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La grieta en la vida: mi psicólogo es de La Cámpora

En el mundo “psi” todos saben quién es quién y qué piensa.

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La construcción de un enemigo como método para acumular poder, tal como propone Laclau –el intelectual de cabecera de todos los populismos, pero sobre todo de los Kirchner–, penetró profundamente en nuestros vínculos. Nos llenó de desconfianza, nos dividió, y no solo políticamente, sino también emocionalmente. Después de cavar durante casi 15 años, los efectos de la grieta se dejan ver desde hace rato en la vida cotidiana.

La toxicidad llegó a lugares impensados. La última semana, Twitter fue escenario de un encarnizado debate, a partir de la historia de una mamá, Lucía Bertotto, que canceló el turno con un psicólogo infantil cuando descubrió que era militante de La Cámpora. Cuando le confirmaron el turno para su hija de 10 años, lo buscó en Google y encontró al terapeuta con la pechera de “la Orga”. Con esa nueva información, se comunicó con el psicólogo y le dijo la verdad: “Busco algo más afín a mis valores”. Del lado de los que la masacraron, el usuario @Francisco_srs escribió: “Necesitás un psiquiatra que te medique para que te saque todo ese odio, un docente para que te quite la ignorancia y alguien que te atienda bien también”. Hermoso.

¿Puede la grieta colarse en la sesión con un psicólogo? Y algo más inquietante: ¿podría, incluso, intoxicar la relación médico- paciente?

En una de las tantas crisis de salud por las que atravesó Maradona, uno de sus médicos confesaba en la intimidad: “Fue mi peor diagnóstico, cuando lo vi pensé que se moría, pero vivió 20 años más”. Hablamos de un neurólogo de primera línea. ¿Qué le había pasado? Un fenómeno emocional, que se gatilla con las celebridades: el médico fue capturado por el astro y su percepción se alteró. Nada que sorprenda: los médicos no son dioses. Son humanos con emociones. Y un inconsciente.

Pero, si seguimos la línea de Lucía Bertotto, ¿qué diferencia habría entre cancelar una cita con un psicólogo porque es de La Cámpora o cancelarla porque es judío, negro o trans? Mucha.

Una cosa es desestimar a un profesional por prejuicios relacionados con su religión, etnia u orientación sexual y otra muy distinta es, como en el caso de Lucía, ejercer el derecho a informarse y elegir con base en nuestros propios valores. Hablamos de una ampliación de derechos de las democracias modernas, que apunta a la democratización de la relación médico-paciente. El consentimiento informado, planteado por la bioética, es parte de este novedoso pack.

El 7 de octubre de 2013 Cristina Kirchner tuvo miedo de morir. Al otro día la operaban, de urgencia, de un hematoma en el cráneo y su desconfianza más profunda era sobre la identidad del cirujano: ¿sería amigo o enemigo? En esta, que me disculpen, pero le doy la razón. Por más diplomas que tenga, personalmente no elegiría a un cirujano que me odia para que me abra la cabeza.

El asunto puede rozar lo tragicómico. Un colega crítico del Gobierno se sometió, hace un par de años, a una videocolonoscopia. Entró nervioso a practicarse un estudio que no es, precisamente, agradable. Lo esperaban tres profesionales, uno con la jeringa en la mano. Mi colega los observaba indefenso, acostado, desde la camilla. El de la jeringa, para relajarlo, le preguntó a qué se dedicaba. “Periodismo político”, respondió. “Ah, qué interesante. ¿Y de qué lado de la grieta estás?”. El periodista pensó con terror: ¿y si este es ultra-K? “Ni de un lado ni del otro –mintió, guiado por el instinto de supervivencia–. Estoy justo en el centro”.

Pero ¿y el juramento hipocrático? ¿No inmuniza a los médicos con un profesionalismo universal? Freud hablaba de las tres heridas narcisistas de la humanidad. Una la encarnaba Copérnico. Otra, Darwin. Y la tercera, el propio psicoanálisis. Copérnico injurió al ego humano cuando reveló que la Tierra no era el centro del universo. Darwin nos enrostró que somos la evolución del mono y no seres divinos. Y Freud expuso que no es exactamente la voluntad racional la que nos gobierna, sino que, muy a menudo, toma el control de nuestros actos un monstruo irracional llamado inconsciente. Y aunque parezca lo contrario, es en ese territorio puramente emocional donde se inscribe la política. Por eso las pasiones, las peleas familiares, las agresiones en las redes. Y esa adrenalina tan parecida al amor. Como resume Jaime Durán Barba: uno primero es emocionalmente de izquierda o de derecha y después se entera de qué tiene que leer para justificarlo.

En la elección de un psicólogo la cuestión es aún más espinosa. Es habitual que los dirigentes políticos que se analizan, o que hacen algún tipo de trabajo interno, elijan terapeutas afines a su ideología. En el mundo “psi” todos saben quién es quién y qué piensa. Muy probablemente un psicólogo militante de la izquierda dura no valore demasiado la meritocracia. ¿No sería mi derecho optar por uno que sí valore el mérito?

Las terapias no solo tienen una orientación, sino también una “ideología”, si por ideología entendemos una serie de creencias: un modo de ver y entender el mundo. No es lo mismo un psicoanalista clásico que uno gestáltico o transpersonal. O una terapia cognitivo-conductual. O una grupal. O la bioneuroemoción. O la biodecodificación. Para complicar aún más las cosas hoy también entran a jugar las neurociencias. En privado, algunos psicoanalistas clásicos relativizan su importancia: la consideran una moda. Otros la integran.

Un psicólogo clásico, formado en la Argentina, va a estar muy influido por Freud y Lacan y poco o nada por Jung. Tanto predominio tuvo y tiene Lacan en la carrera de Psicología de la UBA que, en los primeros años de la recuperación democrática, aquellos alumnos lo plasmaron, con humor, en un grafiti: “Se fue la cana, llegó Lacan”.

A riesgo de que me odien un poquito en el mundo “psi”, como paciente experimentada que soy, digo: algunos terapeutas deslizan opiniones personales en sus tratamientos, no son solo abordajes asépticos.

¿Y acaso las opiniones no están cargadas de ideología? Escucho las objeciones: si es un buen psicólogo, no puede opinar ni sugerir un curso de acción. Puede. En Los cuadernos de Laura publiqué la historia de una mujer que se atendía simultáneamente con dos terapeutas. Uno, en un grupo; otra, en forma individual. La mujer calificaba a su pareja como tóxica. El terapeuta grupal ponía empeño en mostrarle el aprendizaje que esa relación entrañaba; la individual, en cambio, la veía como un cáncer a extirpar. Uno consideraba la relación “tóxica” como un ejercicio útil para descubrir aspectos propios; la otra, como una enfermedad a curar. Acá no solo hay dos soluciones, sino dos maneras de ver el mundo. ¿Por qué no se podría elegir entre uno y otra?

Entre Jung y Freud también había una grieta. Una grieta bien narrada en Un método peligroso, film histórico-psicológico dirigido por David Cronenberg. Jung no creía en el azar, sino en los mensajes ocultos de las sincronicidades vitales. Freud, su maestro, no. Un mundo con o sin Dios. Optar por un junguiano o un freudiano, ¿es discriminatorio o el ejercicio de la propia libertad?

Como Lucía Bertotto, reivindico mi poder y mi derecho a elegir a quién le voy confiar mi cuerpo y mi mente. Y si un anestesista me va a pinchar, prefiero uno al que le caiga bien. Al que, por ejemplo, le guste lo que escribo. O, de mínima, que no me odie.

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Las dos caras del cambio en JxC: los dilemas de Patricia

La relación entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta está prácticamente cancelada.

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Secuestrados por la “Reina Polenta”

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El país, y no solo Recoleta, ha sido secuestrado por una reina caprichosa. Con lo que le gustan los micrófonos, hasta Sergio Massa quedó opacado con el revoleo a la bartola de mentiras y operaciones de prensa que Cristina Kirchner viene desplegando desde el martes 23, un día después de que el fiscal Diego Luciani pidiera 12 años de prisión para ella por la causa Vialidad. Armas arrojadizas que complican, incluso, el viaje de Massa a Estados Unidos, donde deberá exhibir su programa económico y convencer a Kristalina Georgieva de que la situación está bajo control. Naturalmente, las imágenes de violencia en las calles porteñas ya lo desmintieron en tiempo real. ¿Quién, en su sano juicio, invertiría en un país semejante?

Ese daño autoprovocado en la confianza –un intangible esencial para recomponer la economía, que supuestamente Massa venía a aportar– ineludiblemente impactará en los sectores más vulnerables, seguidores del kirchnerismo, si la inflación no cede. En una palabra: en el alocado ejercicio de su defensa, la “Reina Polenta”, tal como la bautizó la joven influencer Luli Ofman –una oxigenante y aggiornada versión femenina del genial Tato Bores–, no duda en ir en contra de sus propios votantes acotándoles, aún más, el acceso al asado prometido. Según la UCA, apenas un 11% de argentinos tienen, en su mesa, una alimentación de calidad.

La nómina de “secuestrados” es extensa: la agenda del Gobierno, paralizada por la situación judicial de Cristina; el Presidente, que ni siquiera asistió a la última reunión de gabinete; los contenidos mediáticos, que volvieron a centrarse en ella, bajo un extraño fenómeno: la gente no quiere verla, pero quiere verla. El público condena en las redes sociales la obsesión periodística con Cristina y, sin embargo, los contenidos que más se ven, leen o escuchan se refieren a Cristina.

¿En qué quedamos? ¿Morbo o solo se trata de una audiencia hiperpolitizada, siempre minoritaria? Experta en medios, Adriana Amado se inclina por lo segundo. Afirma que las principales búsquedas en Google siguen siendo sobre aspectos de la vida cotidiana de los argentinos –paro de colectivos, fútbol, etc.–, excepto el martes 23, día del furioso alegato cristinista en su canal de YouTube. Más aún: las nueve horas de la acusación de Luciani superaron el millón de vistas. Según Amado, una cantidad muy superior, en términos relativos, que la autodefensa de Cristina.

Entonces, ¿será verdad que la “Reina Polenta” recobró la centralidad política? Y, en todo caso, ¿qué significa? Mariel Fornoni, directora de Management & Fit, diagnostica que su alta imagen negativa –más del 60%– no cedió ni un centímetro y que si las elecciones fuesen hoy perdería en la provincia de Buenos Aires. Además, siete de cada diez argentinos la creen culpable.

Y, sin embargo, la oposición de Juntos volvió a caer en las garras de Cristina. Aunque convengamos que son sus propios conflictos internos los que la vuelven fácilmente “secuestrable”. Dentro de la coalición, no son pocos quienes piensan que Patricia Bullrich ya no es la candidata presidencial de Macri, quien renunciaría a su propia postulación en favor de Rodríguez Larreta, en una movida similar a la que desplegó en 2015, cuando apostó por el jefe porteño en detrimento de Gabriela Michetti. Una pista de la validez de esta tesis son los armadores de los que se rodea Bullrich, mayoritariamente vetados o enemistados con el expresidente. Emilio Monzó es un claro ejemplo. Como dice la presidenta de Pro, el vallado en la casa de Cristina es un símbolo. Y tiene razón: un símbolo del mar de fondo que se cocina dentro de Pro.

La oposición no quiere enredarse con las provocaciones de la jefa K, pero se enreda: admitamos que habría que ser Mahatma Gandhi para sortearlas por completo. Cristina llegó a sugerir que Patricia Bullrich se emborracha por las tardes y que, en ese estado, escribe tuits desencajados. Bullrich picó. Ayer buscó redoblar la apuesta con otro tuit y, cuando se dio cuenta y quiso borrarlo, ya era tarde. La red del pajarito es implacable.

Los que vienen zafando, por ahora, son Lula, Boric y la totalidad del Frente Amplio uruguayo. La diplomacia K buscó desesperadamente un apoyo de los amigos continentales para su “perseguida”, pero no lo logró. ¿Cómo es que dejan que el lawfare se instale así, alegremente, en América Latina, con la complicidad del “imperio” y los medios “hegemónicos”? ¿O será que no quieren quedar pegados a un latrocinio? De izquierda, sí, pero no suicidas.

Por Laura Di Marco para lanacion.com

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El juicio por Vialidad: desvelando las mentiras de una “madre tóxica”

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Descifrar al kirchnerismo y la relación de los fanáticos con su lideresa requiere mucho más que la ciencia política, la economía o la historia. Requiere del marco teórico de la psicología y sus múltiples escuelas para responder preguntas que, sin incluir ese paradigma, parecen inexplicables. Cristina Kirchner podría ser condenada en el juicio por Vialidad. Los pedidos de pena del fiscal Diego Luciani se conocerán el próximo lunes, después de un alegato adictivo, que resume, con pruebas contundentes, la historia reciente de la corrupción K.

Luciani está derribando un mito que circula fuerte dentro de la militancia kirchnerista. Finalmente, Cristina no era la inocente viuda que se vio obligada a lidiar con los negocios oscuros del marido, una vez muerto. No. Las revelaciones del fiscal la muestran como copartícipe consciente de una maquinaria extractiva de dineros públicos. Una centralidad que se deja ver, entre otras pruebas, en los incontrastables mensajes hallados en el celular de José López, esa oveja descarriada que, supuestamente, le había roto el corazón a su jefa en 2016, cuando las cámaras lo captaron revoleando bolsos en la puerta de un convento. Entonces –gobernaba Macri– no había revoleo de ministros, sino de plata negra.

La dudosa teoría de la viuda inocente fue construida, con eficacia, por Héctor “Topo” Devoto, un exmilitante montonero, amigo íntimo del matrimonio K, y deglutida como comida rápida por todos los que necesitan creer. Porque, a no confundirse, en el kirchnerismo no todos cobran. La fe puede ser una fuente de seguridad tan eficaz como el dinero. Hay muchos que creen. Muchísimos. Y lo hacen con fervor. Y también están los que creen y cobran. Este es el combo ideal.

Más aún: entre los que creen sinceramente que el kirchnerismo ha encarnado una fuerza popular, que vino a redistribuir riqueza y a enfrentar a los “poderes fácticos”, se inscribe una larga fila de intelectuales. Y hay que deconstruir mucho –por usar una palabra de moda– para llegar a la verdad: ese es el trabajo que desarrolló, durante años, el periodismo de investigación, la oposición, y también, con sus marchas y contramarchas, la Justicia.

Escuchar a Luciani es un electroshock de realidad. Todo es muy claro para quien esté dispuesto a ver. El problema es que los que creen no quieren ver. ¿Por qué? Semejante confrontación con la verdad dispara un mundo de emociones: negación, agresividad, amenazas.

Roberto Navarro, el “periodista” de referencia de Cristina, fue denunciado esta semana por incitación a la violencia, después de su arriesgada propuesta –que, en verdad, es un delito– de “frenar” al periodismo que denuncia. Menos visible, pero en la misma línea, el médico sanitarista Jorge Rachid, asesor de Kicillof –el mismo que decía que Pfizer quería los glaciares a cambio de vacunas–, escribió un tuit en el que instruyó a los fieles para que no replicaran la “agenda del enemigo”.

En muchas dimensiones podría hacerse una analogía histórica entre el juicio de Vialidad y el Juicio a las Juntas. Pero tal vez el punto central de contacto entre ambos tribunales sea la exposición sanadora de la verdad, ante un sector de la sociedad que la niega. O la negaba.

Sobre la base de testimonios de la época, cuando Alfonsín impulsó el juicio contra los militares, la mitad de la sociedad argentina no creía –o no quería creer– que durante la dictadura habían existido centros clandestinos de detención. También descreían de los desaparecidos o de los bebés robados. Fueron los testimonios crudos de aquellas víctimas –testimonios que cualquiera podía ver por televisión– los que descorrieron el velo del horror. Y los que generaron una nueva conciencia.

Luis Moreno Ocampo suele recordar el conflicto que desató, en el seno de su propia familia, su participación en ese histórico “yo acuso”, de enorme trascendencia internacional. Su madre comulgaba en la misa con Videla y no creía –no podía creer– las imputaciones en su contra. Sin embargo, su opinión cambió rotundamente cuando vio por televisión el juicio, emitido entre abril y diciembre de 1985. Entonces, llamó a su hijo y le dijo: “Me equivoqué, este hombre debe ir preso”.

Y aquí llegamos a las madres. La narrativa de las madres, dentro de las familias, es potente. Las fuerzas políticas, como los trabajos, son una especie de familia: en nuestro inconsciente se insertan del mismo modo. Siempre hay un jefe que se parece a nuestro padre o una colega que nos inspira los mismos sentimientos –buenos o malos– que nuestra hermana.

Estamos inconscientemente formateados por lo que dijo nuestra madre, en la infancia, acerca de casi todas las cosas de la vida: papá, nuestros hermanos, otros miembros de la familia, el dinero o lo que sea. En su extraordinario libro El poder del discurso materno, la investigadora Laura Gutman da cuenta de este hechizante fenómeno a través de múltiples historias reales. Un fenómeno –creerle ciega y lealmente a mamá– que luego replicamos, en nuestra adultez, con determinados personajes a quienes les otorgamos poder. El mismo poder que tenía sobre nosotros nuestra mamá cuando éramos niños.

También aquí, en la narrativa familiar, hay que cavar muy hondo para llegar a la verdad. Esos investigadores amateurs en los que algunos adultos devenimos –con suerte y si es que hacemos algún tipo de trabajo interno– nos llevan a indagar. Y entonces empezamos a hacernos preguntas: ¿es verdad que cuando se separaron mis padres papá no quería visitarnos o es que mamá obstaculizaba el vínculo? ¿Es verdad que la tía era tan mala? ¿Me desearon realmente como hijo o hija?

Confrontar con la verdad no es para cualquiera y, a menudo, hay que ser muy valiente para soportarla. Valiente para cuestionar a mamá y a todas las figuras que, más adelante en la vida, se parecen a ella.

Cristina es una madre –tóxica, por cierto– para sus fieles. Cuestionarla puede ser devastador para sus hijos porque lo que se desmorona no es la figura de Cristina Kirchner sino el propio mundo. Hay preguntas duras, que ponen en tela de juicio todo un universo de creencias: ¿puede ser que no se trate de una persecución judicial, sino de una descomunal estafa? ¿Vinieron a solucionar la pobreza o a hacerse ricos copando el Estado? ¿Pueden no haber tenido sentido mi militancia, el tiempo dedicado o la ilusión que deposité? La mayoría prefiere construirse una realidad imaginaria a confrontar con estos hechos.

Idéntica analogía podría hacerse con las familias donde hay padres o padrastros abusadores. Cuando la víctima confronta al resto de sus familiares, la primera reacción es la negación. Luego viene la furia contra el mensajero; es decir, contra la víctima. Más tarde, acusan a la víctima de mentirosa. Le sigue la defensa cerrada del abusador. Y, finalmente, viene el encubrimiento por años de la verdad. Así se velan los secretos familiares.

¿No es un mecanismo increíblemente parecido a la dinámica entre Cristina y sus fieles? Entonces, la “irracionalidad” del fanatismo K –como la de cualquier otro– encuentra su propia racionalidad.

¿Cómo se puede defender lo indefendible? ¿Cómo se explica semejante ceguera? Es todo tan obvio, ¿cómo no lo ves? Bajo esta nueva luz, las preguntas que nos hacíamos encajan con respuestas de raíces más profundas.

Como propuso esta semana Elisa Carrió: en un país tan acostumbrado a la mentira, lo que causa escándalo es la verdad.

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