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Mujeres incómodas

Publicado

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8 de marzo de 2023 00:05

Laura Di Marco

Muchos aún preguntan: ¿por qué hay un Día Internacional de la Mujer y no uno del Hombre? Un usuario mayor de 50, en Twitter, preguntaba esta semana, con genuina curiosidad. “En la Semana de la Mujer, consulto: ¿qué tareas esenciales para la igualdad entre la mujer y el varón aún quedan pendientes en la Argentina?”. Es curiosa esa pregunta sobre una desigualdad tan obvia, que puede medirse con datos oficiales muy concretos. Para el arranque, digamos que de cada 10 pobres en el mundo 7 son mujeres.

El World Economic Forum lo dice de otro modo: en un relevamiento realizado en 156 países llegó a la conclusión de que las mujeres están a 267, 6 años de distancia de la real paridad en términos económicos. Es que la pobreza no solo es de dinero, sino de tiempo.

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Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, con datos de 2021 para la Argentina, las mujeres emplean más de 6 horas de su día en tareas domésticas y de cuidados de otros, contra tres de los varones. Dicho de otro modo: el 70% de estos trabajos no remunerados, esenciales para el mantenimiento de la vida y la reproducción, están hechos por ellas. Tareas que las mujeres pagan con su tiempo. Un tiempo restado, por caso, a la construcción de una carrera, la generación del networking o el diseño de cualquier emprendimiento.

Como explica la economista Justina Lee, de Ecofeminita, el sector de cuidados y mantenimiento de la vida cotidiana es el que más aporta a la economía (15,9% del PBI), seguido por la industria y el comercio. Hasta el Papa, en su propio registro, habló de la inclinación de esa cancha en una entrevista reciente, que ofreció en el Vaticano. “Provengo de un país machista”, describió a la Argentina.

“Es insólito que todavía haya que explicar por qué se celebra el Día de la Mujer o el Día del Orgullo, aunque sé que vivimos en la Argentina, donde hay que explicar que el agua moja. Se celebran estos días para hacer visible lo obvio: la disparidad y la exclusión de mujeres y diversidades”, acerca Luis Novaresio, conductor de LN+, quien confiesa que vivió muchos años bajo el mandato patriarcal de que la orientación sexual no se cuenta. “Fue un error; hoy creo que quienes gozamos de cierta notoriedad pública tenemos la responsabilidad de hacer visible la diversidad para seguir reclamando la igualdad de oportunidades”.

Una de las dificultades, en la Argentina, para explicar que el agua moja es que la causa feminista ha sido apropiada –o, más bien, vandalizada– por el kirchnerismo, y que el debate se metió en la grieta. Esta dinámica corrosiva genera múltiples riesgos. El primero y más obvio es que el feminismo –ciertamente uno de los movimientos más vigorosos de las democracias liberales avanzadas– sea asociado con Cristina Kirchner y, por lo tanto, rechazado. Otro es que las mujeres políticas de la oposición, que sufren los prejuicios y la exclusión en sus propios espacios, se dejen robar esa bandera o traten de tomar distancia. El tercero es que, apalancadas por la radicalización del kirchnerismo, últimamente hayan brotado vertientes muy violentas, que promueven discursos de odio. Un odio que intoxica el mensaje.

Es paradójico: si la cultura machista tiene como valor central el sometimiento del otro (en general, del más débil), Cristina Kirchner podría ser una de sus exponentes máximas.

Pero sigamos con los datos. En el empleo formal, la brecha salarial es de casi el 25% (24,54%) a igual trabajo. A la vez, ellas tienen un 20% menos de acceso a las oportunidades laborales. Dicho de otro modo: el mundo del empleo sigue apostando por ellos. Según la Casa del Encuentro, en lo que va de 2023, hubo un femicidio cada 25 horas. Casi uno por día. Como vemos, no se trata de opiniones ni de “victimización”, sino de lo que describe la Encuesta Permanente de Hogares (Indec).

Pero la violencia puede asumir muchas formas. La física es la más visible, pero no necesariamente la más dañina. La influencer y nutrióloga Raquel Lobatón pone de relieve que la violencia estética está dirigida básicamente hacia ellas. Y se pregunta: “¿Cuánta energía, dinero y tiempo tenemos que invertir en producirnos? Y no es porque seamos más vanidosas, sino porque nos enseñaron que tenemos que competir entre nosotras para ver quién es la más bella. Nos enseñaron que nuestro valor reside en nuestra apariencia”. Mujeres incómodas las que mueven así el avispero.

Pero ¿y qué pasa en las cúpulas? ¿Quién toma las decisiones? Esto también se puede medir. El equipo de ELA (Equipo Latinoamericano de Justicia y Género) concluyó que, aun en aquellos espacios donde la participación de las mujeres es masiva y está por encima del 50% (educación, derecho, salud), su acceso a los puestos de la más alta decisión está lejos de la paridad: en educación es del 14%; en la Justicia Federal, del 20%. Y en Salud, por cada 10 directivos, hay 3 mujeres. Hay avances, es cierto, pero mucho más lentos de lo que se perciben.

Algunos pensarán: pero la persona más poderosa de la Argentina es mujer. Se llama Cristina Kirchner. Es cierto, aunque el poder de Cristina, heredado del imperio construido por Néstor Kirchner, la asemeja más a una monarca –a una reina peronista– que a una líder democrática. A pesar de su extraordinaria astucia, la lideresa del peronismo llegó adonde hoy está a través de los peldaños que le fue armando su marido. Que se entienda bien: no porque a ella le faltara habilidad, sino porque a la política argentina le sobran prejuicios.

A pesar de los evidentes y valiosos esfuerzos de la industria por incluirlas, el periodismo político y económico también sigue siendo autorreferencialmente masculino. Salvo excepciones, que las hay, a los medios de comunicación les sigue costando mucho incluir la palabra editorializante –el análisis– de una mujer en temas duros. Las mujeres, en todo caso, están para acompañar, orbitar, ornamentar con su belleza física; incluso, para brindar información, pero son pocas, poquísimas, las que verdaderamente lideran equipos en radio, televisión y la prensa gráfica. En una charla privada con funcionarias uruguayas, la primera dama Lorena Ponce de León, Loli, reveló un costado desconocido de su crisis conyugal con Lacalle Pou: “Me niego a ser el puré del bife”. Otra mujer incómoda.

A fines del año pasado, la encuestadora Poliarquía hizo un sondeo entre los integrantes del círculo rojo –empresarios, economistas, políticos, una mayoría de varones– y concluyó que los diez periodistas más respetables de la Argentina son varones. ¿Será que el círculo rojo no encontró a ninguna periodista respetable o que, a la luz del cuadro que mostramos, los prejuicios les impiden verlas?

No vemos el mundo como es sino a través de nuestros propios filtros, como los de Instagram.

Claro que hay cambios y signos evidentes de una cultura que está mutando. The New York Times, por caso, fue el primer periódico importante en incluir a una editora de género, Jessica Bennett, una periodista que escribe desde hace años sobre sexismo sutil. Esa violencia intangible, hecha de ideas y creencias, que hace aparecer a las mujeres como seres de menor valor.

Todo está en revisión, incluso las canciones románticas, hechas de hombres conquistadores y mujeres conquistadas. Ricardo Arjona armó un gran revuelo este fin de semana, en Montevideo, cuando se quejó de la “pérdida de poder” de los varones. Del otro lado del charco, la psicóloga Virginia Gawel, otra mujer que incomoda sanamente con sus palabras, le responde con la idea de paridad. “Para que haya una verdadera pareja, la mujer tiene que tener un lugar igual de valioso que el hombre. Pareja es paridad”. ¿Cambiará las letras de las canciones de amor?

Laura Di Marco

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Espinoza, claves de un blindaje escandaloso

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23 de mayo de 2024

PARA LA NACION

El peronismo tiene un enorme talento para blindar a personajes oscuros y, a la vez, señalar que la oscuridad habita en los otros. Es parte de su exitosa narrativa. Como afirma en Juicio al peronismo el exembajador Diego Guelar, que pasó por varias encarnaciones del PJ: “Me fui porque lo único que había quedado era la asociación ilícita”. El caso más paradigmático fue el de Carlos Menem, que tuvo que anclarse en una banca del Senado hasta los 90 años, ante la posibilidad de afrontar nuevamente una prisión domiciliaria.

Esta semana le tocó blindaje justicialista al jefe del peronismo matancero, Fernando Espinoza, acostumbrado, al parecer, a disponer de las personas como si fueran sus esclavos. Y también, cómo no, de los cuerpos de las mujeres, como ha sucedido a lo largo de las últimas cuatro décadas en varios feudos peronistas. Una de las formas que asumió el amago de blindaje fue una foto de esta semana del propio gobernador Axel Kicillof, tan sensible a los temas de género, junto con Espinoza inmediatamente después del procesamiento. Una de las características del populismo es que, más allá de las reglas, están los amigos. Ante todo, defender a los miembros de la propia tribu, aunque sus delitos sean aberrantes.

Aspirante a heredero de la corona peronista, en lucha con su hermano político Máximo –hijo biológico de la reina Cristina–, Kicillof parece mareado en la era Milei. Un día se abraza con Nacho Torres, que hace apenas unos meses era integrante de la derecha cipaya; al otro, con Maximiliano Pullaro y esta semana con un intendente procesado. Busca el apoyo de los intendentes del PJ. Las cosas que uno hace por necesidad. El procesamiento de Espinoza refleja el modus operandi de los señores feudales. No se trata de un caso aislado. Es parte de la cultura de sometimiento de esas formaciones predemocráticas que son los feudos, cuyo motor radica en las extorsiones y el clientelismo. La sexualidad y su control siempre están presentes donde se juega el poder, mucho más entre los autócratas.

El caso de María Soledad en Catamarca, el doble crimen de La Dársena en Santiago del Estero y el más reciente de Cecilia Strzyzowski tuvieron algunos componentes similares al caso por el cual fue procesado Espinoza, aunque en una escala aumentada. La matriz, sin embargo, es la misma. Se trata de mujeres humildes o de una posición inferior a los que controlan los resortes del poder en su territorio, devenidos hostigadores, abusadores o asesinos.

En los últimos tres casos se trató de femicidios con traducción política. En una palabra, aquellos delitos lograron tumbar a los clanes gobernantes del momento.

Con un peronismo en crisis y a la intemperie, ¿tendrá alguna traducción política el procesamiento del amo de La Matanza en la causa que lo investiga, desde hace tres años, por abuso sexual y, a la vez, por haber violado la restricción judicial de acercarse a quien sería su víctima, su exsecretaria privada?

El caso Espinoza atravesó este martes una sesión caliente de la Cámara de Diputados, en la que Silvia Lospennato condenó el feminismo fake de las sororas kirchneristas, aunque no lo llamó así.

Más políticamente correcto, lo consideró un silencio inadmisible y pidió que, al menos, la Legislatura bonaerense, le exigiera una licencia a Espinoza ante el escándalo. Sería lo normal en un país normal. Fue entonces cuando Cecilia Moreau, feminista ella, en lugar de asociarse al reclamo de Lospennato, sacó a relucir el caso de Manuel Mosca, exdirigente de Pro procesado por abuso sexual. Como en una tragicomedia en vivo, las redes comentaban la pelea en el barro entre ambas mujeres. Un famoso tuitero @Bobmacoy, cuyo nick es Doctor House, deducía: “Silvia Lospennato y Cecilia Moreau se están tirando degenerados por la cabeza”. Guerra de guerrillas en X.

La sexualidad y su control, siempre atravesados por la política. Esta semana también les tocó el turno a los libertarios. O, más bien, a las contradicciones libertarias. El secretario de Culto, Francisco Sánchez, otro oscuro personaje de la política, arremetió en Madrid contra derechos liberales consagrados –algunos, desde hace décadas– en las democracias más consolidadas del mundo desarrollado: las que el propio Milei suele poner como ejemplo.

Por increíble que parezca, el funcionario “libertario” propuso, palabras más, palabras menos, volver al oscurantismo de 1492. En un discurso opaco y anacrónico, arremetió contra el divorcio, la interrupción voluntaria del embarazo y el matrimonio gay. ¿Habrá alguna libertad mayor para un ser humano que las decisiones sobre la propia vida? En la Argentina, algunos que se autoperciben liberales son, en el fondo, rotundos conservadores. Más que Alberdi, Torquemada.

Laura Di Marco

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¿Es Milei un populista de derecha?

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La calificación se ha convertido en un insulto y el término populismo -de un signo o de otro- ha perdido su sentido en la Argentina

8 de mayo de 2024

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Laura Di Marco

De tan gelatinoso y vapuleado, el término populismo –de izquierda o de derecha– ha perdido su sentido en la Argentina. Ya no es un sistema político. No es un modo disfuncional de concebir la economía. Tampoco un sistema de creencias culturales. No se trata de un gran debate dentro de la ciencia política, como en verdad sucede. El término populismo se convirtió en un insulto.

Populismo es una palabra en disputa dentro de la academia, pero, además, en la Argentina se usa –igual que la categoría de “neoliberal”– como un arma arrojadiza dentro de la batalla cultural. Como decía, con elegancia, el gran Guillermo O’Donnell: corremos el riesgo de llamar populismo a todo lo que no nos gusta. Y si no le puedo poner populismo, le pongo “neopopulismo”. O neoliberalismo.

La mecha la encendió ahora el economista alemán Philipp Bagus, referente de la escuela austríaca, la incubadora intelectual de Javier Milei, cuando calificó al presidente argentino como un “populista de derecha”, pero no en el sentido que le dan los analistas locales, sino como un atributo positivo.

Un populista de derecha, afirma Bagus, es aquel que defiende los intereses de la población por sobre los de la casta. Y se encargó, además, de explicar muy bien que, al hablar de populismo, está haciendo referencia a un sistema que defiende los intereses de la población en contra del establishment. “Están los intereses de los argentinos de bien y los de la casta”, detalló el alemán, en apoyo al sendero económico elegido por Milei.

Y es ahí donde entramos en el berenjenal del debate. Una primera aproximación: las formas que asume el populismo en América Latina, como bien lo describe el italiano Loris Zanatta, son muy diferentes del modo en que el mismo sistema se despliega en Europa. Como sucede con las comidas, la cultura de un país le adosa condimentos autóctonos, que le otorgan características específicas. Lo que está haciendo Milei en términos económicos sobre la Argentina corporativa modelada por casi 80 años de peronismo no se parece a Trump, ni a Bolsonaro, ni a Giorgia Meloni. Mucho menos a Marine Le Pen.

Cristóbal Rovira es un reconocido politólogo chileno que, en sus trabajos, se pregunta: ¿el populismo es una amenaza o un correctivo para la democracia? El chileno afirma que esa respuesta depende del contexto político. Como se ve, las clasificaciones no son ni tan automáticas ni tan sencillas. Las categorías políticas no pueden diagnosticarse como sucede con el DSM de la psiquiatría porque, como propone Rovira, el contexto y la historia de un país lo condicionan todo.

Chile, por caso, es un país donde jamás prendió el populismo. Lo mismo podríamos decir de Uruguay. Así, quienes en su momento trazaban un paralelismo entre Michelle Bachelet y Cristina Kirchner le erraban feo. Allí donde del otro lado de la Cordillera había una lideresa de centroizquierda –una socialdemócrata– aquí había una reina populista. Dos mundos completamente diferentes.

Rovira explica que democracia es liberalismo y representación: el liberalismo defiende los derechos de las minorías y la representación defiende el poder de la mayoría. Cuando la democracia se oligarquiza, es decir que se pone mucho liberalismo y poca representación, entonces el populismo la democratiza nuevamente. La oligarquización de la democracia es lo que denunciaron Podemos en España y Milei en la Argentina: la casta. Ocurre cuando los políticos de los diferentes partidos impiden el ingreso de nuevos actores y la emergencia de políticas públicas alternativas. Para bien o para mal, Milei no solo introduce una nueva narrativa política, alternativa a la “casta”, sino que populariza conceptos económicos de la escuela austríaca, que no formaban parte del lenguaje de nuestros economistas de cabecera. A eso se refiere Bagus cuando habla positivamente de populismo, en el caso de Milei.

Incluso Zanatta, un pensador de sensibilidad liberal, afirma que “un poco de populismo está bien”. ¿Por qué? Lo explica: “Siempre hay una tensión entre la representación y el liberalismo. Demasiado pueblo es populismo, pero si la soberanía del pueblo no cuenta nada, se transforma en tecnocracia”. La narrativa de Milei apunta a devolverles el poder a “los argentinos de bien”.

Con el kirchnerismo, nosotros conocimos el lado más oscuro del populismo: un autoritarismo con poca representación y casi nulos controles institucionales. Como dice Andrés Malamud de un modo más simple: un poco de populismo rompe los privilegios; el problema es cuando se le va la mano y rompe la democracia.

Por lo que se deja ver en apenas cuatro meses de gobierno, Milei parece, más bien, un liberal en lo económico y un líder con rasgos populistas en el plano político y cultural. ¿De derecha o de izquierda? Tal vez en la Argentina, justamente por su contexto, derecha o izquierda no expliquen demasiado. En cambio, si hablamos de gobiernos peronistas o no peronistas, todos comprendemos bien de qué se trata.

Laura Di Marco

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Laura Di Marco: “Milei pudo hackear la maquinaria del poder”

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Entrevista con Luis Novaresio.

Milei es un outsider, un hombre que lo tenés que entender en el marco the “the crown”, y que pudo hackear una maquinaria de poder muy importante que parecía imposible de hackear. Es un hombre que leyó bien el momento y quien logra eso puede ser vocero de la sociedad.

La pandemia fue un despertar de la libertad. Viene un tipo que te empieza a hablar de la libertad y de la casta. Él tradujo lo que estaba pasando. Incluso llegó a sectores populares, logró explicar qué es el déficit a personas que quizás no terminaron el secundario. Eso no lo logró nadie antes.

Milei es un liberal en lo económico, pero en lo político y en lo cultural tiene rasgos populistas.

Levitsky dice en su libro Cómo mueren las democracias que el peronismo no es una ideología, es una organización. El populismo es una religión, es la biografía de la Argentina, no hay adulto que no haya vivido bajo un cielo peronismo. Eso es lo que se quebró ahora, los que siempre votaban al peronismo, lo votaron a Milei.

Juntos por el cambio no le hablaban a los jóvenes, Milei entendió su universo, lo que pedían. Tanto la Iglesia como el peronismo le hablan a un pueblo unificado, eso es lo que se rompió. Hoy nadie conduce a nadie, incluso se perdía la verticalidad en el trabajo. Es una sociedad más democrática, más diversa y a eso no se pudo adaptar el peronismo. Hoy los sindicalistas representa una imagen espantosa. Me parece difícil que el peronismo se rearme representando grandes mayorías populares.

Cristina está admirando a Milei en secreto. Ella dice “Milei es kirchnerista a su manera”, tiene coraje, inteligencia, y encuentra cobarde al peronismo. Obviamente en público después sale y lo critica también.

Hubo pocas mujeres que entran en esto, porque te atacan por ser mujer. Tenés que estar muy bien parada porque es un bullying muy fuerte. El periodismo político está hecho por hombres. El peronismo es misógino, ella mismo dijo que no era feminista, se subió al bondi del feminismo cuando le convenía.

Soy una mujer resiliente, apasionada con lo que hace, soy mamá que para mí fue muy importante porque no tuve mamá, que quiere aportarle a la Argentina algo más de comprensión para hacer de este país un lugar mejor. Mi carrera fue madre también, me maternó.

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