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Cazadores de brujas, el triunfo de los policías del pensamiento

Ellos definen qué se puede decir y qué no. Qué es estigmatizante y qué no. Qué es discriminatorio y qué no. Señalan sin dudar a los cultores del discurso del odio, siempre los mismos: la Justicia, los medios, la oposición. Ellos, nunca. Ellos solo enhebran discursos de amor. Son los que determinan lo políticamente correcto y lo políticamente incorrecto y mucho ojito con cruzase de la raya. Los cazadores de brujas, a menudo con el auxilio de involuntarios aliados, siempre están al acecho revolviendo la basura.

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24 de mayo de 202317:36

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Laura Di Marco

Mucho ojito, digo, porque quien ose cruzar la raya de lo correcto y lo incorrecto, solo delimitada por los policías del pensamiento K, va derechito a la hoguera mediática.

Apenas la Stasi de la palabra detecta la “transgresión”, suelta a los perros mediáticos, rentados o voluntarios. Entonces es cuando se activan los trolls, la red de medios K, miles de organizaciones cooptadas por dinero o convicción, intelectuales, abogados que malversan el derecho o asociaciones de psicólogos que han llegado a afirmar que el fallo que condenó a Cristina Kirchner en la causa Vialidad “daña” la salud mental de los argentinos.

En 20 años de centralidad y cooptación económica y mental, la lista de adhesiones es infinita. Difícil, muy difícil, para un eventual gobierno de otro signo enfrentarse a este nuevo método “progre” de disciplinamiento social. Una suerte de Vigilar y castigar K. A Michael Foucault le hubiera encantado estudiarlo.

Sommeliers de la violencia simbólica y mediática, después de 20 años de centralidad, este patrullaje de lo políticamente correcto ha ganado la batalla cultural. Y la han ganado, entre otras cosas, porque gran parte del antikirchnerismo les tiene terror. Terror de ser expuestos con algún carpetazo inventado o verdadero, escrachados en su reputación, denunciados en los tribunales. El terror los lleva al silencio y finalmente a la autocensura. Así funciona el circuito que controlan.

Si, como afirma Nietzsche, no hay hechos sino interpretaciones sobre los hechos, ellos son los indudables dueños de la interpretación. Una traducción eficaz, que logran instalar con éxito entre propios y ajenos, y que siempre es a su favor, lacerando –eso sí– la reputación de la disidencia. Porque, a no confundirse: este aparato de poder siempre está al servicio de acallar o deslegitimar las críticas.

Exploremos brevemente esta idea de que una fuerza política se haya adueñado de la interpretación de lo que sucede en el debate público. El método consiste en insertarle una intención (malvada, desde ya) a quien critica o analiza. Es como si el crítico –periodista, político, intelectual, juez– ya viniera con una suerte de etiquetado frontal, como ocurre con los alimentos.

Este etiquetado, controlado por la Stasi K, transformará toda crítica honesta, análisis o descripción en discriminación, golpismo, “neoliberalismo”, violencia de género, violencia simbólica, violencia mediática y toda una serie de perversiones, siempre atribuidas al disenso. Ese “etiquetado frontal” sobre el opositor intoxicará su palabra y le restará valor haciéndola aparecer ridícula, inapropiada, excesiva o disparatada, incluso entre muchos de su propia tropa.

Si, por ejemplo, Juan Grabois confiesa públicamente sus fantasías “tanáticas” y anticipa que, si la oposición triunfa en octubre, “la vamos a pelear y en un año y medio se van en helicóptero”, eso no es golpismo. Golpista es la Corte que, mediante una medida cautelar, le puso un freno a la reelección indefinida de caudillos que se han adueñado de sus feudos.

Cuando durante el gobierno de Cambiemos la actriz K Verónica Llinás se burlaba abiertamente de la discapacidad de Gabriela Michetti (como tantas veces lo ha hecho en privado la propia Cristina Kirchner), eso no fue discriminación. Eso es libertad de expresión. Tampoco es violencia de género ni discurso de odio cuando los militantes K atacaban en las redes el cuerpo de María Eugenia Vidal o el inefable Luis D’Elía proponía “fusilar a Macri” en la Plaza de Mayo. Eso es libertad de opinión. Lo que, indudablemente, sí es violencia machista y simbólica es la reciente columna de Roberto García en Perfil, en la que describe la pelea entre dos mujeres y la furia de la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, por haberse quedado afuera de una cena organizada por Lula.

Vilma Ibarra, una de las sommeliers de la violencia de género, emite tuits de indignación selectiva en la red del pajarito. Condenó la “violencia machista” de García, pero se quedó calladita cuando a Graciela Ocaña la llamaron “cucaracha” o Hebe de Bonafini proponía probar las pistolas Taser sobre el cuerpo de Antonia, la hija menor de Mauricio Macri.

Nadie salió a rasgarse las vestiduras cuando Pablo Zurro, el intendente de Pehuajó, tildó de “masturbador compulsivo” a Milei. Tampoco cuando el intendente Mario Secco amenazó a la Corte con hacer “volar todo en pedacitos” si quieren “hacer lo mismo que con Lula”. Eso no es golpismo. Golpismo es que Luis Juez afirme que, en 40 años de democracia, la dirigencia política no logró resolverle los problemas a la gente.

Se trata de un ejercicio de censura y autocensura muy sofisticado, incluso inconsciente, pero extremadamente eficaz. Está extraído del manual de Hugo Chávez, que se lo enseñó a Cristina. Primero, la reforma de la Corte; luego, la reforma electoral, y por último, una ley de medios que amordace al hereje. Todo lo intentaron. “Sucesivos intentos fallidos de imponer un proyecto hegemónico”, como definió el politólogo Natalio Botana. Fracasaron, entre otras cosas, por la existencia de medios económicamente robustos que resistieron; de una clase media que no los dejó avanzar y por el rol del agro como motor de la generación de divisas. Por estos anticuerpos, entre otros, hoy no somos Venezuela.

Salvo algunos gladiadores o gladiadoras excepcionales, casi no hay batalla cultural del otro lado, como no la hubo durante el gobierno de Cambiemos. Frente a las amenazas abiertamente golpistas de varios dirigentes de la coalición perokirchnerista, la oposición de Juntos por el Cambio permaneció penosamente callada.

Una de esas gladiadoras silenciosas es la dirigente radical Silvana Giudici, directora de la Fundación Led, dedicada a la defensa de la libertad de expresión: la máxima colina a conquistar de todos los autoritarismos. La Fundación Led viene denunciando estos mecanismos de censura ante la Relatoría de Libertad de Expresión de la OEA y otros organismos internacionales.

Hay varios fallos de la Corte Suprema y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que protegen la opinión de los periodistas, en el marco de la libertad de expresión, cuando son vertidas sobre funcionarios públicos, aun en sus vidas privadas y la de sus familias”, recuerda Giudici.

Es que el derecho a la intimidad, uno de los límites a la libertad de expresión, es mucho más acotado en el caso de un funcionario público, necesariamente sometido a un escrutinio público más amplio que el resto de los ciudadanos. El privilegio de ser elegido para un cargo público conlleva el derecho de los ciudadanos –que lo emplean– a saber sobre su vida pública y privada.

En los noventa, la Editorial Perfil fue condenada por la Justicia argentina cuando reveló la existencia de un hijo extramatrimonial del entonces presidente Carlos Menem. La defensa alegó una violación del derecho a la intimidad. El caso fue llevado a la CIDH, donde fue revertido. La violación del derecho a la intimidad, afirmó la CIDH, no aplica en el caso de un presidente y su familia. El personaje público no se puede escindir del personaje privado, en el caso de nuestros gobernantes. Así de fuerte es la democracia liberal, un sistema de frenos y contrapesos, tan molesto y tan “antiguo” para esos autoritarios que hacen la mímica de ser “progres”.

Laura Di Marco

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Una nueva relación con la Justicia, el triunfo definitivo de Karina

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Ahora las cosas están más que claras. Milei laudó finalmente a favor de su hermana Karina, que logró imponer como nuevo ministro de Justicia a Juan Bautista Mahiques, pero sobre todo a su segundo, Santiago Viola: un portal directo a la designación de jueces y a un cambio radical en relación con la Justicia, que hasta ahora manejaba Santiago Caputo. Al joven Caputo le sacaron a su principal alfil: Sebastián Amerio. Jaque mate de Karina. Golpe mortal para “Santi”. Múltiples significados.

Lo más curioso es que detrás de este cambio fundamental en el juego del poder mileísta y por encima de la designación de un exponente de la familia judicial, como son los Mahiques (padre e hijos), se esconde un puñado de nombres, hilos y conexiones que revelan al verdadero poder permanente de la Argentina. Operadores que, sea quien fuere el poder político de turno, siempre influyen en las decisiones sensibles. Se habla poco de esto. Como decía un relevante dirigente del peronismo observando estos cambios: Milei es una tierra virgen para el “entrismo”. Es decir, para que ese poder permanente penetre en los lugares claves.

Como escribía Michel Foucault: el poder es el efecto de conjunto de unas posiciones estratégicas. A eso se dedica el racimo de nombres del poder permanente. Y la Justicia es un coto siempre codiciado por estos jugadores, que pelean en la superficie, pero se reparten los negocios en el backstage de la escena.

Detrás de la designación del nuevo ministro está Daniel Angelici, el jugador todoterreno que vascula entre los bingos y la Justicia. Radical, juega en tándem, sin embargo, con Juan Manuel Olmos, el hombre fuerte del peronismo en la ciudad: entre ambos manejan todo o casi todo en un territorio cuyo presupuesto para 2026 es de 10.000 millones de dólares. También desde ese lugar se entiende el interés de Karina por impulsar a su “pollo” Manuel Adorni como jefe porteño, en detrimento de Patricia Bullrich, que aspira al mismo lugar. Entre Karina y Patricia asoma una puja sorda, celos políticos que aún no salieron del todo a la superficie, pero que prometen escalar.

Desde que se liberó de Macri, Patricia parece más desacartonada, suelta, sólida. Empoderada. Habla y se mueve con perfil presidenciable. Un protagonismo que a Karina le empieza a molestar.

En el momento que haya que definir la sucesión en la ciudad, no hay ninguna duda de que el poder permanente se va a volcar en favor de Adorni. Patricia es percibida como una outsider en el mundo mileísta, y menos manejable. Algo parecido a lo que sucedía con Gabriela Michetti cuando aspiraba al sillón porteño y Macri terminó apoyando a Rodríguez Larreta.

Lo cierto es que Angelici logró llegar a Karina, por esto del “entrismo” del que hablábamos renglones arriba. ¿Cómo lo hizo? A través de un matrimonio muy potente al lado de la hermana del Presidente: la referente porteña de LLA Pilar Ramírez y su esposo, Darío Wasserman, un importante desarrollador inmobiliario de la ciudad.

El cumpleaños del Tano Angelici –que nació en un barrio pobre del sur de la ciudad, pero que siempre soñó con ser rico y lo logró– siempre es imponente. Ostentoso en todos los sentidos, como aquellos que la remaron bien de abajo, con buenas o malas artes, y que finalmente llegaron. Él lo siente así. En ese festejo suele reunirse el poder permanente. En el último brindis estaban todos, incluido el matrimonio Wasserman. De ellos a Karina, hay un solo paso. Pilar viene de una larga militancia en el peronismo y, luego, en el kirchnerismo, por esto de estar siempre al lado de los que definen.

Pareciera que Jorge Macri no tuviera nada que ver con este juego, pero sí. Fue el jefe porteño quien le presentó a Mauricio al Tano, que devino su operador en las sombras en el mundo judicial.

Vamos ahora al segundo de Juan Bautista Mahiques, tal vez el más importante: Santiago Viola. Abogado penalista de estrecha confianza de Karina, el viceministro será la puerta de entrada hacia la nominación de jueces nacionales y federales. Un resorte, el judicial, que Milei aún no ha llegado a conquistar.

Viola tiene antecedentes controversiales: defendió a los hijos de Lázaro Báez en expedientes por lavado de dinero que fueron emblema de la corrupción kirchnerista y fue defensor de Norma Berta Radice, hermana de un represor, en una causa vinculada a maniobras de apropiación de bienes de desaparecidos de la ex-ESMA.

En declaraciones recientes, Bullrich destacó como un valor de la gestión de su jefe outsider que no le haya interesado tener operadores judiciales para influir en la Justicia. Pero ayer todo eso cambió. Game over.

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Las aventuras de “Pichichi”, el hombre del poder permanente

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Era el verano de 1997 y habían pasado, apenas, unos días desde el asesinato de José Luis Cabezas, a manos de sicarios que respondían a Alfredo Yabrán. Carlos Menem llamó a una conferencia de prensa. En aquel momento, los presidentes aún hacían esas rarezas. Los periodistas convocados, todos, pensamos naturalmente que hablaría de un crimen que, en democracia, recordaba a los momentos más oscuros de la dictadura.

Menem arrancó anunciando que tenía preparada una sorpresa. Los periodistas convocados allí pensamos que aportaría información relevante sobre el asesinato que atravesaba a la Argentina. Pero no. Menem había llamado a la prensa para anunciar, de un modo rimbombante, que la lista de los diputados nacionales para la ciudad de Buenos Aires sería encabezada por una estrella del deporte. Mantuvo el misterio unos minutos hasta que, por fin, lo reveló: la estrella deportiva era nada menos que Daniel Scioli.

El ocho veces campeón mundial había decidido incorporarse al PJ, en esa mezcla de farándula y política que el menemismo convirtió en su marca de identidad. Así empezó “Pichichi” su carrera en el poder, siempre con fe y con esperanza, pero sobre todo con una capacidad increíble para “panquequear” sin parpadear. Y sin consecuencias visibles. Todavía. “Pichichi” es un apodo que se ganó en el mundo del deporte.

Después de Menem, que lo inventó como político, pasó sin escalas a un sesgo ideológico completamente contrario: Néstor, Cristina, Alberto. Y, en otra pirueta sin argumentación ideológica, recaló como funcionario de Milei.

Raro en “Pichichi”, que siempre –hay que decirlo– estuvo presente con su rostro de amianto en todas las tragedias. Sin embargo, esta vez y mientras ardía la Patagonia, Scioli, que es secretario de Ambiente, estaba de fiesta en Mar del Plata para asistir, entre otros eventos, al show de Milei y Fátima Florez. Como destacó ayer en X el dirigente de la Coalición Cívica Maximiliano Ferraro: “230.000 hectáreas de patrimonio natural en llamas. Once veces la ciudad de Buenos Aires. Flora, fauna, biodiversidad, suelos y ecosistemas arrasados. ¿Y el Presidente?”, se preguntaba esta semana uno de los “lilitos”, denunciantes de la mansión de Pilar, que se le atribuye al enigmático Pablo Toviggino y que es investigada por lavado de dinero. ¿Y Scioli?

Scioli enfrentó este lunes las cámaras de LN+ en un episodio tan insólito que se convirtió en meme. Sucedió cuando esta cronista le consultó su opinión sobre el escándalo del AFAgate. Entonces, “Pichichi” dibujó una respuesta confusa alegando que él ya había fijado su posición. Pero ¿cuál es esa posición?, repreguntamos. Scioli volvió a sarasear. Pero ¿qué piensa de Chiqui Tapia, en concreto? Fue ahí cuando tiró el micrófono y huyó de la nota con un escueto: “Perdón, me tengo que ir a comer”. Algunos usuarios de las redes compararon el momento con el “me quiero ir” del exministro Lorenzino.

Scioli y Tapia tienen una larga relación que nació en el futsal y terminó de consolidarse en la Copa América de 2021, cuando el exmotonauta era embajador en Brasil. Detalle no menor: a cargo del futsal en la AFA estuvo Luciano Pantano (atenti aquí con el apellido), el monotributista que figura como uno de los dueños formales de la mansión de Pilar que, se supone, sería del tesorero de la AFA.

Más aún, algunos dirigentes de clubes que, por ahora, solo hablan off the record afirman que Scioli sería uno de los tripulantes de los helicópteros de Gustavo Carmona que viajaban regularmente a la casa de Villa Rosa para participar de fiestas y eventos. Decenas de vuelos cuyos pasajeros nunca fueron registrados, pero entre los que figurarían jueces y políticos de primer nivel. La mansión tiene un casino que, parece, era muy atractivo para la elite del poder.

El juez Aguinsky, al que le quitaron la causa de la mansión de Pilar para dársela a otro magistrado cercano a Sergio Massa, llegó a indagar a los pilotos de aquellos helicópteros, pero se topó con una amnesia temporal de los indagados. Uno afirmó que “no recordaba” a ningún pasajero. Otro dijo que no llevó a ningún pasajero porque los vuelos solo eran de “entrenamiento”.

La caja de Pandora que desató una copa de cotillón inventada por Tapia parece no tener fin, por más que los dueños del fútbol “aprieten” a periodistas y a jueces para quitarles causas. Como escribía García Márquez: en algún lugar, siempre, hay alguien que sabe la verdad. ¿“Pichichi” la sabrá?

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Irán y Venezuela. El silencio infame del progresismo

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Cuando Mauricio Macri recién arrancaba su carrera política y competía para ser candidato a diputado era auscultado por las encuestas y los grupos focales. Allí, sorpresivamente, la gente lo ubicaba como “progresista”. La confusión era lógica: para el ciudadano de a pie, “progresismo” es sinónimo de progreso.

Pero aquí hablamos del progresismo de Palermo rúcula. Los hippies con OSDE. Ese arco político –o parte de él, para ser justos– que va del kirchnerismo a la izquierda y que abarca a grupos de artistas, escritores e intelectuales. La típica grieta argenta ha pegado un salto cuántico hacia la geopolítica, con la extracción de Maduro en Venezuela y la masacre que ahora mismo se está desatando en Irán, como respuesta a las manifestaciones contra la tiranía teocrática.

El martes por la noche, la comunidad venezolana en la Argentina organizó un acto frente a la ESMA, símbolo del terror de la dictadura argentina, para equiparar nuestros desaparecidos con los suyos. Más aún: el número de desaparecidos y presos políticos sigue creciendo en Venezuela porque, con esta apertura, la sociedad se atreve más a hablar, a denunciar, a manifestar.

Pero prestigiosos escritores “progres”, famosos artistas y organismos de derechos humanos, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, permanecen mudos. El silencio nunca es neutro frente a una dictadura. Es complicidad con el régimen. Es una respuesta política. Si mirar para el costado te hacía cómplice durante la dictadura de Videla, lo mismo vale para la dictadura venezolana en la que, además, hay tres compatriotas desaparecidos. Ayer excarcelaron al rehén argentino-israelí Yacoov Harari, que estuvo 450 días secuestrado por la tiranía chavista. Pero los progres no celebraron. Mudos.

El Helicoide es la réplica de la ESMA, a ver si se entera Palermo rúcula. Los mismos que se llenaron la boca, como pastores de la moralidad, señalando la complicidad de parte de nuestra sociedad, cuando miró para el costado mientras desaparecían argentinos.

En el caso de muchos intelectuales, sorprende (o no) la disociación entre sus ideas, sus emociones y sobre su humanidad para quienes dicen amar a la humanidad. Pareciera que su propia narrativa del mundo –porque, al fin y al cabo, es una narrativa– es más importante que el sufrimiento de los seres humanos cuando las violaciones de los derechos humanos suceden en países que ellos defienden.

Ni qué hablar de la distorsión de la realidad. En medio de la tensión geopolítica en Medio Oriente, la periodista K Marcela Feudale atribuyó los incendios en la Patagonia a dos israelíes. Fue desmentida al instante.

Louis Pierre Althusser era un filósofo marxista francés, venerado por gran parte del mundo intelectual, que asesinó a su mujer. Pero ese “detalle” no lo saca del podio de vaca sagrada para los corazones marxistas. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir firmaban solicitadas en favor de tener sexo con menores de 16 años (hoy lo llamamos abuso), mientras denunciaban las bajezas del capitalismo burgués.

Lo máximo que ha dicho la galaxia progre sobre Venezuela es que la intervención de Estados Unidos viola el derecho internacional. Por supuesto, el argumento es válido. Lo irónico es que ese mismo universo solo alza ahora su voz, mientras los venezolanos pidieron ayuda internacional durante 27 años y nadie hizo nada. Como se pregunta, con mucho sentido común, Elisa Trotta, la exembajadora de Venezuela: ¿se supone que deberíamos morir con Maduro porque su captura viola el derecho internacional?

La extracción de Maduro en Venezuela pegó su coletazo en su aliado histórico, Irán. Fogoneada por las generaciones más jóvenes y las mujeres, la presión contra la teocracia islámica que comanda su líder supremo, Ali Khamenei, es la más fuerte en años.

Como afirma María Eugenia Sidoti en la revista Sophia, en una conmovedora crónica sobre la lucha de las mujeres iraníes: detenidas, violadas y asesinadas en nombre de su dios, en Irán las mujeres vuelven a estar en el centro de una lucha que no eligieron. Sus cuerpos –históricamente regulados, vigilados, castigados, vulnerados– fueron convertidos en un territorio político. Pero el feminismo K permanece mudo. Cómplice.

Parece que hay abusos buenos y abusos malos, según los ojos que lo miren. Julio Iglesias afronta denuncias judicializadas por supuestos maltratos y agresiones sexuales. Ayer, Isabel Díaz Ayuso salió a defenderlo, sin que la Justicia haya dicho ni una palabra aún. Pero las investigaciones periodísticas son consistentes y un prestigioso canal español promete un especial sobre el tema, con testimonios de famosas que comprometerían a la estrella española. Aquí, la periodista Marcela Tauro también denunció conductas impropias, que padeció en primera persona, por parte del cantante.

En este innegable cambio de época, las caretas de muchos intocables empiezan a caer.

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