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A Béliz se le escapó el enano fascista

Si Gustavo Béliz está preocupado por generar información de buena calidad, debería comenzar por ofrecer conferencias de prensa o, de mínima, recibir a periodistas profesionales.

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La historia política de Gustavo Béliz tiene ribetes novelescos. De joven, fue periodista profesional; luego, ya inmerso en el menemismo, ejerció como ministro del Interior y paladín de la lucha contra la corrupción, al punto que, dentro de su propio gobierno, sufrió el bullying de sus colegas que lo apodaban “zapatitos blancos”. Al renunciar, el experiodista les devolvería la gentileza con una sola frase: “Estoy sentado sobre un nido de víboras”. Volvió con Kirchner, pero, de nuevo, tuvo que irse cuando mostró en televisión la foto del exespía Jaime Stiuso. Alberto Fernández logró rescatarlo y lo nombró secretario de Asuntos Estratégicos. Permaneció prácticamente mudo dos años y, cuando finalmente abrió la boca, fue para sugerir una regulación de las redes sociales que, según él, “intoxican a la democracia”. Si quiso levantar el perfil, no le salió.

No solo logró escandalizar a la oposición, sino a los de su propio palo. Aún para una cruzada K como Cecilia Moreau fue demasiado. “Me dio vergüenza escucharlo”, lo hundió. Patricia Bullrich fue aún más lejos: “controles, cepos, regulaciones. No hay caso, se les escapa el enano fascista”. Llamó la atención el anacronismo de la propuesta; la desconexión con la realidad, en un país donde la inflación vuela. Y lo confuso del mensaje. Extraño en un funcionario cuya especialidad es, supuestamente, la comunicación. Si Béliz está preocupado por generar información de buena calidad debería comenzar por ofrecer conferencias de prensa o, de mínima, recibir a periodistas profesionales.

El kirchnerismo -que históricamente desconfía de la inteligencia ciudadana y, en cambio, cree en controles y regulaciones estatales- parte de un error conceptual. Supone que, controlando a los medios o a las redes -es decir, influyendo sobre el mensaje- es posible modificar la realidad. Y la realidad es que la desinformación, asociada con las noticias falsas, o la toxicidad que producen los discursos del odio no son, como podría suponerse, fenómenos masivos sino, más bien, marginales en las redes. Más aún: la principal fuente de toxicidad y de desinformación surge de los propios funcionarios públicos, no de los ciudadanos comunes. La impactante conclusión es fruto de diversas investigaciones realizadas en países nórdicos, Gran Bretaña y Estados Unidos, según explica Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales e investigadora en Worlds of Journalism.

Amado ofrece como prueba un estudio realizado por la Universidad de Oxford, que midió globalmente y mientras sucedía, la infodemia en torno al Covid. La investigación incluyó a la Argentina, que salió bien parada: sacó un siete, a pesar de los datos falsos y las comparaciones erróneas, que el propio Presidente diseminaba, a diario, con sus filminas, mientras era sistemáticamente desmentido por la ciencia o por las embajadas. Sin embargo, la buena información sobrevivió, incluso, a él.

Desde lo más alto del Estado, el kirchnerismo es pródigo en la difusión de fake news. Pensemos en Aníbal Fernández afirmando, sin pestañear, que Alemania tiene más pobreza que la Argentina o en Cristina disfrazando de lawfare sus causas de corrupción. Ni qué hablar de la negativa a difundir las cifras reales de la inflación, durante la intervención del Indec. Como dice Agustina del Campo, a cargo del Centro de Estudios de Libertad de Expresión de la Universidad de Palermo: “generar información de calidad, desde el Estado, es una contribución mucho más efectiva que, alguien desde el Estado, midiendo cuál información es de calidad y cuál no”.

La propia portavoz presidencial instaló una noticia falsa –o, al menos, sesgada- en su duelo tuitero con Rodríguez Larreta, cuando asoció el amague de regulación de Béliz con “prácticas republicanas en el mundo”. Es cierto que la Argentina adhirió al Pacto por la Información y la Democracia, invitada por Francia y Alemania, países que tienen leyes regulatorias de los discursos del odio y la desinformación. Lo que omitió Cerruti es que esas mismas leyes fueron ampliamente criticadas, incluso dentro de sus propios territorios, por recortar la libertad de expresión. La justicia francesa, por caso, las declaró parcialmente inconstitucionales. Y hablamos de países respetuosos de la división de poderes, no de populismos autoritarios que, en nombre de la libertad y la democracia, se dedican a limarla desde adentro.

Los dilemas éticos que abren las redes son novedosos, pero algo es seguro: un gobierno que ha convertido a los mensajeros en enemigos difícilmente pueda resolverlos.

Por Laura Di Marco para lanacion.com

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Las dos caras del cambio en JxC: los dilemas de Patricia

La relación entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta está prácticamente cancelada.

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Secuestrados por la “Reina Polenta”

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El país, y no solo Recoleta, ha sido secuestrado por una reina caprichosa. Con lo que le gustan los micrófonos, hasta Sergio Massa quedó opacado con el revoleo a la bartola de mentiras y operaciones de prensa que Cristina Kirchner viene desplegando desde el martes 23, un día después de que el fiscal Diego Luciani pidiera 12 años de prisión para ella por la causa Vialidad. Armas arrojadizas que complican, incluso, el viaje de Massa a Estados Unidos, donde deberá exhibir su programa económico y convencer a Kristalina Georgieva de que la situación está bajo control. Naturalmente, las imágenes de violencia en las calles porteñas ya lo desmintieron en tiempo real. ¿Quién, en su sano juicio, invertiría en un país semejante?

Ese daño autoprovocado en la confianza –un intangible esencial para recomponer la economía, que supuestamente Massa venía a aportar– ineludiblemente impactará en los sectores más vulnerables, seguidores del kirchnerismo, si la inflación no cede. En una palabra: en el alocado ejercicio de su defensa, la “Reina Polenta”, tal como la bautizó la joven influencer Luli Ofman –una oxigenante y aggiornada versión femenina del genial Tato Bores–, no duda en ir en contra de sus propios votantes acotándoles, aún más, el acceso al asado prometido. Según la UCA, apenas un 11% de argentinos tienen, en su mesa, una alimentación de calidad.

La nómina de “secuestrados” es extensa: la agenda del Gobierno, paralizada por la situación judicial de Cristina; el Presidente, que ni siquiera asistió a la última reunión de gabinete; los contenidos mediáticos, que volvieron a centrarse en ella, bajo un extraño fenómeno: la gente no quiere verla, pero quiere verla. El público condena en las redes sociales la obsesión periodística con Cristina y, sin embargo, los contenidos que más se ven, leen o escuchan se refieren a Cristina.

¿En qué quedamos? ¿Morbo o solo se trata de una audiencia hiperpolitizada, siempre minoritaria? Experta en medios, Adriana Amado se inclina por lo segundo. Afirma que las principales búsquedas en Google siguen siendo sobre aspectos de la vida cotidiana de los argentinos –paro de colectivos, fútbol, etc.–, excepto el martes 23, día del furioso alegato cristinista en su canal de YouTube. Más aún: las nueve horas de la acusación de Luciani superaron el millón de vistas. Según Amado, una cantidad muy superior, en términos relativos, que la autodefensa de Cristina.

Entonces, ¿será verdad que la “Reina Polenta” recobró la centralidad política? Y, en todo caso, ¿qué significa? Mariel Fornoni, directora de Management & Fit, diagnostica que su alta imagen negativa –más del 60%– no cedió ni un centímetro y que si las elecciones fuesen hoy perdería en la provincia de Buenos Aires. Además, siete de cada diez argentinos la creen culpable.

Y, sin embargo, la oposición de Juntos volvió a caer en las garras de Cristina. Aunque convengamos que son sus propios conflictos internos los que la vuelven fácilmente “secuestrable”. Dentro de la coalición, no son pocos quienes piensan que Patricia Bullrich ya no es la candidata presidencial de Macri, quien renunciaría a su propia postulación en favor de Rodríguez Larreta, en una movida similar a la que desplegó en 2015, cuando apostó por el jefe porteño en detrimento de Gabriela Michetti. Una pista de la validez de esta tesis son los armadores de los que se rodea Bullrich, mayoritariamente vetados o enemistados con el expresidente. Emilio Monzó es un claro ejemplo. Como dice la presidenta de Pro, el vallado en la casa de Cristina es un símbolo. Y tiene razón: un símbolo del mar de fondo que se cocina dentro de Pro.

La oposición no quiere enredarse con las provocaciones de la jefa K, pero se enreda: admitamos que habría que ser Mahatma Gandhi para sortearlas por completo. Cristina llegó a sugerir que Patricia Bullrich se emborracha por las tardes y que, en ese estado, escribe tuits desencajados. Bullrich picó. Ayer buscó redoblar la apuesta con otro tuit y, cuando se dio cuenta y quiso borrarlo, ya era tarde. La red del pajarito es implacable.

Los que vienen zafando, por ahora, son Lula, Boric y la totalidad del Frente Amplio uruguayo. La diplomacia K buscó desesperadamente un apoyo de los amigos continentales para su “perseguida”, pero no lo logró. ¿Cómo es que dejan que el lawfare se instale así, alegremente, en América Latina, con la complicidad del “imperio” y los medios “hegemónicos”? ¿O será que no quieren quedar pegados a un latrocinio? De izquierda, sí, pero no suicidas.

Por Laura Di Marco para lanacion.com

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El juicio por Vialidad: desvelando las mentiras de una “madre tóxica”

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Descifrar al kirchnerismo y la relación de los fanáticos con su lideresa requiere mucho más que la ciencia política, la economía o la historia. Requiere del marco teórico de la psicología y sus múltiples escuelas para responder preguntas que, sin incluir ese paradigma, parecen inexplicables. Cristina Kirchner podría ser condenada en el juicio por Vialidad. Los pedidos de pena del fiscal Diego Luciani se conocerán el próximo lunes, después de un alegato adictivo, que resume, con pruebas contundentes, la historia reciente de la corrupción K.

Luciani está derribando un mito que circula fuerte dentro de la militancia kirchnerista. Finalmente, Cristina no era la inocente viuda que se vio obligada a lidiar con los negocios oscuros del marido, una vez muerto. No. Las revelaciones del fiscal la muestran como copartícipe consciente de una maquinaria extractiva de dineros públicos. Una centralidad que se deja ver, entre otras pruebas, en los incontrastables mensajes hallados en el celular de José López, esa oveja descarriada que, supuestamente, le había roto el corazón a su jefa en 2016, cuando las cámaras lo captaron revoleando bolsos en la puerta de un convento. Entonces –gobernaba Macri– no había revoleo de ministros, sino de plata negra.

La dudosa teoría de la viuda inocente fue construida, con eficacia, por Héctor “Topo” Devoto, un exmilitante montonero, amigo íntimo del matrimonio K, y deglutida como comida rápida por todos los que necesitan creer. Porque, a no confundirse, en el kirchnerismo no todos cobran. La fe puede ser una fuente de seguridad tan eficaz como el dinero. Hay muchos que creen. Muchísimos. Y lo hacen con fervor. Y también están los que creen y cobran. Este es el combo ideal.

Más aún: entre los que creen sinceramente que el kirchnerismo ha encarnado una fuerza popular, que vino a redistribuir riqueza y a enfrentar a los “poderes fácticos”, se inscribe una larga fila de intelectuales. Y hay que deconstruir mucho –por usar una palabra de moda– para llegar a la verdad: ese es el trabajo que desarrolló, durante años, el periodismo de investigación, la oposición, y también, con sus marchas y contramarchas, la Justicia.

Escuchar a Luciani es un electroshock de realidad. Todo es muy claro para quien esté dispuesto a ver. El problema es que los que creen no quieren ver. ¿Por qué? Semejante confrontación con la verdad dispara un mundo de emociones: negación, agresividad, amenazas.

Roberto Navarro, el “periodista” de referencia de Cristina, fue denunciado esta semana por incitación a la violencia, después de su arriesgada propuesta –que, en verdad, es un delito– de “frenar” al periodismo que denuncia. Menos visible, pero en la misma línea, el médico sanitarista Jorge Rachid, asesor de Kicillof –el mismo que decía que Pfizer quería los glaciares a cambio de vacunas–, escribió un tuit en el que instruyó a los fieles para que no replicaran la “agenda del enemigo”.

En muchas dimensiones podría hacerse una analogía histórica entre el juicio de Vialidad y el Juicio a las Juntas. Pero tal vez el punto central de contacto entre ambos tribunales sea la exposición sanadora de la verdad, ante un sector de la sociedad que la niega. O la negaba.

Sobre la base de testimonios de la época, cuando Alfonsín impulsó el juicio contra los militares, la mitad de la sociedad argentina no creía –o no quería creer– que durante la dictadura habían existido centros clandestinos de detención. También descreían de los desaparecidos o de los bebés robados. Fueron los testimonios crudos de aquellas víctimas –testimonios que cualquiera podía ver por televisión– los que descorrieron el velo del horror. Y los que generaron una nueva conciencia.

Luis Moreno Ocampo suele recordar el conflicto que desató, en el seno de su propia familia, su participación en ese histórico “yo acuso”, de enorme trascendencia internacional. Su madre comulgaba en la misa con Videla y no creía –no podía creer– las imputaciones en su contra. Sin embargo, su opinión cambió rotundamente cuando vio por televisión el juicio, emitido entre abril y diciembre de 1985. Entonces, llamó a su hijo y le dijo: “Me equivoqué, este hombre debe ir preso”.

Y aquí llegamos a las madres. La narrativa de las madres, dentro de las familias, es potente. Las fuerzas políticas, como los trabajos, son una especie de familia: en nuestro inconsciente se insertan del mismo modo. Siempre hay un jefe que se parece a nuestro padre o una colega que nos inspira los mismos sentimientos –buenos o malos– que nuestra hermana.

Estamos inconscientemente formateados por lo que dijo nuestra madre, en la infancia, acerca de casi todas las cosas de la vida: papá, nuestros hermanos, otros miembros de la familia, el dinero o lo que sea. En su extraordinario libro El poder del discurso materno, la investigadora Laura Gutman da cuenta de este hechizante fenómeno a través de múltiples historias reales. Un fenómeno –creerle ciega y lealmente a mamá– que luego replicamos, en nuestra adultez, con determinados personajes a quienes les otorgamos poder. El mismo poder que tenía sobre nosotros nuestra mamá cuando éramos niños.

También aquí, en la narrativa familiar, hay que cavar muy hondo para llegar a la verdad. Esos investigadores amateurs en los que algunos adultos devenimos –con suerte y si es que hacemos algún tipo de trabajo interno– nos llevan a indagar. Y entonces empezamos a hacernos preguntas: ¿es verdad que cuando se separaron mis padres papá no quería visitarnos o es que mamá obstaculizaba el vínculo? ¿Es verdad que la tía era tan mala? ¿Me desearon realmente como hijo o hija?

Confrontar con la verdad no es para cualquiera y, a menudo, hay que ser muy valiente para soportarla. Valiente para cuestionar a mamá y a todas las figuras que, más adelante en la vida, se parecen a ella.

Cristina es una madre –tóxica, por cierto– para sus fieles. Cuestionarla puede ser devastador para sus hijos porque lo que se desmorona no es la figura de Cristina Kirchner sino el propio mundo. Hay preguntas duras, que ponen en tela de juicio todo un universo de creencias: ¿puede ser que no se trate de una persecución judicial, sino de una descomunal estafa? ¿Vinieron a solucionar la pobreza o a hacerse ricos copando el Estado? ¿Pueden no haber tenido sentido mi militancia, el tiempo dedicado o la ilusión que deposité? La mayoría prefiere construirse una realidad imaginaria a confrontar con estos hechos.

Idéntica analogía podría hacerse con las familias donde hay padres o padrastros abusadores. Cuando la víctima confronta al resto de sus familiares, la primera reacción es la negación. Luego viene la furia contra el mensajero; es decir, contra la víctima. Más tarde, acusan a la víctima de mentirosa. Le sigue la defensa cerrada del abusador. Y, finalmente, viene el encubrimiento por años de la verdad. Así se velan los secretos familiares.

¿No es un mecanismo increíblemente parecido a la dinámica entre Cristina y sus fieles? Entonces, la “irracionalidad” del fanatismo K –como la de cualquier otro– encuentra su propia racionalidad.

¿Cómo se puede defender lo indefendible? ¿Cómo se explica semejante ceguera? Es todo tan obvio, ¿cómo no lo ves? Bajo esta nueva luz, las preguntas que nos hacíamos encajan con respuestas de raíces más profundas.

Como propuso esta semana Elisa Carrió: en un país tan acostumbrado a la mentira, lo que causa escándalo es la verdad.

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