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Facundo Manes: el outsider que sueña con patear el hormiguero

Las últimas elecciones bonaerenses revelaron una novedad: el médico radical logró capturar votos de las clases medias y bajas del conurbano

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Horacio Rodríguez Larreta tuvo una semana negra. Está inquieto porque siente que el sueño presidencial, que acuña desde que tenía ocho años, está amenazado. No solo Macri lo acecha con selfies desde el conurbano. Ahora también le preocupa la resurrección de los socios radicales. Lo sacudió la última encuesta reservada de una de las consultoras preferidas del círculo rojo. El sondeo de junio reveló que el jefe porteño sigue siendo el preferido, pero enseguida le pisa los talones Facundo Manes, el segundo político con mejor imagen y un outsider que hasta hace poco más de un año ni siquiera era registrado por el radar de las consultoras.

La disputa por el poder que los socios opositores dirimirán en unas PASO está picante y abierta. Todo puede suceder, si es que esa olla en ebullición que es hoy la Argentina –y, sobre todo, el conurbano– lo permite.

Las últimas elecciones bonaerenses revelaron una novedad: el médico radical logró capturar votos de las clases medias y bajas del conurbano, esos que antes le pertenecían a Sergio Massa y que, en 2019, fueron para Alberto Fernández. Es decir, capturó algo del kirchnerismo blando y desencantado. Justamente desde esa geografía, que concentra el 37% de los votos, Larreta acaba de recibir un bombazo en forma de foto. Macri, Ritondo y María Eugenia Vidal se retrataron timbreando por Tolosa, el barrio donde nació Cristina. No hay ingenuidad en la selfie, indudablemente dedicada a Larreta y Diego Santilli, que, igual que Ritondo, aspira a gobernar una provincia arrasada por la pobreza y la apatía política.

“Estos chicos grandes tienen que dejar de pelear”, los retó Lilita Carrió esta semana en LN+. En privado es más ácida: cree que la crisis económica podría llevarse puestos a todos, incluidos a los propios. La pelea no solo es dentro del macrismo, también están las tribus radicales enfrentadas: la estructura tradicional de la UCR versus Evolución Radical, las huestes de Martín Lousteau y Emiliano Yacobitti, el nuevo Coti Nosiglia. La alianza que Larreta tejió con Lousteau en la ciudad, con la zanahoria de sucederlo, era atractiva con un radicalismo subsumido, pero no tanto con socios recargados.

“Pelearse y lanzar candidaturas a un año y medio de las elecciones es un suicidio”, alerta Carrió, en la intimidad.

Cerca de Manes, disparan: “Larreta siempre quiso usar al radicalismo para su lucha contra Macri. Siempre quiso cooptarlo, pero ahora se siente desafiado. Es el Luder del 83, representa al sistema. Facundo, en cambio, vino a patear el hormiguero. Pro quedó viejo”. El politólgo Andrés Malamud, histórico militante de la Franja Morada, apoya esa tesis y la extiende a Mauricio Macri, que hace un par de semanas se trenzó con Gerardo Morales por Hipólito Yrigoyen, nada menos. Macri siempre creyó que ciertas ideas económicas de sus socios son “populistas”. La diferencia es que, esta vez, lo hizo público. “Está disputando poder, usa la palabra ‘populismo’ como un insulto para bajarle el precio al partido. Mauricio siempre tuvo un desprecio subyacente por el radicalismo”, desafía, picante, Malamud. En esta puja sorda, que parecía académica, Macri suele recomendarles a sus aliados “volver” a Marcelo Torcuato de Alvear, su exponente más liberal. “Es que, para él, todo lo que sea Estado presente es populismo”, le retrucan desde la otra orilla. Dardos incesantes, que dejan flotando un pregunta: ¿podrá la coalición opositora acordar un programa económico común?

Ni Manes ni la UCR parecen tener, por ahora, un programa de gobierno. Lo que sí tienen es un renovado programa de representación social. Brotes verdes radicales. Aunque, como Natalia Denegri, sus dirigentes también querrían un “derecho al olvido” sobre el desmadre económico que signó el final de los dos últimos gobiernos radicales. Los referentes económicos más cercanos al creador de Ineco, el Instituto de Neurología Cognitiva que fue la plataforma de lanzamiento profesional de Manes, son Marina Dal Poggetto y Martín Rapetti, un discípulo intelectual del historiador económico Pablo Gerchunoff. Eduardo Levy Yeyati también está cerca. Y todos muy lejos de Carlos Melconian, a quien Mauricio Macri quisiera ver algún día como ministro de Economía. Macri, en estado puro, está mucho más cerca del pensamiento económico de Milei que de los socios “populistas”.

Pero ¿qué explica realmente que un partido, que parecía terminado, vuelva a parir candidatos competitivos? Malamud ofrece algunas pistas: “Como no sucedía desde la época de Alfonsín, la UCR está reclutando afuera. No tenía mujeres, ni colores, y ahora está incorporando jóvenes por abajo y celebrities por el costado”. Enmarca así la inclusión de figuras mediáticas como Carolina Losada, Martín Tetaz y el propio Manes: una estrategia que también usó Pro y, mucho antes, el menemismo. Daniel Scioli, por caso, es fruto de esa inyección de bótox imaginada por el riojano. La segunda clave es el éxito electoral de la Franja Morada en las universidades nacionales. “He visto a jóvenes, que no conocieron a Alfonsín, llorar con sus discursos”, cuenta Malamud.

Pero tal vez la razón más crucial es la recuperación de votos en el conurbano que el macrismo había perdido, después de la dura derrota electoral de 2019: de esa manera la oposición logró ganar las últimas elecciones en la provincia, con un peronismo unido. Hay una máxima que siempre se cumple en la política argentina: quien gana la provincia de Buenos Aires domina el país. El que la pierde, en cambio, inicia su vía crucis. Le sucedió a Alfonsín en el 87 y a Menem, una década más tarde.

Precisamente, Manes definió su candidatura presidencial después de la interna de la UCR bonaerense, en marzo de 2021, que ganó su actual aliado Maximiliano Abad. “Ahora somos tres hermanos: Gastón, Maxi y yo”, informa el neurocientífico, que tiene con su hermano Gastón una unión casi simbiótica, similar a la de Milei con su hermana Karina. El abogado Gastón Manes fue el presidente de la última convención nacional partidaria y es de los que creen que la UCR tiene que liderar la coalición opositora porque “es más que Pro”.

Después de aquella interna, en plena pandemia, en la que votaron 130 mil afiliados bonaerenses, los popes partidarios se aferraron a la estrella rockera de las neurociencias como un náufrago a su tabla. Aquella inesperada participación –pensemos que a Gerardo Morales, en la elección para gobernador de 2019, lo votaron 175 mil jujeños– unió a las tribus y a dirigentes que, incluso, se odiaban entre sí. Los triunfos siempre vuelven tierna a la gente.

El politólogo Juan Carlos Torre afirma que el radicalismo es tautológico. Para ser auténticamente radical hay que haber sido radical. Un Manes adolescente exhibe como trofeo una foto con Alfonsín, en Rosario, en el cierre de campaña de 1983. La imagen incluye a su inseparable hermano menor. Goropito y Chinchulín los apodaban, desde chiquitos, en Salto, por una dupla de payasos famosa en el pueblo donde crecieron. A Manes le gusta más que los comparen con los hermanos Kennedy, de quienes tiene una foto en su despacho de Ineco.

Para seguir existiendo, después del fallido gobierno de Fernando De la Rúa, el radicalismo desarrolló estrategias de supervivencia: primero fue la transversalidad con el kirchnerismo. Luego Gualeguaychú, la asamblea en la que la UCR tomó la estratégica decisión de aliarse al macrismo para competir en 2015. Manes diagnostica a la Argentina como “un paciente deprimido”. Lo que nadie sabe es si tendrá cura, antes de que sea demasiado tarde.

Por Laura Di Marco para lanacion.com.ar

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Las dos caras del cambio en JxC: los dilemas de Patricia

La relación entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta está prácticamente cancelada.

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Secuestrados por la “Reina Polenta”

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El país, y no solo Recoleta, ha sido secuestrado por una reina caprichosa. Con lo que le gustan los micrófonos, hasta Sergio Massa quedó opacado con el revoleo a la bartola de mentiras y operaciones de prensa que Cristina Kirchner viene desplegando desde el martes 23, un día después de que el fiscal Diego Luciani pidiera 12 años de prisión para ella por la causa Vialidad. Armas arrojadizas que complican, incluso, el viaje de Massa a Estados Unidos, donde deberá exhibir su programa económico y convencer a Kristalina Georgieva de que la situación está bajo control. Naturalmente, las imágenes de violencia en las calles porteñas ya lo desmintieron en tiempo real. ¿Quién, en su sano juicio, invertiría en un país semejante?

Ese daño autoprovocado en la confianza –un intangible esencial para recomponer la economía, que supuestamente Massa venía a aportar– ineludiblemente impactará en los sectores más vulnerables, seguidores del kirchnerismo, si la inflación no cede. En una palabra: en el alocado ejercicio de su defensa, la “Reina Polenta”, tal como la bautizó la joven influencer Luli Ofman –una oxigenante y aggiornada versión femenina del genial Tato Bores–, no duda en ir en contra de sus propios votantes acotándoles, aún más, el acceso al asado prometido. Según la UCA, apenas un 11% de argentinos tienen, en su mesa, una alimentación de calidad.

La nómina de “secuestrados” es extensa: la agenda del Gobierno, paralizada por la situación judicial de Cristina; el Presidente, que ni siquiera asistió a la última reunión de gabinete; los contenidos mediáticos, que volvieron a centrarse en ella, bajo un extraño fenómeno: la gente no quiere verla, pero quiere verla. El público condena en las redes sociales la obsesión periodística con Cristina y, sin embargo, los contenidos que más se ven, leen o escuchan se refieren a Cristina.

¿En qué quedamos? ¿Morbo o solo se trata de una audiencia hiperpolitizada, siempre minoritaria? Experta en medios, Adriana Amado se inclina por lo segundo. Afirma que las principales búsquedas en Google siguen siendo sobre aspectos de la vida cotidiana de los argentinos –paro de colectivos, fútbol, etc.–, excepto el martes 23, día del furioso alegato cristinista en su canal de YouTube. Más aún: las nueve horas de la acusación de Luciani superaron el millón de vistas. Según Amado, una cantidad muy superior, en términos relativos, que la autodefensa de Cristina.

Entonces, ¿será verdad que la “Reina Polenta” recobró la centralidad política? Y, en todo caso, ¿qué significa? Mariel Fornoni, directora de Management & Fit, diagnostica que su alta imagen negativa –más del 60%– no cedió ni un centímetro y que si las elecciones fuesen hoy perdería en la provincia de Buenos Aires. Además, siete de cada diez argentinos la creen culpable.

Y, sin embargo, la oposición de Juntos volvió a caer en las garras de Cristina. Aunque convengamos que son sus propios conflictos internos los que la vuelven fácilmente “secuestrable”. Dentro de la coalición, no son pocos quienes piensan que Patricia Bullrich ya no es la candidata presidencial de Macri, quien renunciaría a su propia postulación en favor de Rodríguez Larreta, en una movida similar a la que desplegó en 2015, cuando apostó por el jefe porteño en detrimento de Gabriela Michetti. Una pista de la validez de esta tesis son los armadores de los que se rodea Bullrich, mayoritariamente vetados o enemistados con el expresidente. Emilio Monzó es un claro ejemplo. Como dice la presidenta de Pro, el vallado en la casa de Cristina es un símbolo. Y tiene razón: un símbolo del mar de fondo que se cocina dentro de Pro.

La oposición no quiere enredarse con las provocaciones de la jefa K, pero se enreda: admitamos que habría que ser Mahatma Gandhi para sortearlas por completo. Cristina llegó a sugerir que Patricia Bullrich se emborracha por las tardes y que, en ese estado, escribe tuits desencajados. Bullrich picó. Ayer buscó redoblar la apuesta con otro tuit y, cuando se dio cuenta y quiso borrarlo, ya era tarde. La red del pajarito es implacable.

Los que vienen zafando, por ahora, son Lula, Boric y la totalidad del Frente Amplio uruguayo. La diplomacia K buscó desesperadamente un apoyo de los amigos continentales para su “perseguida”, pero no lo logró. ¿Cómo es que dejan que el lawfare se instale así, alegremente, en América Latina, con la complicidad del “imperio” y los medios “hegemónicos”? ¿O será que no quieren quedar pegados a un latrocinio? De izquierda, sí, pero no suicidas.

Por Laura Di Marco para lanacion.com

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El juicio por Vialidad: desvelando las mentiras de una “madre tóxica”

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Descifrar al kirchnerismo y la relación de los fanáticos con su lideresa requiere mucho más que la ciencia política, la economía o la historia. Requiere del marco teórico de la psicología y sus múltiples escuelas para responder preguntas que, sin incluir ese paradigma, parecen inexplicables. Cristina Kirchner podría ser condenada en el juicio por Vialidad. Los pedidos de pena del fiscal Diego Luciani se conocerán el próximo lunes, después de un alegato adictivo, que resume, con pruebas contundentes, la historia reciente de la corrupción K.

Luciani está derribando un mito que circula fuerte dentro de la militancia kirchnerista. Finalmente, Cristina no era la inocente viuda que se vio obligada a lidiar con los negocios oscuros del marido, una vez muerto. No. Las revelaciones del fiscal la muestran como copartícipe consciente de una maquinaria extractiva de dineros públicos. Una centralidad que se deja ver, entre otras pruebas, en los incontrastables mensajes hallados en el celular de José López, esa oveja descarriada que, supuestamente, le había roto el corazón a su jefa en 2016, cuando las cámaras lo captaron revoleando bolsos en la puerta de un convento. Entonces –gobernaba Macri– no había revoleo de ministros, sino de plata negra.

La dudosa teoría de la viuda inocente fue construida, con eficacia, por Héctor “Topo” Devoto, un exmilitante montonero, amigo íntimo del matrimonio K, y deglutida como comida rápida por todos los que necesitan creer. Porque, a no confundirse, en el kirchnerismo no todos cobran. La fe puede ser una fuente de seguridad tan eficaz como el dinero. Hay muchos que creen. Muchísimos. Y lo hacen con fervor. Y también están los que creen y cobran. Este es el combo ideal.

Más aún: entre los que creen sinceramente que el kirchnerismo ha encarnado una fuerza popular, que vino a redistribuir riqueza y a enfrentar a los “poderes fácticos”, se inscribe una larga fila de intelectuales. Y hay que deconstruir mucho –por usar una palabra de moda– para llegar a la verdad: ese es el trabajo que desarrolló, durante años, el periodismo de investigación, la oposición, y también, con sus marchas y contramarchas, la Justicia.

Escuchar a Luciani es un electroshock de realidad. Todo es muy claro para quien esté dispuesto a ver. El problema es que los que creen no quieren ver. ¿Por qué? Semejante confrontación con la verdad dispara un mundo de emociones: negación, agresividad, amenazas.

Roberto Navarro, el “periodista” de referencia de Cristina, fue denunciado esta semana por incitación a la violencia, después de su arriesgada propuesta –que, en verdad, es un delito– de “frenar” al periodismo que denuncia. Menos visible, pero en la misma línea, el médico sanitarista Jorge Rachid, asesor de Kicillof –el mismo que decía que Pfizer quería los glaciares a cambio de vacunas–, escribió un tuit en el que instruyó a los fieles para que no replicaran la “agenda del enemigo”.

En muchas dimensiones podría hacerse una analogía histórica entre el juicio de Vialidad y el Juicio a las Juntas. Pero tal vez el punto central de contacto entre ambos tribunales sea la exposición sanadora de la verdad, ante un sector de la sociedad que la niega. O la negaba.

Sobre la base de testimonios de la época, cuando Alfonsín impulsó el juicio contra los militares, la mitad de la sociedad argentina no creía –o no quería creer– que durante la dictadura habían existido centros clandestinos de detención. También descreían de los desaparecidos o de los bebés robados. Fueron los testimonios crudos de aquellas víctimas –testimonios que cualquiera podía ver por televisión– los que descorrieron el velo del horror. Y los que generaron una nueva conciencia.

Luis Moreno Ocampo suele recordar el conflicto que desató, en el seno de su propia familia, su participación en ese histórico “yo acuso”, de enorme trascendencia internacional. Su madre comulgaba en la misa con Videla y no creía –no podía creer– las imputaciones en su contra. Sin embargo, su opinión cambió rotundamente cuando vio por televisión el juicio, emitido entre abril y diciembre de 1985. Entonces, llamó a su hijo y le dijo: “Me equivoqué, este hombre debe ir preso”.

Y aquí llegamos a las madres. La narrativa de las madres, dentro de las familias, es potente. Las fuerzas políticas, como los trabajos, son una especie de familia: en nuestro inconsciente se insertan del mismo modo. Siempre hay un jefe que se parece a nuestro padre o una colega que nos inspira los mismos sentimientos –buenos o malos– que nuestra hermana.

Estamos inconscientemente formateados por lo que dijo nuestra madre, en la infancia, acerca de casi todas las cosas de la vida: papá, nuestros hermanos, otros miembros de la familia, el dinero o lo que sea. En su extraordinario libro El poder del discurso materno, la investigadora Laura Gutman da cuenta de este hechizante fenómeno a través de múltiples historias reales. Un fenómeno –creerle ciega y lealmente a mamá– que luego replicamos, en nuestra adultez, con determinados personajes a quienes les otorgamos poder. El mismo poder que tenía sobre nosotros nuestra mamá cuando éramos niños.

También aquí, en la narrativa familiar, hay que cavar muy hondo para llegar a la verdad. Esos investigadores amateurs en los que algunos adultos devenimos –con suerte y si es que hacemos algún tipo de trabajo interno– nos llevan a indagar. Y entonces empezamos a hacernos preguntas: ¿es verdad que cuando se separaron mis padres papá no quería visitarnos o es que mamá obstaculizaba el vínculo? ¿Es verdad que la tía era tan mala? ¿Me desearon realmente como hijo o hija?

Confrontar con la verdad no es para cualquiera y, a menudo, hay que ser muy valiente para soportarla. Valiente para cuestionar a mamá y a todas las figuras que, más adelante en la vida, se parecen a ella.

Cristina es una madre –tóxica, por cierto– para sus fieles. Cuestionarla puede ser devastador para sus hijos porque lo que se desmorona no es la figura de Cristina Kirchner sino el propio mundo. Hay preguntas duras, que ponen en tela de juicio todo un universo de creencias: ¿puede ser que no se trate de una persecución judicial, sino de una descomunal estafa? ¿Vinieron a solucionar la pobreza o a hacerse ricos copando el Estado? ¿Pueden no haber tenido sentido mi militancia, el tiempo dedicado o la ilusión que deposité? La mayoría prefiere construirse una realidad imaginaria a confrontar con estos hechos.

Idéntica analogía podría hacerse con las familias donde hay padres o padrastros abusadores. Cuando la víctima confronta al resto de sus familiares, la primera reacción es la negación. Luego viene la furia contra el mensajero; es decir, contra la víctima. Más tarde, acusan a la víctima de mentirosa. Le sigue la defensa cerrada del abusador. Y, finalmente, viene el encubrimiento por años de la verdad. Así se velan los secretos familiares.

¿No es un mecanismo increíblemente parecido a la dinámica entre Cristina y sus fieles? Entonces, la “irracionalidad” del fanatismo K –como la de cualquier otro– encuentra su propia racionalidad.

¿Cómo se puede defender lo indefendible? ¿Cómo se explica semejante ceguera? Es todo tan obvio, ¿cómo no lo ves? Bajo esta nueva luz, las preguntas que nos hacíamos encajan con respuestas de raíces más profundas.

Como propuso esta semana Elisa Carrió: en un país tan acostumbrado a la mentira, lo que causa escándalo es la verdad.

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