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Feudos y femicidios: Cecilia, bajo la misma matriz del caso María Soledad

En los años noventa, el crimen de María Soledad Morales, una adolescente pobre de provincia asesinada por los hijos del poder durante una fiesta sexual, mostró el costado más siniestro de los feudos peronistas. Tuvo que suceder un crimen aberrante –años más tarde lo llamaríamos femicidio–, con una gigantesca repercusión mediática, para poder ver el lado más sanguinario de las oligarquías provinciales cuando se apropian eternamente del poder.

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Treinta tres años después del femicidio de María Soledad, en el feudo del Chaco, comandado por Jorge Capitanich, uno de los barones provinciales predilectos de Cristina Kirchner, se está desarrollando un drama con la misma matriz de aquel caso.

Una joven de clase trabajadora, capturada por una familia del poder, Cecilia Strzyzowski, pareja del hijo del piquetero más temido del Chaco, Emerenciano Sena (el “Milagro Sala” de Capitanich), está desaparecida desde el 1º de junio. Su madre cree que a su hija la mataron y no teme denunciar que, en el fondo de aquel régimen oscuro, incesante productor de pobreza, “ahora también desaparecen gente”.

El femicidio de María Soledad hizo caer al clan Saadi en los noventa, aunque lo que aún permanece intacto es la idea del feudo como concepción política. En todo caso, un matrimonio feudal es reemplazado por otro, a veces, incluso, del signo político opuesto. Años más tarde, un doble femicidio, el de la Dársena, empujó el derrumbe de otro clan: el de los Juárez en Santiago del Estero. No sucedió lo mismo, sin embargo, con el asesinato de Paulina Lebbos en Tucumán, donde la Justicia también investigó a la casta de los Alperovich, pero nunca llegó a los hijos del poder. Hay un dato que, sin embargo, es innegable: ciertos femicidios que ganan visibilidad, producidos en la zona más oscura de los feudos, pueden tener una proyección política impensada. Y llevarse puestos al clan reinante.

¿Será este el caso en el Chaco? ¿Tocará a Capitanich, el señor feudal rompedor de diarios, el caso de Cecilia?

Setenta y dos horas antes de las PASO provinciales, que hasta ahora no se han suspendido, estos interrogantes son un enigma. El humor social no ayuda al emperador de Resistencia y el vuelo mediático que está tomando el presunto femicidio lo va envolviendo, mientras él trata de zafar. Los sucesos, en ciertos contextos, suelen tomar vida propia.

Como ocurre ahora con el caso de Cecilia Strzyzowski, para entender el crimen de María Soledad, enmarcado en aquella sociedad frívola de los 90, no había que mirar solo el expediente judicial, sino también –y sobre todo– el ADN del feudo: esas formaciones predemocráticas, donde todo está mezclado. Jueces, prensa, poder, negocios. Y su resultado final: la impunidad.

El nepotismo y la impunidad de los clanes –o de la casta, como diríamos hoy– son tan absolutos, que estos no solo se arrogan el derecho de apropiarse del Estado y sus negocios, sino también de los cuerpos de las mujeres. Sin embargo, parece haber una diferencia entre ambos casos, separados por treinta años en el tiempo: la sensibilidad de las sociedades con las cuestiones de género es mucho más profunda que en los noventa y el hartazgo por el derrumbe económico de la Argentina, que multiplica la pobreza, agrega peso a la trama chaqueña, donde ya hay siete detenidos, entre ellos, Emerenciano Sena; su esposa, Marcela Acuña, y César, el hijo de ambos y la pareja de Cecilia, hoy en el centro de las sospechas.

El crimen de Leyla Nazar en Santiago del Estero y el posterior asesinato de Patricia Villalba, en 2004, para encubrir la muerte de Leyla tienen muchos puntos de contacto con el femicidio de María Soledad y también con el derrotero de Cecilia. Del mismo modo que María Soledad, Leyla fue “levantada” en un auto manejado por hijos del poder que, después de violarla reiteradamente, arrojaron su cuerpo a un zoológico privado, propiedad de uno de esos “nenes de mamá”.

María Soledad también había sido capturada del mismo modo. Guillermo Luque, que cumplió su condena, no solo era hijo de un diputado, sino ahijado del presidente Carlos Menem. Jóvenes con privilegios, asesores de sus padres en Buenos Aires, que luego volvían el fin de semana a sus provincias para divertirse con mujeres, apropiadas como chiches sexuales.

Horas después del hallazgo del cuerpo mutilado de María Soledad, la madre del entonces todopoderoso Ramón Saadi, deslizó mientras jugaba a las cartas: “Parece que se les ha muerto una chinita”. La “chinita”, uno de los términos más despectivos que se le pueden aplicar a una mujer pobre de provincia, no era un ser humano. No era una adolescente; no era una joven con toda la vida por delante. Apenas era una “cosa” utilizada para el disfrute que, accidentalmente y con tanta mala suerte, se les fue de las manos.

Habían pasado, apenas, 10 años desde el 83 y María Soledad se había convertido en el primer desaparecido con cuerpo de la democracia”, recuerda hoy, estremecida, Norma Morandini, una de las periodistas que cubrieron con mayor profundidad aquel crimen que conmovió a la Argentina, con sus marchas del silencio.

El nepotismo de los feudos llega a tal grado que, entre los locales, circula un chiste. Cuando jura algún ministro o intendente, la fórmula no es: “Sí, juro”, sino: “Sí, tío”. El tío, obvio, es siempre el que maneja los hilos de la prensa, la policía, la inteligencia y la Justicia. Y, a menudo también, de las mafias locales.

Tal como entonces sucedía en Catamarca y en tantos otros feudos, en el Chaco reina el miedo. El miedo atrapa al periodismo, a la gente y, sobre todo, a la Justicia. Incluso, un parricida como Sergio Schoklender fue amedrentado por Emerenciano Sena y echado de la provincia, cuando tuvo la extravagante idea de ir a husmear en sus negocios. Tan colonizada está la Justicia en el feudo chaqueño que, durante los primeros cinco días que siguieron a la desaparición de Cecilia, el fiscal no avanzó un milímetro, a pesar de las denuncias desesperadas de la familia de la joven.

En la línea del paralelismo, es útil recordar que el primer juicio en torno al crimen de María Soledad fue invalidado porque se logró probar la connivencia entre el tribunal y el poder local.

Marcela Acuña, la esposa de Sena y madre de César, amenazó con violencia a quienes osaran tocar a su hijo. ¿Cómo podían atreverse a tocar a un hijo del poder, a pesar de las fuertes sospechas de que podríamos estar frente a un asesino? Jorge Capitanich fue el padrino en la boda de Emerenciano y Marcela, a quien sindican como más sanguinaria aún que su propio marido.

Más: el campo de los Sena, donde la policía realizó ayer intensos allanamientos en el marco de la búsqueda de Cecilia, fue un regalo del propio Capitanich al hombre que devino fuerza de choque en su provincia. El mismo rol que, durante años, tuvo Rudy Ulloa en Santa Cruz. Los organismos de DD.HH. de Río Gallegos, despreciados por los Kirchner mientras fueron los amos del feudo, siempre recuerdan el papel de Ulloa como represor de las marchas críticas al gobierno provincial. Al parecer, los matrimonios feudales necesitan de ejércitos privados para perpetuarse en el poder. Pero, ojo: no solo el peronismo utilizó los servicios de Sena, sino también los radicales. Como diría Cristina, todo tiene que ver con todo.

Emerenciano Sena y su mujer, que eran candidatos de Capitanich para este domingo, ahora graban mensajes por celular desde la cárcel para ser liberados. En los mensajes imparten órdenes a los piqueteros que comandan para que les consigan dinero y metan presión. Capitanich, uno de los favoritos de la “jefa”, trata de tomar distancia con desesperación, mientras la “jefa” permanece ajena al drama. Feminista de la última hora, como si habitara en otro mundo, Cristina no solo permanecía callada o concentrada en tuits con sus causas. El último martes recibía a la ministra de Emiratos Árabes.

Si es que siguen adelante las PASO –la familia de Cecilia pide suspenderlas– este domingo en el Chaco la matriz de impunidad feudal se pondrá, nuevamente, a prueba.

Laura Di Marco

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Los casos Brieger, Rakauskas y Alice Munro: la lenta agonía del “no te metás”

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PARA LA NACION

Alice Munro, rozada por una denuncia que conmueve al mundo literario
Alice Munro, rozada por una denuncia que conmueve al mundo literario.

Un atardecer del 21 de abril de 2003, la adolescente Lucila Yaconis, hija de Isabel –una de las Madre del Dolor– moría asesinada intentando evitar un ataque sexual. Sucedió en un cruce de las vías del ferrocarril Mitre. Más de veinte años después, el crimen aún sigue impune. Pero tal vez lo más espeluznante de aquel asesinato es que dos personas podrían haberlo evitado, aunque eligieron no meterse en lo que consideraron un “tema personal”.

Uno de los que podrían haberle salvado la vida a Lucila era un técnico de ascensores, cuya oficina quedaba justo sobre el terraplén del ferrocarril. El hombre escuchó los gritos de una chica en la oscuridad y, al salir, vio una pareja que se revolcaba sobre la tierra, como si estuvieran peleando: eran Lucila y su agresor. “¿Qué pasa, che, qué son esos gritos?”, preguntó. “Tranquilo, jefe, no pasa nada Estoy con mi novia”, le contestó el asesino. La contraseña cultural tranquilizó al técnico, que siguió con su trabajo.

El mantra del “no te metás” (hablamos del “no te metás” para denunciar o impedir un delito) es una de las marcas culturales identitarias del argento: recordemos que el “argento” es la versión degradada o menos evolucionada del argentino.

¿Y cuál sería la novedad, entonces? Que esa creencia con la que fuimos socializados parece estar en retirada, en sintonía con un clima cultural global de destapar lo silenciado. El “no te metás” alcanzó su pico más corrosivo durante la dictadura, cuando muchos eligieron mirar para el costado cuando el terrorismo de Estado secuestraba ciudadanos argentinos, por fuera de todo marco legal.

La avalancha de denuncias públicas de acoso, encubrimiento, violaciones o abuso sexual contra políticos intocables o escritores y académicos famosos, blindados por su prestigio, son indicadores de que la opaca creencia del “no te metás” empieza a entrar en crisis.

¿Serán las nuevas generaciones, que parecen más sanas y transparentes? ¿Serán las redes sociales, que multiplican al infinito lo silenciado? ¿Será el principio de revelación del que habla Milei? ¿Será el efecto pandemia? Lo cierto es que ahora descubrimos que se puede ser venerado por las elites y también abusador. O supuesto acosador, como el caso de Pedro Brieger, denunciado por 19 mujeres y expuesto por una presentación colectiva de Periodistas Argentinas.

Fue un hombre valiente, el periodista Alejandro Alfie, el que decidió meterse y darle crédito a la denuncia de una de sus víctimas, a pesar de las amenazas de juicio por parte de Brieger. Decidió seguir adelante y publicar su denuncia en X. Un signo de los nuevos tiempos. A partir de la determinación de Alfie, muchas otras víctimas perdieron el miedo y se animaron también a hablar. Eso sí: gran parte del mundillo académico y mediático conocía las conductas inapropiadas que habría tenido Brieger con mujeres, durante al menos treinta años. Pero nadie habló. Un sonoro silencio que dice mucho.

Días atrás la Justicia confirmó el procesamiento del intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, acusado de abusar sexualmente de su exsecretaria, Melody Rakauskas. “No me mataron de casualidad”, revela hoy la presunta víctima del poderoso barón del conurbano. Y sigue: “Todavía me pregunto cómo sigo viva, me costó mucho llegar a este punto. Esto no se remonta solo al día del abuso, hay agravantes, a mí me atacaron en más de una oportunidad, he llegado a estar en terapia intensiva, me han perseguido fuerzas de seguridad y me han chocado el auto, me pasaron un montón de cosas”. Tuvo que venir un cambio de gobierno para que Melody pudiera ser escuchada finalmente por la Justicia, a menudo dependiente de las señales del poder político.

Rakauskas vivió años prácticamente recluida. Nadie le creía. Espinoza fue políticamente blindado y protegido por el peronismo y su encarnación K. Pasa en las mejores familias, como en la de la premio Nobel de Literatura, Alice Munro. Salvando las distancias, claro.

La fuerte revelación de una de las hijas de la prestigiosa escritora, Andrea Robin Skinner, generó un cataclismo cultural en Canadá. El último domingo, en una columna publicada en el diario canadiense Toronto Star, denunció que había sido abusada por el segundo marido de Munro, Gerald Fremlin, desde que tenía apenas nueve años hasta su adolescencia. Y dijo más: que su madre, conociendo la situación, simplemente le dijo: “Hablaste demasiado tarde”. Peor aún: Munro eligió proteger al abusador hasta su muerte, en contra de su propia hija.

Para quienes supongan que se trata de casos aislados, les digo que no: la Justicia criolla acumula muchas denuncias de madres que, primero acuden a los tribunales para denunciar al padrastro o, incluso, al padre biológico abusador, pero que luego se retractan. Retiran la denuncia inicial para, como Munro, proteger a su pareja.

El caso de Andrea Robin Skinner, que solo pudo denunciar públicamente diez años más tarde de la muerte de su madre, recuerda las revelaciones de la hija adoptada de Woody Allen, Dylan Farrow, cuando escribió una extensa columna en The New York Times revelando que había sido abusada sexualmente por el cineasta cuando tenía 7 años, en el ático de la casa que compartían con Mia Farrow. Allen nunca fue arrestado, pero el relato de Dylan arruinó gran parte de su prestigio.

El 2021, la escritora y editora Vanessa Springora, con su libro El consentimiento, generó otro cataclismo cultural, esta vez en Francia. Con apenas trece años y una situación de vulnerabilidad familiar, Springora había conocido al escritor Gabriel Matzneff, una celebridad de la época. Treinta y seis años mayor que ella. Ambos empiezan una “relación”. Matzneff formaba parte de la élite cultural francesa y sus aventuras con menores de 16 años eran festejadas en los programas de televisión. Hoy padece una condena social y sus libros fueron retirados de la venta.

Aún hoy, en algunos círculos, se considera “temas personales” lo que definitivamente son temas políticos porque atañen a las relaciones de poder entre las personas: es obvio que cuando, dentro de una empresa, familia o sociedad, alguien tiene una posición de superioridad –porque es una “vaca sagrada” venerada, por ejemplo, como sucedió con la reciente denuncia contra la escritora Alice Munro, que protegió a su marido abusador– hay una obvia disparidad de poder que mete miedo a la víctima. Y la paraliza en su denuncia.

Vayamos a un tema “menor”: el bullying hacia un empleado, que se toma de punto, por parte de un jefe o una jefa: El acoso moral en el trabajo es un extraordinario ensayo de la psiquiatra Marie-France Hirigoyen, que expone esta dinámica de silencio o de indiferencia de los compañeros de la víctima acosada. No se meten, aunque presencian el daño. Callan por miedo a ser ellos los acosados o los echados. O, peor aún: se alían con el depredador.

La Argentina parece moverse hacia un momento de mayor verdad, en sintonía con el mundo occidental. Lo que antes era mudo hoy tiene palabras. Lo que hace veinte o treinta años era naturalizado hoy podría ser un delito. O una atrocidad. Las nuevas generaciones ya no lo toleran, como no toleran los privilegios de la casta. Cualquier casta. Tarde o temprano, la taba se da vuelta. Y, sí, hay mucha gente nerviosa.

Laura Di Marco

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El caso Loan. Durmiendo con el enemigo

Publicado

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27 de junio de 2024

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Laura Di Marco

PARA LA NACION

Una noche de noviembre de 2021, un niño de cinco años –la misma edad que Loan– era asesinado en su propia casa a manos de dos mujeres: la madre y su pareja. El resultado de aquel horror fue la ley Lucio, que vino a iluminar y a reparar un asunto indigerible: la violencia contra los chicos, perpetrada por quienes deberían cuidarlos y amarlos. Lucio Dupuy fue asesinado porque el Estado le falló. Nadie lo vio realmente. Ni el sistema médico ni el judicial.

Otro noviembre, pero de 2017, fallecía otra nena de 12 años esperando un corazón sano que jamás llegó a tiempo. El drama de la familia Lo Cane alumbró la ley Justina, que amplió la conciencia sobre la importancia de donar órganos, pero sobre todo cambió paradigmas y esquemas mentales.

En los 90, el caso del soldado Carrasco terminó con el servicio militar. En los 80, el asesinato de Alicia Muñiz, perpetrado por un boxeador idolatrado, allanó el camino para acuñar el término “femicidio” (hasta entonces solo se hablaba de “crimen pasional”) y habilitó el debate sobre la violencia de género. Incluso, el horror de la dictadura terminó generando un nuevo consenso democrático, que se inauguró en 1983 y que, con sus vaivenes, en líneas generales se cumplió: nunca más a la violencia política.

Casos atravesados por un denominador común: el dolor familiar y social. Un dolor de tal hondura que es capaz de penetrar en las zonas más opacas y falladas de una sociedad, de un Estado, y de generar una enorme conmoción. Una conmoción que irrumpe sin permiso y desnuda “eso” que se niega.

Pero ¿es necesario atravesar noches tan oscuras para evolucionar, poner sobre la mesa lo que antes permanecía oculto o para despertar lo dormido? Tirar del hilo de esa pregunta resulta inquietante.

Y ahora, con Loan, ¿qué nos está mostrando la desaparición de este niño pequeño, que nos hiere el alma, que pudo haber sido vendido a una red internacional de trata mientras almorzaba con su propia familia? Toda la trama del caso Loan y sus personajes configuran una pequeña Argentina.

El intendente de Nueve de Julio, Hugo Ynsaurralde, que un día alerta sobre mafias en su propio territorio y al siguiente se desdice. Y que, cuando lo entrevistan en TV, parece un padre común, un movilero. Hablemos del comisario del pueblo, Walter Maciel, hoy preso. Maciel está acusado de liberar la zona y de plantar pruebas. La Justicia ahora también descubrió que el comisario, que convivía con el intendente en el mismo territorio, tenía una denuncia previa por abuso sexual.

Ynsaurralde –cuyo apellido, aunque sea con “y”, convengamos en que no lo ayuda– también ignoraba, aparentemente, que había nombrado a una funcionaria, María Victoria Caillava, que ahora está presa y sospechada de haber vendido al nene junto con su pareja. La Argentina tiene fronteras porosas. No se trata solo de las “manos porosas” de los políticos, como dice Milei.

El drama de Loan nos muestra, con toda crudeza, que el delito de la trata está instalado, es común e incluso está naturalizado en las áreas fronterizas de la Argentina profunda. Desde el 13 de junio, día de la desaparición, los cronistas televisivos enviados por los canales nacionales de noticias recogieron decenas de testimonios de secuestros de chicos, donde siempre está involucrado el poder local. Definitivamente, no hay trata –ni narco– sin complicidad de la política, la Justicia y la policía.

La última semana, un canal de TV entrevistó a Alicia Enríquez, de 48 años, oriunda de la localidad correntina de Santa Rosa, a 180 km de la capital. Portaba un cartel: “Busco a mi hija desde hace 32 años”. Según su testimonio, Alicia quedó embarazada a los 16 años y su padre, involucrado en la política local, la “entregó” a una funcionaria municipal. Una vez que dio a luz, la funcionaria habría vendido a su bebé.

El caso Loan también le puso un foco al lado más siniestro de las “adopciones truchas”, como revela la hermana Marta Pelloni, coordinadora de la red Infancia Robada. La denuncia de Alicia aún duerme el sueño de los justos. O el sueño de lo injusto.

El policial de Corrientes nos estremece porque desromantiza la idea de la familia Ingalls y desmiente las imágenes edulcoradas que se muestran en Instagram. Según los especialistas, esas postales de la felicidad familiar perfecta –y que, en algunos casos, esconden realidades mucho más duras– son fuente de depresión para quienes viven en entornos tóxicos. Mucho más comunes de lo que nos gustaría creer. Para algunos, la vida dentro de sus propias familias puede ser más peligrosa que caminar de madrugada solo por la zona más caliente del conurbano.

Como si el caso hubiera sido escrito por un maestro de la intriga, en la familia de Loan todos parecen sospechosos. Cualquiera podría ser. Y todos se acusan entre sí. La abuela Catalina desconfía de su yerno y hasta de su propia nuera. Y la madre del niño, apunta hacia su familia política. De hecho, madre y padre contrataron abogados diferentes.

Estremece la foto icónica del almuerzo en el paraje El Algarrobal con 14 comensales en la casa de la abuela Catalina. Frágil, desprotegido, pequeñito, Loan aparece rodeado por cinco sospechosos, que hoy están detenidos. En las pequeñas Argentinas de cada día, dormir con el enemigo es cosa frecuente.

Laura Di Marco

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Sandra Pettovello. La soledad de una Ministra parada sobre un nido de víboras

Publicado

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12 de junio de 2024

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Laura Di Marco

PARA LA NACION

Ocurrió en 1993, durante un frío anochecer de agosto, durante la primera presidencia de Carlos Menem. El menemismo ya estaba atravesado por el lodazal de la corrupción, cuando Gustavo Beliz, entonces su ministro del Interior, decidió renunciar. Al final del día convocó a una sorpresiva conferencia de prensa y, para argumentar el portazo, dejó una frase que haría historia: “Estoy parado sobre un nido de víboras”. Treinta y un años más tarde, en una Argentina completamente diferente, a la ministra Sandra Pettovello aquella frase le calzaría justo.

En su caso las “víboras” no serían solo internas –estas son las más poderosas, sin duda–, sino también externas. Al margen de su idoneidad para la gestión –aún falta conocer muchos datos sobre el escándalo de los alimentos, que tocó el corazón del Gobierno–, es claro que Pettovello tocó intereses poderosos con sus denuncias. Peces gordos de la política, como los hermanos De la Torre, Pablo y Joaquín, que se mantienen extrañamente callados ante las graves denuncias por la opacidad en las contrataciones de personal externo para Capital Humano, a través de la OEI.

De la Torre era la mano derecha de Pettovello, ¿algún superior lo obligó a contratar personal externo a través de este organismo internacional, tal como él mismo desliza entre los íntimos? Es la pregunta del millón. Los hermanos De la Torre manejan resortes claves en el populoso conurbano.

La lista de enemigos externos de la ministra es infinita. Proveedores de alimentos que se hicieron millonarios con manejos turbios, sectores de la jerarquía eclesiástica, piqueteros, organizaciones sociales, empresarios corridos de los negocios. Para la cultura corporativa de la vieja política, Pettovello cometió el peor de los pecados: rompió la omertà al denunciar a un funcionario de su propio riñón.

Nada es gratis. Esta semana trataron de ingresar a su casa para amedrentarla. No fue la única. También ingresaron al palier y le rompieron la cerradura a otra de las abogadas de su equipo, Natalia Rey. A la misteriosa Leila Gianni, mano derecha de Pettovello, la llamaron fingiendo el secuestro de uno de sus cinco hijos. El abogado Ariel Romano, segundo de Gianni, también fue amenazado. Todo junto en la última semana. House of Cards, un poroto.

Esta semana, Milei volvió a defender a su ministra en el foro económico ExpoEfi, en la Rural. “El Ministerio de Capital Humano esta torpedeado por un conjunto de delincuentes, que son los que están moviendo la agenda. Y es claro que, cuando vos corrés a los delincuentes, los delincuentes van a patalear. La pregunta es, entonces: ¿de qué lado están? ¿Del lado de la ministra Pettovello, que se está peleando con todos los chorros, o del lado de los chorros? A veces, la Argentina es un país muy raro”, chicaneó. Queda claro que Pettovello es una mujer molesta para diversos factores de poder.

A la ministra de Capital Humano le salió una defensora creíble y prestigiosa, que no forma parte del Gobierno. Otra mujer, Paula Olivetto, quien junto con Lilita Carrió, cosecha una larga y sólida trayectoria de denuncias contra la matriz mafiosa que contamina transversalmente a la Argentina política. Esta semana ofreció una entrevista radial, rica por sus múltiples sentidos.

“¿Cómo no sentir empatía con Pettovello? –expuso Olivetto–. Es una mujer que está peleando contra un sistema muy corrupto. Eso, independiente de su gestión. Es decir, independientemente de si ella tiene o no la formación necesaria para el cargo que ocupa. Todo aparenta que es mujer muy honesta, muy valiente y que está peleando con los que se hicieron muy ricos en la Argentina jorobando a los pobres. La podredumbre es transversal y no es solo de la política, sino también de la Justicia y de los servicios de inteligencia”.

Sigue la diputada por la Coalición Cívica, una fuerza que, por lo demás, tiene fuertes diferencias con el mundo libertario: “Empatizo con ella porque parte de lo que le están haciendo también me lo hicieron a mí: hostigarte por televisión, amenazarte, inventar cosas, convertirte en un demonio y sentirte muy sola”.

Olivetto vaticinó que Pettovello debe estar “infiltrada por todos lados”. Advirtió que le preocupa la seguridad de los que denuncian. “No puede ser que amenacen a una ministra de la Nación y que todo el mundo esté indiferente”.

La Argentina política tiene una fuerte tradición, en la historia reciente, de dirigentes políticas que denuncian a las mafias, empezando por la propia Carrió. En ese contexto le preguntaron a Olivetto por la cultura machista de la sociedad argentina, incluso por parte de algunos medios de comunicación, que les hacen bullying a las mujeres denunciantes estigmatizándolas como “locas”, “emocionalmente inestables”, “gordas”, “desquiciadas”, “prostitutas”, “histéricas”. No solo les ocurrió a las políticas sino también a las esposas de los sospechosos de corrupción. Hay que preguntarle a Laura Muñoz, testigo clave en el caso Boudou. Su exmarido, Alejandro Vandenbroele, la quiso hacer pasar por “loca” desde el minuto cero, frente a sus denuncias.

Hay machismo y falta de valentía, dice Olivetto. “Si sos mujer y denunciás es más difícil porque tu familia te pregunta: ¿vale la pena? Yo también me pregunto si valió la pena, porque el sistema te gana siempre. Y ahí entran a jugar los servicios de inteligencia, que te hacen operaciones y te convierten en un monstruo”.

Los servicios de inteligencia siempre en el centro de la escena política. ¿Y quién los maneja hoy?

Cuando Nicolás Posse cayó en desgracia, luego de pelearse con Santiago Caputo, el control de la AFI recayó precisamente en el asesor estrella del Presidente. Un consultor que acumula cada vez más poder, con una particularidad: Milei lo ubicó por encima de todos los ministros, aunque sin firma ni responsabilidad.

Caputo ubicó como interventor de la AFI a Sergio Neiffert, un ignoto personaje, sin experiencia en el mundo del espionaje, que le responde directamente y que estaría ligado a él por lazos familiares. Sin embargo, en las líneas más técnicas de la inteligencia, sí están los que saben. En los últimos días se incorporó a la Secretaría de Estrategia Nacional a José Luis Vila, un exalfonsinista ligado al legendario Enrique “Coti” Nosiglia. ¿Hay negocios en el entorno presidencial que Pettovello arruinó? Sería interesante averiguarlo.

Las tensiones entre Pettovello y Caputo van en aumento. Para colmo de males, ahora entró otro jugador en las internas palaciegas: Guillermo Francos. No son pocos los que auguran que también habrá chisporroteos entre el nuevo jefe de Gabinete y el “Peaky Blinders” mileísta, como lo llaman a Caputo. Dos funcionarios relevantes del Gobierno aseguran que Caputo, quien jamás soñó con manejar tanto poder en tan poco tiempo, quiso imponerle funcionarios propios a Pettovello, pero ella los rechazó.

El asesor estrella de Milei no da entrevistas públicas, pero en Casa Rosada trabó vínculo con algunos periodistas acreditados. No los elige al azar. Sus interlocutores predilectos son aquellos que a él le parecen más vulnerables a sus operaciones políticas. No significa que lo sean: es como él los percibe. Los periodistas militantes K, por ejemplo, son sus interlocutores preferidos. Por esos canales, dicen en la Rosada, diseña sus tejemanejes.

Es verdad que Pettovello pensó en dejar el Gobierno porque, como relata Olivetto, no es fácil aguantar semejante presión y la mafia te gana siempre. ¿Ganará también esta vez? Es verdad, también, que Milei salió a bancar infinidad de veces a su amiga, aunque Caputo parece estar por encima en el esquema mental presidencial. La hermana Karina es aliadísima del asesor estrella, aunque en este caso puntual también salió a ponderar a Pettovello. La moneda está en el aire.

Laura Di Marco

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