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Votar (o no) con el corazón roto

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En la edición 61° del Coloquio de Idea, el politólogo y streamer Rosendo Grobo, el hijo de 30 años del “rey de la soja”, interpeló con simpatía a su auditorio, el círculo rojo: “Cuando yo nací, se celebraba la edición 31ª de este coloquio y entonces la pobreza era del 5%. Ahora es del 50%. No sé, si estuviera en el lugar de ustedes me preguntaría qué pasó.

El día que asumió Alfonsín no era un día peronista, pero el sol era radiante. El aire, cálido. Envolvente. Era un día con adrenalina, esperanza, vida. La Argentina transpiraba ilusión después de haber sobrevivido a los años más oscuros de su historia. Las familias se vestían especialmente para ir a votar y esperaban el resultado mordiéndose las uñas alrededor de un televisor, que hacía apenas tres años funcionaba con colores.

Las elecciones del 83 movilizaron los corazones como pocas veces. Y los movilizaron en todas las direcciones. Como contaba un dirigente peronista, años más tarde de aquel momento icónico: “Cuando ganó Alfonsín, no me pude levantar de la cama por dos días”.

Un dato poco conocido: en 1987, durante el primer levantamiento Carapintada, los argentinos salieron multitudinariamente a la calle para apoyar al gobierno, pero los más jóvenes radicales fueron más lejos: muchos salieron armados. Estaban dispuestos literalmente a pelear por la democracia recién recuperada. “Y yo quise evitar un derramamiento de sangre”, confesó Alfonsín, al final de su precipitada salida del poder, cuando le preguntaban por qué aquella vez en Campo de Mayo había pactado con los militares que buscaban arrancarle el indulto.

Varios años atrás, en el avión que traía a Perón definitivamente a la Argentina, la dirigencia joven del peronismo también viajaba armada. Las armas se las había dado el propio Perón, en pleno vuelo. Igual que aquellos jóvenes radicales, los peronistas también estaban dispuestos a dar la vida por su líder. Pero no era ni Perón, ni Alfonsín: era un país atravesado por la pasión. Creyente. Corazones enamorados que soñaban la Argentina próspera; el sueño que habían soñado nuestros abuelos.

Pero, como dice la consultora Mariel Fornoni: el amor es confianza. Es entrega. ¿Y qué político hoy genera confianza? En los primeros años de la recuperación democrática, nadie militaba por dinero. Se militaba por amor, por convicción, por pasión. Hoy hasta los fiscales cobran para controlar la elección porque, de lo contrario, no irían.

En los albores del kirchnerismo e, incluso, hasta el arranque del gobierno de Macri, la mayoría de los políticos más relevantes tenían imágenes positivas que rondaban el 60%. Incluso, en algunos casos llegaban al 80%. Y, en todos los casos, la consideración positiva superaba la negativa. “Tengo un 80% de imagen positiva y todavía no hice nada”, se sorprendía María Eugenia Vidal mirando, encandilada, los sondeos que le mandaba Jaime Durán Barba, apenas dos meses después de su asunción como gobernadora.

El caso de Scioli fue aún más sorprendente. Encabezó uno de los peores gobiernos de la historia bonaerense, pero la consideración de los votantes siempre era alta. Con fe y con esperanza. Un país misterioso.

En los cuarenta y dos años que siguieron a la adrenalina de 1983, todos los gobiernos terminaron mal. Todos los planes económicos fracasaron: los neoliberales, los populistas, los ortodoxos, los heterodoxos. Ahora, ni Bessent puede con nosotros, en el mar de una Argentina que, como diría Trump, está luchando por su vida. Un país traumado en el que parece haberse instalado –¿definitivamente?– un loop que se menea entre la ilusión y el desencanto. El circuito tóxico que tan bien describió el historiador económico Pablo Gerchunoff.

Hoy no hay un solo líder político cuya imagen positiva supere la negativa. Ni siquiera se salva Graciela Ocaña, una dirigente honesta que nunca le hizo daño a nadie. En el último sondeo de Escenarios, la consultora de Pablo Touzon y Federico Zapata, el 21,51% piensa que todos los políticos son corruptos. Casi el 60% no cree que los corruptos sean todos, pero sí muchos de ellos. La estafa política reiterada pasa factura.

Fornoni explica que la Argentina se parece, cada vez más, a aquellos países en los que votar no es obligatorio. Un fenómeno que, si se agudiza, será un problema para la representación democrática.

Amplios sectores de la sociedad simplemente no tienen ganas de ir a votar, ni siquiera para que pierda el político que odian: una motivación importante en las últimas elecciones. La Argentina política es como un sacerdote que ha perdido la fe.

Y no es que hayan perdido la fe en la democracia como sistema: la infelicidad es con los resultados. En el mismo sondeo de Escenarios el 63% se opondría a un gobierno no democrático capaz de resolver los problemas económicos y de inseguridad. Un 75% prefiere la democracia por sobre cualquier otro sistema. Sin embargo, más del 70% se siente insatisfecho con su funcionamiento.

Perplejidad ante Milei. Eso es lo que siente Alejandro Catterberg, un avezado consultor acostumbrado a tratar, desde hace muchos años, metafóricamente, con un paciente maníaco-depresivo que se bambolea permanentemente sobre una cornisa, oscilando entre la ilusión y el desencanto. Perplejidad al ver cómo un gobierno pudo perder, en tan poco tiempo, la dinámica en la que estaba encaminado. Asombro al ver una economía que venía creciendo al 6% y que, de golpe, se paralizó. Dificultad para explicar a un oficialismo que tenía el control absoluto sobre la agenda pública y que hoy parece perdido.

En una palabra, si seis meses atrás Milei se encaminaba hacia un resultado contundente, hoy está peleando por sobrevivir electoralmente. Si hace seis meses Espert era una estrella mediática que se paseaba por los canales prometiendo cárcel o bala para los bandidos, hoy se sospecha que fue un bandido quien lo financió.

¿Tendremos arreglo? Catterberg no pierde la esperanza. Milei debe dejar atrás la etapa adolescente de su liderazgo, dice. Difícil que suceda porque Milei espeja a una sociedad adolescente.

Y hablando de eso: ¿qué pasa en la pecera adolescente, de 16 o 17 años, que se incorpora al mercado electoral? Ahí no encontramos corazones rotos porque ellos no sufrieron tantas décadas de trauma político, pero sí escepticismo. La frase coloquial más escuchada en los focus groups ante la pregunta sobre si van a ir a votar, es: “No creo, me da paja”. Ojo: ellos están viviendo la época de un Milei en baja. La efervescencia joven de 2023 fue hace dos años: los que hoy votan por primera vez son otros jóvenes. Y algunos de ellos sienten que Milei ya se volvió casta.

Pero Fornoni enciende una luz de esperanza: los adultos jóvenes están comprometidos, no con la política, pero sí con proyectos solidarios o sociales donde no haya intermediarios. Proyectos de corto plazo, nada de utopías. Por caso, “Un techo para mi país” (ahora llamado “Techo”) convoca a los sub-30 en un emprendimiento sin fines de lucro para los más pobres.

Dicho de otro modo, entre Santi Maratea y Cáritas, los jóvenes prefieren el paradigma del primero.

Las generaciones mayores poco saben de ellos. De quienes escuchan a Lara López Calvo, y tal vez nunca hayan escuchado hablar de Melconian o de Artana. Es una sociología que se rebela contra la falta de autenticidad, la manipulación, la truchada, la psicopatía ideológica, el robo sistemático. E, incluso, contra la grieta.

Apelando a la metáfora funeraria de Trump, si lo que está muriendo es esa Argentina que, a los mayores, nos rompió el corazón, bienvenido sea.

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Las aventuras de “Pichichi”, el hombre del poder permanente

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Era el verano de 1997 y habían pasado, apenas, unos días desde el asesinato de José Luis Cabezas, a manos de sicarios que respondían a Alfredo Yabrán. Carlos Menem llamó a una conferencia de prensa. En aquel momento, los presidentes aún hacían esas rarezas. Los periodistas convocados, todos, pensamos naturalmente que hablaría de un crimen que, en democracia, recordaba a los momentos más oscuros de la dictadura.

Menem arrancó anunciando que tenía preparada una sorpresa. Los periodistas convocados allí pensamos que aportaría información relevante sobre el asesinato que atravesaba a la Argentina. Pero no. Menem había llamado a la prensa para anunciar, de un modo rimbombante, que la lista de los diputados nacionales para la ciudad de Buenos Aires sería encabezada por una estrella del deporte. Mantuvo el misterio unos minutos hasta que, por fin, lo reveló: la estrella deportiva era nada menos que Daniel Scioli.

El ocho veces campeón mundial había decidido incorporarse al PJ, en esa mezcla de farándula y política que el menemismo convirtió en su marca de identidad. Así empezó “Pichichi” su carrera en el poder, siempre con fe y con esperanza, pero sobre todo con una capacidad increíble para “panquequear” sin parpadear. Y sin consecuencias visibles. Todavía. “Pichichi” es un apodo que se ganó en el mundo del deporte.

Después de Menem, que lo inventó como político, pasó sin escalas a un sesgo ideológico completamente contrario: Néstor, Cristina, Alberto. Y, en otra pirueta sin argumentación ideológica, recaló como funcionario de Milei.

Raro en “Pichichi”, que siempre –hay que decirlo– estuvo presente con su rostro de amianto en todas las tragedias. Sin embargo, esta vez y mientras ardía la Patagonia, Scioli, que es secretario de Ambiente, estaba de fiesta en Mar del Plata para asistir, entre otros eventos, al show de Milei y Fátima Florez. Como destacó ayer en X el dirigente de la Coalición Cívica Maximiliano Ferraro: “230.000 hectáreas de patrimonio natural en llamas. Once veces la ciudad de Buenos Aires. Flora, fauna, biodiversidad, suelos y ecosistemas arrasados. ¿Y el Presidente?”, se preguntaba esta semana uno de los “lilitos”, denunciantes de la mansión de Pilar, que se le atribuye al enigmático Pablo Toviggino y que es investigada por lavado de dinero. ¿Y Scioli?

Scioli enfrentó este lunes las cámaras de LN+ en un episodio tan insólito que se convirtió en meme. Sucedió cuando esta cronista le consultó su opinión sobre el escándalo del AFAgate. Entonces, “Pichichi” dibujó una respuesta confusa alegando que él ya había fijado su posición. Pero ¿cuál es esa posición?, repreguntamos. Scioli volvió a sarasear. Pero ¿qué piensa de Chiqui Tapia, en concreto? Fue ahí cuando tiró el micrófono y huyó de la nota con un escueto: “Perdón, me tengo que ir a comer”. Algunos usuarios de las redes compararon el momento con el “me quiero ir” del exministro Lorenzino.

Scioli y Tapia tienen una larga relación que nació en el futsal y terminó de consolidarse en la Copa América de 2021, cuando el exmotonauta era embajador en Brasil. Detalle no menor: a cargo del futsal en la AFA estuvo Luciano Pantano (atenti aquí con el apellido), el monotributista que figura como uno de los dueños formales de la mansión de Pilar que, se supone, sería del tesorero de la AFA.

Más aún, algunos dirigentes de clubes que, por ahora, solo hablan off the record afirman que Scioli sería uno de los tripulantes de los helicópteros de Gustavo Carmona que viajaban regularmente a la casa de Villa Rosa para participar de fiestas y eventos. Decenas de vuelos cuyos pasajeros nunca fueron registrados, pero entre los que figurarían jueces y políticos de primer nivel. La mansión tiene un casino que, parece, era muy atractivo para la elite del poder.

El juez Aguinsky, al que le quitaron la causa de la mansión de Pilar para dársela a otro magistrado cercano a Sergio Massa, llegó a indagar a los pilotos de aquellos helicópteros, pero se topó con una amnesia temporal de los indagados. Uno afirmó que “no recordaba” a ningún pasajero. Otro dijo que no llevó a ningún pasajero porque los vuelos solo eran de “entrenamiento”.

La caja de Pandora que desató una copa de cotillón inventada por Tapia parece no tener fin, por más que los dueños del fútbol “aprieten” a periodistas y a jueces para quitarles causas. Como escribía García Márquez: en algún lugar, siempre, hay alguien que sabe la verdad. ¿“Pichichi” la sabrá?

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Irán y Venezuela. El silencio infame del progresismo

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Cuando Mauricio Macri recién arrancaba su carrera política y competía para ser candidato a diputado era auscultado por las encuestas y los grupos focales. Allí, sorpresivamente, la gente lo ubicaba como “progresista”. La confusión era lógica: para el ciudadano de a pie, “progresismo” es sinónimo de progreso.

Pero aquí hablamos del progresismo de Palermo rúcula. Los hippies con OSDE. Ese arco político –o parte de él, para ser justos– que va del kirchnerismo a la izquierda y que abarca a grupos de artistas, escritores e intelectuales. La típica grieta argenta ha pegado un salto cuántico hacia la geopolítica, con la extracción de Maduro en Venezuela y la masacre que ahora mismo se está desatando en Irán, como respuesta a las manifestaciones contra la tiranía teocrática.

El martes por la noche, la comunidad venezolana en la Argentina organizó un acto frente a la ESMA, símbolo del terror de la dictadura argentina, para equiparar nuestros desaparecidos con los suyos. Más aún: el número de desaparecidos y presos políticos sigue creciendo en Venezuela porque, con esta apertura, la sociedad se atreve más a hablar, a denunciar, a manifestar.

Pero prestigiosos escritores “progres”, famosos artistas y organismos de derechos humanos, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, permanecen mudos. El silencio nunca es neutro frente a una dictadura. Es complicidad con el régimen. Es una respuesta política. Si mirar para el costado te hacía cómplice durante la dictadura de Videla, lo mismo vale para la dictadura venezolana en la que, además, hay tres compatriotas desaparecidos. Ayer excarcelaron al rehén argentino-israelí Yacoov Harari, que estuvo 450 días secuestrado por la tiranía chavista. Pero los progres no celebraron. Mudos.

El Helicoide es la réplica de la ESMA, a ver si se entera Palermo rúcula. Los mismos que se llenaron la boca, como pastores de la moralidad, señalando la complicidad de parte de nuestra sociedad, cuando miró para el costado mientras desaparecían argentinos.

En el caso de muchos intelectuales, sorprende (o no) la disociación entre sus ideas, sus emociones y sobre su humanidad para quienes dicen amar a la humanidad. Pareciera que su propia narrativa del mundo –porque, al fin y al cabo, es una narrativa– es más importante que el sufrimiento de los seres humanos cuando las violaciones de los derechos humanos suceden en países que ellos defienden.

Ni qué hablar de la distorsión de la realidad. En medio de la tensión geopolítica en Medio Oriente, la periodista K Marcela Feudale atribuyó los incendios en la Patagonia a dos israelíes. Fue desmentida al instante.

Louis Pierre Althusser era un filósofo marxista francés, venerado por gran parte del mundo intelectual, que asesinó a su mujer. Pero ese “detalle” no lo saca del podio de vaca sagrada para los corazones marxistas. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir firmaban solicitadas en favor de tener sexo con menores de 16 años (hoy lo llamamos abuso), mientras denunciaban las bajezas del capitalismo burgués.

Lo máximo que ha dicho la galaxia progre sobre Venezuela es que la intervención de Estados Unidos viola el derecho internacional. Por supuesto, el argumento es válido. Lo irónico es que ese mismo universo solo alza ahora su voz, mientras los venezolanos pidieron ayuda internacional durante 27 años y nadie hizo nada. Como se pregunta, con mucho sentido común, Elisa Trotta, la exembajadora de Venezuela: ¿se supone que deberíamos morir con Maduro porque su captura viola el derecho internacional?

La extracción de Maduro en Venezuela pegó su coletazo en su aliado histórico, Irán. Fogoneada por las generaciones más jóvenes y las mujeres, la presión contra la teocracia islámica que comanda su líder supremo, Ali Khamenei, es la más fuerte en años.

Como afirma María Eugenia Sidoti en la revista Sophia, en una conmovedora crónica sobre la lucha de las mujeres iraníes: detenidas, violadas y asesinadas en nombre de su dios, en Irán las mujeres vuelven a estar en el centro de una lucha que no eligieron. Sus cuerpos –históricamente regulados, vigilados, castigados, vulnerados– fueron convertidos en un territorio político. Pero el feminismo K permanece mudo. Cómplice.

Parece que hay abusos buenos y abusos malos, según los ojos que lo miren. Julio Iglesias afronta denuncias judicializadas por supuestos maltratos y agresiones sexuales. Ayer, Isabel Díaz Ayuso salió a defenderlo, sin que la Justicia haya dicho ni una palabra aún. Pero las investigaciones periodísticas son consistentes y un prestigioso canal español promete un especial sobre el tema, con testimonios de famosas que comprometerían a la estrella española. Aquí, la periodista Marcela Tauro también denunció conductas impropias, que padeció en primera persona, por parte del cantante.

En este innegable cambio de época, las caretas de muchos intocables empiezan a caer.

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Influencers y charlatanes: la moda de “divorciarse” de los padres

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De la desinformación en las redes a un acto antivacunas realizado, nada menos que en un anexo del Congreso de la Nación, organizado por una diputada nacional: Marilú Quiroz (Pro), que utilizó ese espacio institucional para demostrar, sin ningún sustento científico, los supuestos daños de la vacuna contra el Covid. Pero el delirio llegó al paroxismo cuando, en su alegato, Quiroz llevó a un hombre que afirmó sufrir “magnetización” como efecto de la vacuna que había recibido durante la pandemia.

Luego se supo que el supuesto imantado había estado en el programa de Mariana Fabbiani, mucho antes de la pandemia, haciendo el mismo sketch circense. Un show en el que los imanes venían a él como atractores irresistibles. La comunidad médica reaccionó con dureza frente al acto en el Congreso. Lo calificó de “circense” y “vergonzoso”, sobre todo para un país que enfrenta rebrotes de enfermedades prevenibles, por la baja en la tasa de vacunación.

Pero digamos todo: la “moda” antivacunas arrancó en las redes y está fuertemente arraigada en algunos sectores de la sociedad. Es común escuchar que, cuando alguien se enferma gravemente o fallece –sobre todo, si es joven– se lo atribuya, sin ninguna evidencia seria, a supuestas consecuencias de las vacunas contra un virus que mató a millones de personas en el mundo.

Pero si bien esta corriente que arrancó en las redes sociales y se popularizó es la más famosa, hay otras más subterráneas, podríamos decir que de nicho, aunque igualmente tóxicas. Se trata del “consejo”, o incluso la militancia, de algunos influencers, con miles de seguidores adolescentes o adultos jóvenes, que impulsan el “contacto cero” con los padres.

Esta moda “progresista” empezó a pergeñarse durante el encierro y se disparó una vez pasada la cuarentena: son muchos los terapeutas familiares que atienden estos casos, donde los hijos “bloquean” sin dar explicaciones –esto es lo más devastador– y los padres quedan destrozados por esa piña en la cara, que no entienden

Una “militancia” dañina que generó innumerables bloqueos en redes y WhatsApp de los hijos hacia los padres porque “la sangre no obliga”.

Es cierto que esa separación puede ser saludable, e incluso necesaria, en casos graves de abusos (sexuales, por ejemplo) o maltratos ultrajantes, pero el punto crucial es que estos consejeros espirituales no discriminan entre casos graves, muy graves y otros, probablemente la mayoría, que solo requieren un trabajo terapéutico serio de sanación y reparación de los lazos familiares.

Más aún, el “contacto cero” con los padres puede suceder, por caso, por una discusión menor, la grieta política, un malentendido o la imposición de límites. O por nada. Simplemente el distanciamiento se produce sin una charla previa, una explicación o un motivo visible.

La famosa locutora Marita Monteleone dio su testimonio en este sentido: explicó que su hija, una conocida periodista, la tenía bloqueada en el WhatsApp desde hacía un año y que ella ignoraba el motivo. Los casos se multiplican en las consultas de los terapeutas familiares. Un conocido periodista deportivo no ve a su hija, de 27 años, desde hace 14 meses. “Me rompió el corazón”, confiesa. Y sigue: cuando le pidió ayuda por un problema de salud, la chica simplemente respondió: “Te pasa por haberte ido de joda a España”.

Una contadora, conferencista en finanzas, transita la misma dolorosa situación. Hace dos años que su única hija la tiene bloqueada en todas las redes. ¿Por qué? No lo sabe. Simplemente un día quiso dejarle un mensaje y vio el WhasApp sin su foto. Mudo. Igual que el periodista deportivo, cuando tuvo un pico de presión, llamó por teléfono a su hija para que la acompañara a una guardia. La respuesta fue: “Tan mal no debes estar porque me estás llamando”.

Los militantes del “contacto cero” parental son muchos. Uno de ellos, que se presenta como terapeuta, admite en su Instagram, con miles de seguidores: “Sé que el contacto cero suena muy cruel y es muy impopular, cuando se lo aplica a los padres: si sos hijo o hija, decidís que vas a tomarte un descanso por tiempo indefinido. No es fácil para un hijo decidir que no querés a tus padres en tu vida. Y si sos hijo –porque yo estuve en tu lugar–, no seas cruel. Decí claramente: ‘Esto no es para mí, te agradezco, pero voy a tomar distancia’”. Su consejo es que, de este modo, uno viaja más liviano.

¿Viaja más liviano? ¿Cuál es el experimento, el aval científico, el paper que desemboca en esta conclusión? ¿Hay algún experimento serio sobre el tema?

Lo que sí tiene evidencia científica –o al menos la suficiente cantidad de casos registrados– es lo contrario. Es decir, las consecuencias que provoca en jóvenes adultos y, mucho más, en adolescentes la ruptura emocional con los padres: ansiedad, depresión, dificultad en establecer vínculos a futuro, sentimientos de culpa, vergüenza, sentimientos de abandono e, incluso, enfermedades crónicas, como veremos más adelante.

Otro de los militantes digitales que va en este sentido propone, incluso, que “la sangre no obliga” a darles una mano a los padres cuando llegan a viejos. Lo que sí obliga es el Código Civil. A partir de 2025 la jurisprudencia argentina ha perfilado con más precisión los requisitos para que esa omisión de asistencia derive en responsabilidad civil o incluso penal. Cuando le recordaron este importante punto en los comentarios, el influencer bajó el posteo.

El denominador común de estos discursos, emitidos por supuestas figuras de autoridad que, incluso, dan consejos sobre salud, pareja, maternidad o alimentación es que no hay ninguna acreditación que los avale.

Las redes son maravillosas y tóxicas, según cómo se usen. Pero no es lo mismo Gabriel Rolón que @JulianCaminante (su nick en Instagram), un señor muy divertido que se presenta como “caminante de la vida” y que se dedica a dar consejos de pareja. Lo curioso: tiene 214.000 seguidores que lo leen como si fuera Nietzsche.

Claro que hay otro costado saludable del unparenting (desparentar o vivir sin padres, en su traducción al español) y es el que relató Silvia Pérez, en una entrevista reciente. La exvedette se animó a contar la relación tóxica que mantenía con su hija y que se fue sanando, tomando una saludable distancia, que viene con la adultez de los hijos y que muchos padres no registran. Pero estos linderos sanos aterrizan en un escenario muy diferente al “contacto cero”.

La exvedette confesó que no podía cortar el cordón umbilical y que la llamaba todo el tiempo, incluso para saber si había llegado bien, a pesar de que su hija ya había cumplido los 40. Y es ese pegoteo el que puede vivirse, desde el lado de los hijos, como saturación, invasión emocional o presión. Pero ese avasallamiento, según el consenso probado de los terapeutas familiares, se sana con límites, no con cortes.

En una conferencia reciente, el doctor Bruce Hoffman, especializado en enfermedades crónicas complejas, explicó que la principal pregunta que les hace a sus pacientes, además de sus síntomas, es sobre la relación con sus padres. ¿Por qué? Porque somos ambos. Y cuando rechazamos a alguno de ellos, también rechazamos a una parte nuestra. Y ese rechazo enferma. Hoffman es claro: el odio a los padres genera un desequilibro en la transferencia epigenética y todo tipo de problemas en la vida.

Aquí la clave parece ser el discernimiento entre charlatanes y discursos con evidencia científica. Y en tiempos de redes sociales, esa diferenciación no es tan fácil como parece.

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