venezolana en la que, además, hay tres compatriotas desaparecidos. Ayer excarcelaron al rehén argentino-israelí Yacoov Harari, que estuvo 450 días secuestrado por la tiranía chavista. Pero los progres no celebraron. Mudos.

El Helicoide es la réplica de la ESMA, a ver si se entera Palermo rúcula. Los mismos que se llenaron la boca, como pastores de la moralidad, señalando la complicidad de parte de nuestra sociedad, cuando miró para el costado mientras desaparecían argentinos.

En el caso de muchos intelectuales, sorprende (o no) la disociación entre sus ideas, sus emociones y sobre su humanidad para quienes dicen amar a la humanidad. Pareciera que su propia narrativa del mundo –porque, al fin y al cabo, es una narrativa– es más importante que el sufrimiento de los seres humanos cuando las violaciones de los derechos humanos suceden en países que ellos defienden.

Ni qué hablar de la distorsión de la realidad. En medio de la tensión geopolítica en Medio Oriente, la periodista K Marcela Feudale atribuyó los incendios en la Patagonia a dos israelíes. Fue desmentida al instante.

Louis Pierre Althusser era un filósofo marxista francés, venerado por gran parte del mundo intelectual, que asesinó a su mujer. Pero ese “detalle” no lo saca del podio de vaca sagrada para los corazones marxistas. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir firmaban solicitadas en favor de tener sexo con menores de 16 años (hoy lo llamamos abuso), mientras denunciaban las bajezas del capitalismo burgués.

Lo máximo que ha dicho la galaxia progre sobre Venezuela es que la intervención de Estados Unidos viola el derecho internacional. Por supuesto, el argumento es válido. Lo irónico es que ese mismo universo solo alza ahora su voz, mientras los venezolanos pidieron ayuda internacional durante 27 años y nadie hizo nada. Como se pregunta, con mucho sentido común, Elisa Trotta, la exembajadora de Venezuela: ¿se supone que deberíamos morir con Maduro porque su captura viola el derecho internacional?

La extracción de Maduro en Venezuela pegó su coletazo en su aliado histórico, Irán. Fogoneada por las generaciones más jóvenes y las mujeres, la presión contra la teocracia islámica que comanda su líder supremo, Ali Khamenei, es la más fuerte en años.

Como afirma María Eugenia Sidoti en la revista Sophia, en una conmovedora crónica sobre la lucha de las mujeres iraníes: detenidas, violadas y asesinadas en nombre de su dios, en Irán las mujeres vuelven a estar en el centro de una lucha que no eligieron. Sus cuerpos –históricamente regulados, vigilados, castigados, vulnerados– fueron convertidos en un territorio político. Pero el feminismo K permanece mudo. Cómplice.

Parece que hay abusos buenos y abusos malos, según los ojos que lo miren. Julio Iglesias afronta denuncias judicializadas por supuestos maltratos y agresiones sexuales. Ayer, Isabel Díaz Ayuso salió a defenderlo, sin que la Justicia haya dicho ni una palabra aún. Pero las investigaciones periodísticas son consistentes y un prestigioso canal español promete un especial sobre el tema, con testimonios de famosas que comprometerían a la estrella española. Aquí, la periodista Marcela Tauro también denunció conductas impropias, que padeció en primera persona, por parte del cantante.

En este innegable cambio de época, las caretas de muchos intocables empiezan a caer.

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Influencers y charlatanes: la moda de “divorciarse” de los padres

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De la desinformación en las redes a un acto antivacunas realizado, nada menos que en un anexo del Congreso de la Nación, organizado por una diputada nacional: Marilú Quiroz (Pro), que utilizó ese espacio institucional para demostrar, sin ningún sustento científico, los supuestos daños de la vacuna contra el Covid. Pero el delirio llegó al paroxismo cuando, en su alegato, Quiroz llevó a un hombre que afirmó sufrir “magnetización” como efecto de la vacuna que había recibido durante la pandemia.

Luego se supo que el supuesto imantado había estado en el programa de Mariana Fabbiani, mucho antes de la pandemia, haciendo el mismo sketch circense. Un show en el que los imanes venían a él como atractores irresistibles. La comunidad médica reaccionó con dureza frente al acto en el Congreso. Lo calificó de “circense” y “vergonzoso”, sobre todo para un país que enfrenta rebrotes de enfermedades prevenibles, por la baja en la tasa de vacunación.

Pero digamos todo: la “moda” antivacunas arrancó en las redes y está fuertemente arraigada en algunos sectores de la sociedad. Es común escuchar que, cuando alguien se enferma gravemente o fallece –sobre todo, si es joven– se lo atribuya, sin ninguna evidencia seria, a supuestas consecuencias de las vacunas contra un virus que mató a millones de personas en el mundo.

Pero si bien esta corriente que arrancó en las redes sociales y se popularizó es la más famosa, hay otras más subterráneas, podríamos decir que de nicho, aunque igualmente tóxicas. Se trata del “consejo”, o incluso la militancia, de algunos influencers, con miles de seguidores adolescentes o adultos jóvenes, que impulsan el “contacto cero” con los padres.

Esta moda “progresista” empezó a pergeñarse durante el encierro y se disparó una vez pasada la cuarentena: son muchos los terapeutas familiares que atienden estos casos, donde los hijos “bloquean” sin dar explicaciones –esto es lo más devastador– y los padres quedan destrozados por esa piña en la cara, que no entienden

Una “militancia” dañina que generó innumerables bloqueos en redes y WhatsApp de los hijos hacia los padres porque “la sangre no obliga”.

Es cierto que esa separación puede ser saludable, e incluso necesaria, en casos graves de abusos (sexuales, por ejemplo) o maltratos ultrajantes, pero el punto crucial es que estos consejeros espirituales no discriminan entre casos graves, muy graves y otros, probablemente la mayoría, que solo requieren un trabajo terapéutico serio de sanación y reparación de los lazos familiares.

Más aún, el “contacto cero” con los padres puede suceder, por caso, por una discusión menor, la grieta política, un malentendido o la imposición de límites. O por nada. Simplemente el distanciamiento se produce sin una charla previa, una explicación o un motivo visible.

La famosa locutora Marita Monteleone dio su testimonio en este sentido: explicó que su hija, una conocida periodista, la tenía bloqueada en el WhatsApp desde hacía un año y que ella ignoraba el motivo. Los casos se multiplican en las consultas de los terapeutas familiares. Un conocido periodista deportivo no ve a su hija, de 27 años, desde hace 14 meses. “Me rompió el corazón”, confiesa. Y sigue: cuando le pidió ayuda por un problema de salud, la chica simplemente respondió: “Te pasa por haberte ido de joda a España”.

Una contadora, conferencista en finanzas, transita la misma dolorosa situación. Hace dos años que su única hija la tiene bloqueada en todas las redes. ¿Por qué? No lo sabe. Simplemente un día quiso dejarle un mensaje y vio el WhasApp sin su foto. Mudo. Igual que el periodista deportivo, cuando tuvo un pico de presión, llamó por teléfono a su hija para que la acompañara a una guardia. La respuesta fue: “Tan mal no debes estar porque me estás llamando”.

Los militantes del “contacto cero” parental son muchos. Uno de ellos, que se presenta como terapeuta, admite en su Instagram, con miles de seguidores: “Sé que el contacto cero suena muy cruel y es muy impopular, cuando se lo aplica a los padres: si sos hijo o hija, decidís que vas a tomarte un descanso por tiempo indefinido. No es fácil para un hijo decidir que no querés a tus padres en tu vida. Y si sos hijo –porque yo estuve en tu lugar–, no seas cruel. Decí claramente: ‘Esto no es para mí, te agradezco, pero voy a tomar distancia’”. Su consejo es que, de este modo, uno viaja más liviano.

¿Viaja más liviano? ¿Cuál es el experimento, el aval científico, el paper que desemboca en esta conclusión? ¿Hay algún experimento serio sobre el tema?

Lo que sí tiene evidencia científica –o al menos la suficiente cantidad de casos registrados– es lo contrario. Es decir, las consecuencias que provoca en jóvenes adultos y, mucho más, en adolescentes la ruptura emocional con los padres: ansiedad, depresión, dificultad en establecer vínculos a futuro, sentimientos de culpa, vergüenza, sentimientos de abandono e, incluso, enfermedades crónicas, como veremos más adelante.

Otro de los militantes digitales que va en este sentido propone, incluso, que “la sangre no obliga” a darles una mano a los padres cuando llegan a viejos. Lo que sí obliga es el Código Civil. A partir de 2025 la jurisprudencia argentina ha perfilado con más precisión los requisitos para que esa omisión de asistencia derive en responsabilidad civil o incluso penal. Cuando le recordaron este importante punto en los comentarios, el influencer bajó el posteo.

El denominador común de estos discursos, emitidos por supuestas figuras de autoridad que, incluso, dan consejos sobre salud, pareja, maternidad o alimentación es que no hay ninguna acreditación que los avale.

Las redes son maravillosas y tóxicas, según cómo se usen. Pero no es lo mismo Gabriel Rolón que @JulianCaminante (su nick en Instagram), un señor muy divertido que se presenta como “caminante de la vida” y que se dedica a dar consejos de pareja. Lo curioso: tiene 214.000 seguidores que lo leen como si fuera Nietzsche.

Claro que hay otro costado saludable del unparenting (desparentar o vivir sin padres, en su traducción al español) y es el que relató Silvia Pérez, en una entrevista reciente. La exvedette se animó a contar la relación tóxica que mantenía con su hija y que se fue sanando, tomando una saludable distancia, que viene con la adultez de los hijos y que muchos padres no registran. Pero estos linderos sanos aterrizan en un escenario muy diferente al “contacto cero”.

La exvedette confesó que no podía cortar el cordón umbilical y que la llamaba todo el tiempo, incluso para saber si había llegado bien, a pesar de que su hija ya había cumplido los 40. Y es ese pegoteo el que puede vivirse, desde el lado de los hijos, como saturación, invasión emocional o presión. Pero ese avasallamiento, según el consenso probado de los terapeutas familiares, se sana con límites, no con cortes.

En una conferencia reciente, el doctor Bruce Hoffman, especializado en enfermedades crónicas complejas, explicó que la principal pregunta que les hace a sus pacientes, además de sus síntomas, es sobre la relación con sus padres. ¿Por qué? Porque somos ambos. Y cuando rechazamos a alguno de ellos, también rechazamos a una parte nuestra. Y ese rechazo enferma. Hoffman es claro: el odio a los padres genera un desequilibro en la transferencia epigenética y todo tipo de problemas en la vida.

Aquí la clave parece ser el discernimiento entre charlatanes y discursos con evidencia científica. Y en tiempos de redes sociales, esa diferenciación no es tan fácil como parece.

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La soledad de Cristina Kirchner, la mujer del balcón

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No es fácil comunicarse con Cristina Kirchner por teléfono o WhatsApp. Excepto su círculo más privado, nadie puede llamarla directamente. Un golpe para su narcisismo político y su afán de centralidad. Un intendente intentó contactarla hace poco y lo derivaron a un agente del Servicio Penitenciario, que volvió a comunicarse con él horas más tarde y, en lenguaje policial, le informó que la expresidenta ya estaba habilitada para dialogar. Recién entonces pudo hablar con ella. Y le quedó la duda de si la conversación era escuchada o no.

“Fue muy fuerte, recién entonces entendí su situación”, confiesa el mismo jefe comunal que, junto con otros, está en una movida silenciosa para desbancar a Máximo Kirchner, cuyo mandato al frente del PJ bonaerense vence el 18 de diciembre. Máximo es uno de los pocos que no necesitan intermediarios para cobijarse bajo el ala de su madre. Va en busca de protección política frente a quienes lo quieren carnear, que no son pocos.

La droga de un narcisista es la idolatría. Y Cristina la necesita como el aire, sobre todo ahora en su prisión doméstica, que no es un castigo menor. Por eso ama el balcón de San José 1111, devenido su propio y solitario teatro. Y lo ama aun a costa de hacer el ridículo, como cuando bailó después de la feroz derrota del peronismo en octubre.

O como cuando, días atrás, salió a saludar a nadie. Abrió la ventana para recibir la adrenalina de sus feligreses y solo había diez. Fue triste, aun para los que no la quieren. Esa bulimia por seguir siendo el centro le impide habilitar una interna del PJ, que es lo único que podría revitalizarlo.

Por otro lado, si hubiera elección interna, como propuso esta semana el presidente del PJ porteño, Juan Manuel Olmo, ¿quién se atrevería a enfrentarla, aunque sea por medio de un delfín?

Perón, el padre, ya había muerto en la década del 80 cuando el peronismo logró reinventarse impulsando la primera y única interna de su historia, la de Menem vs. Cafiero. Una elección vivificante que lo sacó del shock room. En este caso, sin embargo, la madre política está viva. Y, lo más complejo, su grey pide “unidad del espacio”. Así lo revelan los grupos focales de la consultora Escenarios, liderada por Federico Zapata.

“La loca del balcón nos está hundiendo”, se queja sin eufemismos una diputada kirchnerista que, en otro tiempo, solía ser su ventrílocua. La frase es compartida por los mismos intendentes bonaerenses que le aconsejaron a Axel Kicillof desdoblar las elecciones bonaerenses para, inmediatamente después, romper con ella. Pero Axel no lo hizo. Y no solo por miedo o por falta de pericia política, sino también porque sabe que, entre los votantes de su espacio, dogmáticamente ideologizado, rinde la unidad, aunque tengan que tragarse a Máximo Kirchner. El PJ está atrapado en un dilema sin resolución.

Son unos 40 o 50 jefes comunales que quieren enfrentar al hijo de Cristina en una interna bonaerense. Los “machos del off” que también hablan de “la loca del balcón”, pero que, a la hora de las definiciones, no se animan a enfrentar a su heredero, aunque podrían ganarle. Ellos hacen otras cuentas. El kirchnerismo devino un partido del AMBA, con un 25 o un 30% de adhesiones. El PJ federal se transformó en una serie de partidos provinciales fragmentados que negocian, por separado, con el gobierno nacional. En una palabra, la mujer del balcón sigue liderando a la primera minoría opositora, aun presa, sola e inhabilitada. Es cine.

El punto es que, para muchos, esa zona de confort los aloja porque, bajo sus polleras, consiguen cargos sin esfuerzo. Axel tiene mejor imagen que su madre política –su honestidad es un activo–, pero si rompiera con ella perdería entre un 18 o 20% de las simpatías perokirchneristas. El “chiquito”, como le dice su jefa, está atrapado. Cristina lo define así: “Este muchacho es un técnico sin habilidades políticas, rodeado por sus excompañeros de facultad”. La idea de desdoblar la elección, por caso, nunca podría haber salido de él. Fue un consejo de los viejos lobos de mar, los intendentes.

Al peronismo siempre le rindió una narrativa de reconstrucción nacional. El subtexto es así: sea quien fuere que haya estado antes, traicionó al pueblo y arruinó a la Argentina. El problema es que antes estuvo la mujer del balcón, con su fallido delfín.

No hay adulto argentino que no haya vivido con la marca del peronismo sobre su cabeza. Como decía Juan Carlos Torre, antes del triunfo de Milei en 2023: el peronismo es como el aire que se respira en la Argentina. Pero ahora ese aire está contaminado. Viciado.

Ni Cristina, ni su impulsivo hijo biológico, ni su ahora enemigo hijo político, ni los jefes territoriales tienen un candidato competitivo para 2027 en el nivel nacional. Mucho menos en la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas. Para empeorar el panorama, Diego Santilli es taquillero y tiene con qué. Más: ya ganó la provincia en 2021. Los intendentes del PJ azuzan las red flags. Uno de ellos editorializa el complejo panorama en una sola frase: “Tenemos un problema, Houston”.

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