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Cazadores de brujas, el triunfo de los policías del pensamiento

Ellos definen qué se puede decir y qué no. Qué es estigmatizante y qué no. Qué es discriminatorio y qué no. Señalan sin dudar a los cultores del discurso del odio, siempre los mismos: la Justicia, los medios, la oposición. Ellos, nunca. Ellos solo enhebran discursos de amor. Son los que determinan lo políticamente correcto y lo políticamente incorrecto y mucho ojito con cruzase de la raya. Los cazadores de brujas, a menudo con el auxilio de involuntarios aliados, siempre están al acecho revolviendo la basura.

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24 de mayo de 202317:36

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Laura Di Marco

Mucho ojito, digo, porque quien ose cruzar la raya de lo correcto y lo incorrecto, solo delimitada por los policías del pensamiento K, va derechito a la hoguera mediática.

Apenas la Stasi de la palabra detecta la “transgresión”, suelta a los perros mediáticos, rentados o voluntarios. Entonces es cuando se activan los trolls, la red de medios K, miles de organizaciones cooptadas por dinero o convicción, intelectuales, abogados que malversan el derecho o asociaciones de psicólogos que han llegado a afirmar que el fallo que condenó a Cristina Kirchner en la causa Vialidad “daña” la salud mental de los argentinos.

En 20 años de centralidad y cooptación económica y mental, la lista de adhesiones es infinita. Difícil, muy difícil, para un eventual gobierno de otro signo enfrentarse a este nuevo método “progre” de disciplinamiento social. Una suerte de Vigilar y castigar K. A Michael Foucault le hubiera encantado estudiarlo.

Sommeliers de la violencia simbólica y mediática, después de 20 años de centralidad, este patrullaje de lo políticamente correcto ha ganado la batalla cultural. Y la han ganado, entre otras cosas, porque gran parte del antikirchnerismo les tiene terror. Terror de ser expuestos con algún carpetazo inventado o verdadero, escrachados en su reputación, denunciados en los tribunales. El terror los lleva al silencio y finalmente a la autocensura. Así funciona el circuito que controlan.

Si, como afirma Nietzsche, no hay hechos sino interpretaciones sobre los hechos, ellos son los indudables dueños de la interpretación. Una traducción eficaz, que logran instalar con éxito entre propios y ajenos, y que siempre es a su favor, lacerando –eso sí– la reputación de la disidencia. Porque, a no confundirse: este aparato de poder siempre está al servicio de acallar o deslegitimar las críticas.

Exploremos brevemente esta idea de que una fuerza política se haya adueñado de la interpretación de lo que sucede en el debate público. El método consiste en insertarle una intención (malvada, desde ya) a quien critica o analiza. Es como si el crítico –periodista, político, intelectual, juez– ya viniera con una suerte de etiquetado frontal, como ocurre con los alimentos.

Este etiquetado, controlado por la Stasi K, transformará toda crítica honesta, análisis o descripción en discriminación, golpismo, “neoliberalismo”, violencia de género, violencia simbólica, violencia mediática y toda una serie de perversiones, siempre atribuidas al disenso. Ese “etiquetado frontal” sobre el opositor intoxicará su palabra y le restará valor haciéndola aparecer ridícula, inapropiada, excesiva o disparatada, incluso entre muchos de su propia tropa.

Si, por ejemplo, Juan Grabois confiesa públicamente sus fantasías “tanáticas” y anticipa que, si la oposición triunfa en octubre, “la vamos a pelear y en un año y medio se van en helicóptero”, eso no es golpismo. Golpista es la Corte que, mediante una medida cautelar, le puso un freno a la reelección indefinida de caudillos que se han adueñado de sus feudos.

Cuando durante el gobierno de Cambiemos la actriz K Verónica Llinás se burlaba abiertamente de la discapacidad de Gabriela Michetti (como tantas veces lo ha hecho en privado la propia Cristina Kirchner), eso no fue discriminación. Eso es libertad de expresión. Tampoco es violencia de género ni discurso de odio cuando los militantes K atacaban en las redes el cuerpo de María Eugenia Vidal o el inefable Luis D’Elía proponía “fusilar a Macri” en la Plaza de Mayo. Eso es libertad de opinión. Lo que, indudablemente, sí es violencia machista y simbólica es la reciente columna de Roberto García en Perfil, en la que describe la pelea entre dos mujeres y la furia de la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, por haberse quedado afuera de una cena organizada por Lula.

Vilma Ibarra, una de las sommeliers de la violencia de género, emite tuits de indignación selectiva en la red del pajarito. Condenó la “violencia machista” de García, pero se quedó calladita cuando a Graciela Ocaña la llamaron “cucaracha” o Hebe de Bonafini proponía probar las pistolas Taser sobre el cuerpo de Antonia, la hija menor de Mauricio Macri.

Nadie salió a rasgarse las vestiduras cuando Pablo Zurro, el intendente de Pehuajó, tildó de “masturbador compulsivo” a Milei. Tampoco cuando el intendente Mario Secco amenazó a la Corte con hacer “volar todo en pedacitos” si quieren “hacer lo mismo que con Lula”. Eso no es golpismo. Golpismo es que Luis Juez afirme que, en 40 años de democracia, la dirigencia política no logró resolverle los problemas a la gente.

Se trata de un ejercicio de censura y autocensura muy sofisticado, incluso inconsciente, pero extremadamente eficaz. Está extraído del manual de Hugo Chávez, que se lo enseñó a Cristina. Primero, la reforma de la Corte; luego, la reforma electoral, y por último, una ley de medios que amordace al hereje. Todo lo intentaron. “Sucesivos intentos fallidos de imponer un proyecto hegemónico”, como definió el politólogo Natalio Botana. Fracasaron, entre otras cosas, por la existencia de medios económicamente robustos que resistieron; de una clase media que no los dejó avanzar y por el rol del agro como motor de la generación de divisas. Por estos anticuerpos, entre otros, hoy no somos Venezuela.

Salvo algunos gladiadores o gladiadoras excepcionales, casi no hay batalla cultural del otro lado, como no la hubo durante el gobierno de Cambiemos. Frente a las amenazas abiertamente golpistas de varios dirigentes de la coalición perokirchnerista, la oposición de Juntos por el Cambio permaneció penosamente callada.

Una de esas gladiadoras silenciosas es la dirigente radical Silvana Giudici, directora de la Fundación Led, dedicada a la defensa de la libertad de expresión: la máxima colina a conquistar de todos los autoritarismos. La Fundación Led viene denunciando estos mecanismos de censura ante la Relatoría de Libertad de Expresión de la OEA y otros organismos internacionales.

Hay varios fallos de la Corte Suprema y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que protegen la opinión de los periodistas, en el marco de la libertad de expresión, cuando son vertidas sobre funcionarios públicos, aun en sus vidas privadas y la de sus familias”, recuerda Giudici.

Es que el derecho a la intimidad, uno de los límites a la libertad de expresión, es mucho más acotado en el caso de un funcionario público, necesariamente sometido a un escrutinio público más amplio que el resto de los ciudadanos. El privilegio de ser elegido para un cargo público conlleva el derecho de los ciudadanos –que lo emplean– a saber sobre su vida pública y privada.

En los noventa, la Editorial Perfil fue condenada por la Justicia argentina cuando reveló la existencia de un hijo extramatrimonial del entonces presidente Carlos Menem. La defensa alegó una violación del derecho a la intimidad. El caso fue llevado a la CIDH, donde fue revertido. La violación del derecho a la intimidad, afirmó la CIDH, no aplica en el caso de un presidente y su familia. El personaje público no se puede escindir del personaje privado, en el caso de nuestros gobernantes. Así de fuerte es la democracia liberal, un sistema de frenos y contrapesos, tan molesto y tan “antiguo” para esos autoritarios que hacen la mímica de ser “progres”.

Laura Di Marco

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Irán y Venezuela. El silencio infame del progresismo

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Cuando Mauricio Macri recién arrancaba su carrera política y competía para ser candidato a diputado era auscultado por las encuestas y los grupos focales. Allí, sorpresivamente, la gente lo ubicaba como “progresista”. La confusión era lógica: para el ciudadano de a pie, “progresismo” es sinónimo de progreso.

Pero aquí hablamos del progresismo de Palermo rúcula. Los hippies con OSDE. Ese arco político –o parte de él, para ser justos– que va del kirchnerismo a la izquierda y que abarca a grupos de artistas, escritores e intelectuales. La típica grieta argenta ha pegado un salto cuántico hacia la geopolítica, con la extracción de Maduro en Venezuela y la masacre que ahora mismo se está desatando en Irán, como respuesta a las manifestaciones contra la tiranía teocrática.

El martes por la noche, la comunidad venezolana en la Argentina organizó un acto frente a la ESMA, símbolo del terror de la dictadura argentina, para equiparar nuestros desaparecidos con los suyos. Más aún: el número de desaparecidos y presos políticos sigue creciendo en Venezuela porque, con esta apertura, la sociedad se atreve más a hablar, a denunciar, a manifestar.

Pero prestigiosos escritores “progres”, famosos artistas y organismos de derechos humanos, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, permanecen mudos. El silencio nunca es neutro frente a una dictadura. Es complicidad con el régimen. Es una respuesta política. Si mirar para el costado te hacía cómplice durante la dictadura de Videla, lo mismo vale para la dictadura venezolana en la que, además, hay tres compatriotas desaparecidos. Ayer excarcelaron al rehén argentino-israelí Yacoov Harari, que estuvo 450 días secuestrado por la tiranía chavista. Pero los progres no celebraron. Mudos.

El Helicoide es la réplica de la ESMA, a ver si se entera Palermo rúcula. Los mismos que se llenaron la boca, como pastores de la moralidad, señalando la complicidad de parte de nuestra sociedad, cuando miró para el costado mientras desaparecían argentinos.

En el caso de muchos intelectuales, sorprende (o no) la disociación entre sus ideas, sus emociones y sobre su humanidad para quienes dicen amar a la humanidad. Pareciera que su propia narrativa del mundo –porque, al fin y al cabo, es una narrativa– es más importante que el sufrimiento de los seres humanos cuando las violaciones de los derechos humanos suceden en países que ellos defienden.

Ni qué hablar de la distorsión de la realidad. En medio de la tensión geopolítica en Medio Oriente, la periodista K Marcela Feudale atribuyó los incendios en la Patagonia a dos israelíes. Fue desmentida al instante.

Louis Pierre Althusser era un filósofo marxista francés, venerado por gran parte del mundo intelectual, que asesinó a su mujer. Pero ese “detalle” no lo saca del podio de vaca sagrada para los corazones marxistas. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir firmaban solicitadas en favor de tener sexo con menores de 16 años (hoy lo llamamos abuso), mientras denunciaban las bajezas del capitalismo burgués.

Lo máximo que ha dicho la galaxia progre sobre Venezuela es que la intervención de Estados Unidos viola el derecho internacional. Por supuesto, el argumento es válido. Lo irónico es que ese mismo universo solo alza ahora su voz, mientras los venezolanos pidieron ayuda internacional durante 27 años y nadie hizo nada. Como se pregunta, con mucho sentido común, Elisa Trotta, la exembajadora de Venezuela: ¿se supone que deberíamos morir con Maduro porque su captura viola el derecho internacional?

La extracción de Maduro en Venezuela pegó su coletazo en su aliado histórico, Irán. Fogoneada por las generaciones más jóvenes y las mujeres, la presión contra la teocracia islámica que comanda su líder supremo, Ali Khamenei, es la más fuerte en años.

Como afirma María Eugenia Sidoti en la revista Sophia, en una conmovedora crónica sobre la lucha de las mujeres iraníes: detenidas, violadas y asesinadas en nombre de su dios, en Irán las mujeres vuelven a estar en el centro de una lucha que no eligieron. Sus cuerpos –históricamente regulados, vigilados, castigados, vulnerados– fueron convertidos en un territorio político. Pero el feminismo K permanece mudo. Cómplice.

Parece que hay abusos buenos y abusos malos, según los ojos que lo miren. Julio Iglesias afronta denuncias judicializadas por supuestos maltratos y agresiones sexuales. Ayer, Isabel Díaz Ayuso salió a defenderlo, sin que la Justicia haya dicho ni una palabra aún. Pero las investigaciones periodísticas son consistentes y un prestigioso canal español promete un especial sobre el tema, con testimonios de famosas que comprometerían a la estrella española. Aquí, la periodista Marcela Tauro también denunció conductas impropias, que padeció en primera persona, por parte del cantante.

En este innegable cambio de época, las caretas de muchos intocables empiezan a caer.

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Influencers y charlatanes: la moda de “divorciarse” de los padres

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De la desinformación en las redes a un acto antivacunas realizado, nada menos que en un anexo del Congreso de la Nación, organizado por una diputada nacional: Marilú Quiroz (Pro), que utilizó ese espacio institucional para demostrar, sin ningún sustento científico, los supuestos daños de la vacuna contra el Covid. Pero el delirio llegó al paroxismo cuando, en su alegato, Quiroz llevó a un hombre que afirmó sufrir “magnetización” como efecto de la vacuna que había recibido durante la pandemia.

Luego se supo que el supuesto imantado había estado en el programa de Mariana Fabbiani, mucho antes de la pandemia, haciendo el mismo sketch circense. Un show en el que los imanes venían a él como atractores irresistibles. La comunidad médica reaccionó con dureza frente al acto en el Congreso. Lo calificó de “circense” y “vergonzoso”, sobre todo para un país que enfrenta rebrotes de enfermedades prevenibles, por la baja en la tasa de vacunación.

Pero digamos todo: la “moda” antivacunas arrancó en las redes y está fuertemente arraigada en algunos sectores de la sociedad. Es común escuchar que, cuando alguien se enferma gravemente o fallece –sobre todo, si es joven– se lo atribuya, sin ninguna evidencia seria, a supuestas consecuencias de las vacunas contra un virus que mató a millones de personas en el mundo.

Pero si bien esta corriente que arrancó en las redes sociales y se popularizó es la más famosa, hay otras más subterráneas, podríamos decir que de nicho, aunque igualmente tóxicas. Se trata del “consejo”, o incluso la militancia, de algunos influencers, con miles de seguidores adolescentes o adultos jóvenes, que impulsan el “contacto cero” con los padres.

Esta moda “progresista” empezó a pergeñarse durante el encierro y se disparó una vez pasada la cuarentena: son muchos los terapeutas familiares que atienden estos casos, donde los hijos “bloquean” sin dar explicaciones –esto es lo más devastador– y los padres quedan destrozados por esa piña en la cara, que no entienden

Una “militancia” dañina que generó innumerables bloqueos en redes y WhatsApp de los hijos hacia los padres porque “la sangre no obliga”.

Es cierto que esa separación puede ser saludable, e incluso necesaria, en casos graves de abusos (sexuales, por ejemplo) o maltratos ultrajantes, pero el punto crucial es que estos consejeros espirituales no discriminan entre casos graves, muy graves y otros, probablemente la mayoría, que solo requieren un trabajo terapéutico serio de sanación y reparación de los lazos familiares.

Más aún, el “contacto cero” con los padres puede suceder, por caso, por una discusión menor, la grieta política, un malentendido o la imposición de límites. O por nada. Simplemente el distanciamiento se produce sin una charla previa, una explicación o un motivo visible.

La famosa locutora Marita Monteleone dio su testimonio en este sentido: explicó que su hija, una conocida periodista, la tenía bloqueada en el WhatsApp desde hacía un año y que ella ignoraba el motivo. Los casos se multiplican en las consultas de los terapeutas familiares. Un conocido periodista deportivo no ve a su hija, de 27 años, desde hace 14 meses. “Me rompió el corazón”, confiesa. Y sigue: cuando le pidió ayuda por un problema de salud, la chica simplemente respondió: “Te pasa por haberte ido de joda a España”.

Una contadora, conferencista en finanzas, transita la misma dolorosa situación. Hace dos años que su única hija la tiene bloqueada en todas las redes. ¿Por qué? No lo sabe. Simplemente un día quiso dejarle un mensaje y vio el WhasApp sin su foto. Mudo. Igual que el periodista deportivo, cuando tuvo un pico de presión, llamó por teléfono a su hija para que la acompañara a una guardia. La respuesta fue: “Tan mal no debes estar porque me estás llamando”.

Los militantes del “contacto cero” parental son muchos. Uno de ellos, que se presenta como terapeuta, admite en su Instagram, con miles de seguidores: “Sé que el contacto cero suena muy cruel y es muy impopular, cuando se lo aplica a los padres: si sos hijo o hija, decidís que vas a tomarte un descanso por tiempo indefinido. No es fácil para un hijo decidir que no querés a tus padres en tu vida. Y si sos hijo –porque yo estuve en tu lugar–, no seas cruel. Decí claramente: ‘Esto no es para mí, te agradezco, pero voy a tomar distancia’”. Su consejo es que, de este modo, uno viaja más liviano.

¿Viaja más liviano? ¿Cuál es el experimento, el aval científico, el paper que desemboca en esta conclusión? ¿Hay algún experimento serio sobre el tema?

Lo que sí tiene evidencia científica –o al menos la suficiente cantidad de casos registrados– es lo contrario. Es decir, las consecuencias que provoca en jóvenes adultos y, mucho más, en adolescentes la ruptura emocional con los padres: ansiedad, depresión, dificultad en establecer vínculos a futuro, sentimientos de culpa, vergüenza, sentimientos de abandono e, incluso, enfermedades crónicas, como veremos más adelante.

Otro de los militantes digitales que va en este sentido propone, incluso, que “la sangre no obliga” a darles una mano a los padres cuando llegan a viejos. Lo que sí obliga es el Código Civil. A partir de 2025 la jurisprudencia argentina ha perfilado con más precisión los requisitos para que esa omisión de asistencia derive en responsabilidad civil o incluso penal. Cuando le recordaron este importante punto en los comentarios, el influencer bajó el posteo.

El denominador común de estos discursos, emitidos por supuestas figuras de autoridad que, incluso, dan consejos sobre salud, pareja, maternidad o alimentación es que no hay ninguna acreditación que los avale.

Las redes son maravillosas y tóxicas, según cómo se usen. Pero no es lo mismo Gabriel Rolón que @JulianCaminante (su nick en Instagram), un señor muy divertido que se presenta como “caminante de la vida” y que se dedica a dar consejos de pareja. Lo curioso: tiene 214.000 seguidores que lo leen como si fuera Nietzsche.

Claro que hay otro costado saludable del unparenting (desparentar o vivir sin padres, en su traducción al español) y es el que relató Silvia Pérez, en una entrevista reciente. La exvedette se animó a contar la relación tóxica que mantenía con su hija y que se fue sanando, tomando una saludable distancia, que viene con la adultez de los hijos y que muchos padres no registran. Pero estos linderos sanos aterrizan en un escenario muy diferente al “contacto cero”.

La exvedette confesó que no podía cortar el cordón umbilical y que la llamaba todo el tiempo, incluso para saber si había llegado bien, a pesar de que su hija ya había cumplido los 40. Y es ese pegoteo el que puede vivirse, desde el lado de los hijos, como saturación, invasión emocional o presión. Pero ese avasallamiento, según el consenso probado de los terapeutas familiares, se sana con límites, no con cortes.

En una conferencia reciente, el doctor Bruce Hoffman, especializado en enfermedades crónicas complejas, explicó que la principal pregunta que les hace a sus pacientes, además de sus síntomas, es sobre la relación con sus padres. ¿Por qué? Porque somos ambos. Y cuando rechazamos a alguno de ellos, también rechazamos a una parte nuestra. Y ese rechazo enferma. Hoffman es claro: el odio a los padres genera un desequilibro en la transferencia epigenética y todo tipo de problemas en la vida.

Aquí la clave parece ser el discernimiento entre charlatanes y discursos con evidencia científica. Y en tiempos de redes sociales, esa diferenciación no es tan fácil como parece.

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La soledad de Cristina Kirchner, la mujer del balcón

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No es fácil comunicarse con Cristina Kirchner por teléfono o WhatsApp. Excepto su círculo más privado, nadie puede llamarla directamente. Un golpe para su narcisismo político y su afán de centralidad. Un intendente intentó contactarla hace poco y lo derivaron a un agente del Servicio Penitenciario, que volvió a comunicarse con él horas más tarde y, en lenguaje policial, le informó que la expresidenta ya estaba habilitada para dialogar. Recién entonces pudo hablar con ella. Y le quedó la duda de si la conversación era escuchada o no.

“Fue muy fuerte, recién entonces entendí su situación”, confiesa el mismo jefe comunal que, junto con otros, está en una movida silenciosa para desbancar a Máximo Kirchner, cuyo mandato al frente del PJ bonaerense vence el 18 de diciembre. Máximo es uno de los pocos que no necesitan intermediarios para cobijarse bajo el ala de su madre. Va en busca de protección política frente a quienes lo quieren carnear, que no son pocos.

La droga de un narcisista es la idolatría. Y Cristina la necesita como el aire, sobre todo ahora en su prisión doméstica, que no es un castigo menor. Por eso ama el balcón de San José 1111, devenido su propio y solitario teatro. Y lo ama aun a costa de hacer el ridículo, como cuando bailó después de la feroz derrota del peronismo en octubre.

O como cuando, días atrás, salió a saludar a nadie. Abrió la ventana para recibir la adrenalina de sus feligreses y solo había diez. Fue triste, aun para los que no la quieren. Esa bulimia por seguir siendo el centro le impide habilitar una interna del PJ, que es lo único que podría revitalizarlo.

Por otro lado, si hubiera elección interna, como propuso esta semana el presidente del PJ porteño, Juan Manuel Olmo, ¿quién se atrevería a enfrentarla, aunque sea por medio de un delfín?

Perón, el padre, ya había muerto en la década del 80 cuando el peronismo logró reinventarse impulsando la primera y única interna de su historia, la de Menem vs. Cafiero. Una elección vivificante que lo sacó del shock room. En este caso, sin embargo, la madre política está viva. Y, lo más complejo, su grey pide “unidad del espacio”. Así lo revelan los grupos focales de la consultora Escenarios, liderada por Federico Zapata.

“La loca del balcón nos está hundiendo”, se queja sin eufemismos una diputada kirchnerista que, en otro tiempo, solía ser su ventrílocua. La frase es compartida por los mismos intendentes bonaerenses que le aconsejaron a Axel Kicillof desdoblar las elecciones bonaerenses para, inmediatamente después, romper con ella. Pero Axel no lo hizo. Y no solo por miedo o por falta de pericia política, sino también porque sabe que, entre los votantes de su espacio, dogmáticamente ideologizado, rinde la unidad, aunque tengan que tragarse a Máximo Kirchner. El PJ está atrapado en un dilema sin resolución.

Son unos 40 o 50 jefes comunales que quieren enfrentar al hijo de Cristina en una interna bonaerense. Los “machos del off” que también hablan de “la loca del balcón”, pero que, a la hora de las definiciones, no se animan a enfrentar a su heredero, aunque podrían ganarle. Ellos hacen otras cuentas. El kirchnerismo devino un partido del AMBA, con un 25 o un 30% de adhesiones. El PJ federal se transformó en una serie de partidos provinciales fragmentados que negocian, por separado, con el gobierno nacional. En una palabra, la mujer del balcón sigue liderando a la primera minoría opositora, aun presa, sola e inhabilitada. Es cine.

El punto es que, para muchos, esa zona de confort los aloja porque, bajo sus polleras, consiguen cargos sin esfuerzo. Axel tiene mejor imagen que su madre política –su honestidad es un activo–, pero si rompiera con ella perdería entre un 18 o 20% de las simpatías perokirchneristas. El “chiquito”, como le dice su jefa, está atrapado. Cristina lo define así: “Este muchacho es un técnico sin habilidades políticas, rodeado por sus excompañeros de facultad”. La idea de desdoblar la elección, por caso, nunca podría haber salido de él. Fue un consejo de los viejos lobos de mar, los intendentes.

Al peronismo siempre le rindió una narrativa de reconstrucción nacional. El subtexto es así: sea quien fuere que haya estado antes, traicionó al pueblo y arruinó a la Argentina. El problema es que antes estuvo la mujer del balcón, con su fallido delfín.

No hay adulto argentino que no haya vivido con la marca del peronismo sobre su cabeza. Como decía Juan Carlos Torre, antes del triunfo de Milei en 2023: el peronismo es como el aire que se respira en la Argentina. Pero ahora ese aire está contaminado. Viciado.

Ni Cristina, ni su impulsivo hijo biológico, ni su ahora enemigo hijo político, ni los jefes territoriales tienen un candidato competitivo para 2027 en el nivel nacional. Mucho menos en la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas. Para empeorar el panorama, Diego Santilli es taquillero y tiene con qué. Más: ya ganó la provincia en 2021. Los intendentes del PJ azuzan las red flags. Uno de ellos editorializa el complejo panorama en una sola frase: “Tenemos un problema, Houston”.

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