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Espinoza, un “barón” ausente arriba de un polvorín

Fernando Espinoza, el “barón” que controla La Matanza desde hace 18 años, no habla ni responde.

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5 de abril de 2023 18:38

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Laura Di Marco

PARA LA NACION

Ni siquiera va demasiado seguido a su lugar de trabajo, un municipio hundido en la pobreza y la inseguridad, que “maneja” con un joystick, ¿desde Puerto Madero? Nadie lo sabe con certeza. Lo cierto es que desaparece por días enteros, aun ante crímenes de alto voltaje mediático, como el del colectivero Daniel Barrientos. El vicejefe de Gabinete matancero, Daniel Barrera, lo sabe bien: le escribe mensajes urgentes por WhatsApp a su jefe y Espinoza puede tardar tres días en responder. O directamente no le responde.

Un desolador vacío de poder en un municipio de casi 2 millones de habitantes donde, según cifras oficiales, hubo más de un homicidio por día, en lo que va del año. Y eso, lo que se contabiliza. En villas como San Petersburgo o Puerta de Hierro, donde chicos de 10 años manejan armas para resguardar a los narcos del barrio –barrios donde se entra con contraseña para comprar droga en los búnkeres–, nadie sabe a ciencia cierta quién vive y quién muere.

Tan intocable se siente el “barón” de La Matanza que ni siquiera manda a algún otro a responder por él. Mudo. El silencio es impunidad. Sucedió con las denuncias por abuso sexual en su contra, con el crimen del kiosquero Roberto Sabo, con la muerte de una psicóloga social, arrastrada por un motochorro en el centro de Ramos Mejía y ahora con el asesinato del colectivero Barrientos, que derivó en el brutal ataque de los choferes a Berni. De hecho, tres de los cinco asesinatos de choferes, en los últimos seis años, ocurrieron en Virrey del Pino, la zona donde ejecutaron a Barrientos, un páramo donde los vecinos carecen de servicios tan elementales como policías, ambulancias o asfalto.

Igual que en Rosario, el Estado está ausente. Como dice Alejandro Finocchiaro, aspirante opositor a la intendencia matancera: “Cuando el Estado no está, el delincuente pierde el pudor de esconderse”. El exministro de Educación milita con Patricia Bullrich, a la que tanto Berni como Kicillof intentaron asociar con un delirante complot que ató el crimen de Barrientos con la Policía de la Ciudad de Larreta y la banda de los copitos. Ni la imaginación de Stephen King habría podido urdir semejante trama, que comenzó –en las cabezas de Berni y Kicillof– con un tuit del 17 de marzo, en el que la presidenta de Pro hablaba sobre la inseguridad de los colectiveros en el conurbano. Más locura no se consigue.

Meses atrás, los candidatos opositores llevaron un médico para que revisara a 50 chicos en una de las zonas más pobres del reino espinoziano. De esos 50, 46 padecían patologías serias no tratadas. El médico le preguntó a una de las madres: “Mami, ¿cuándo fue la última vez que lo llevaste al médico”. La mamá, desconcertada, respondió con dolorosa sinceridad: “Cuando nació”. Otra mujer, en las intermedias de 2021, le preguntó a un candidato de Juntos si ella podía votar por otra boleta que no fuera la de Espinoza. El caudillo “mudo” también es extorsivo. Entre las primarias y las elecciones generales de ese año se ensañó con los beneficiarios de planes sociales que se abstuvieron de ir a votar: mandó a su gente para que indagara, casa por casa, el motivo del faltazo.

Si, tal como propone Carlos Pagni en la tesis de su flamante libro, el conurbano es el “nudo” que modela la política argentina, La Matanza es el nudo del nudo. Un “nudo” que la oposición solo trabaja de a ratos, como si no se le animara del todo. Los punteros peronistas, por el contrario, conviven en el territorio con esos votantes vulnerables que ni siquiera saben que existen otras opciones. De hecho, desde el regreso de la democracia, el peronismo operó allí como un partido único. Un fiel showroom de la conurbanización de la Argentina.

Si las elecciones se juegan en el conurbano, el juego más decisivo, sin duda, sucede en La Matanza. Un territorio cuyo peso electoral equivale a cinco provincias juntas: un volumen de votantes semejante a los electorados de La Rioja, Santa Cruz, Tierra del Fuego, La Pampa y Catamarca.

Pero Espinoza no solo está ausente. También está desgastado. Los primeros en notarlo y desafiarlo no fueron los medios “hegemónicos”, Patricia Bullrich o la “derecha neoliberal”, sino su propio frente interno: los piqueteros. Si Espinoza tiene 33.000 millones de pesos en el banco, tal como afirma la oposición (con los “barones”, todo es opaco), ahora le salió al cruce un desafiador al que no le falta billetera: Emilio Pérsico, que viene con la caja de Desarrollo Social.

El frente piquetero está postulando a Patricia Cubría, esposa de Pérsico, quien acaba de lanzarse con un spot bizarro acompañado por el jingle “Llora Espinoza”. Por ahora, sin embargo, los únicos que lloran en la vida real –y no en el spot– son sus víctimas.

Laura Di Marco

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Espinoza, claves de un blindaje escandaloso

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23 de mayo de 2024

PARA LA NACION

El peronismo tiene un enorme talento para blindar a personajes oscuros y, a la vez, señalar que la oscuridad habita en los otros. Es parte de su exitosa narrativa. Como afirma en Juicio al peronismo el exembajador Diego Guelar, que pasó por varias encarnaciones del PJ: “Me fui porque lo único que había quedado era la asociación ilícita”. El caso más paradigmático fue el de Carlos Menem, que tuvo que anclarse en una banca del Senado hasta los 90 años, ante la posibilidad de afrontar nuevamente una prisión domiciliaria.

Esta semana le tocó blindaje justicialista al jefe del peronismo matancero, Fernando Espinoza, acostumbrado, al parecer, a disponer de las personas como si fueran sus esclavos. Y también, cómo no, de los cuerpos de las mujeres, como ha sucedido a lo largo de las últimas cuatro décadas en varios feudos peronistas. Una de las formas que asumió el amago de blindaje fue una foto de esta semana del propio gobernador Axel Kicillof, tan sensible a los temas de género, junto con Espinoza inmediatamente después del procesamiento. Una de las características del populismo es que, más allá de las reglas, están los amigos. Ante todo, defender a los miembros de la propia tribu, aunque sus delitos sean aberrantes.

Aspirante a heredero de la corona peronista, en lucha con su hermano político Máximo –hijo biológico de la reina Cristina–, Kicillof parece mareado en la era Milei. Un día se abraza con Nacho Torres, que hace apenas unos meses era integrante de la derecha cipaya; al otro, con Maximiliano Pullaro y esta semana con un intendente procesado. Busca el apoyo de los intendentes del PJ. Las cosas que uno hace por necesidad. El procesamiento de Espinoza refleja el modus operandi de los señores feudales. No se trata de un caso aislado. Es parte de la cultura de sometimiento de esas formaciones predemocráticas que son los feudos, cuyo motor radica en las extorsiones y el clientelismo. La sexualidad y su control siempre están presentes donde se juega el poder, mucho más entre los autócratas.

El caso de María Soledad en Catamarca, el doble crimen de La Dársena en Santiago del Estero y el más reciente de Cecilia Strzyzowski tuvieron algunos componentes similares al caso por el cual fue procesado Espinoza, aunque en una escala aumentada. La matriz, sin embargo, es la misma. Se trata de mujeres humildes o de una posición inferior a los que controlan los resortes del poder en su territorio, devenidos hostigadores, abusadores o asesinos.

En los últimos tres casos se trató de femicidios con traducción política. En una palabra, aquellos delitos lograron tumbar a los clanes gobernantes del momento.

Con un peronismo en crisis y a la intemperie, ¿tendrá alguna traducción política el procesamiento del amo de La Matanza en la causa que lo investiga, desde hace tres años, por abuso sexual y, a la vez, por haber violado la restricción judicial de acercarse a quien sería su víctima, su exsecretaria privada?

El caso Espinoza atravesó este martes una sesión caliente de la Cámara de Diputados, en la que Silvia Lospennato condenó el feminismo fake de las sororas kirchneristas, aunque no lo llamó así.

Más políticamente correcto, lo consideró un silencio inadmisible y pidió que, al menos, la Legislatura bonaerense, le exigiera una licencia a Espinoza ante el escándalo. Sería lo normal en un país normal. Fue entonces cuando Cecilia Moreau, feminista ella, en lugar de asociarse al reclamo de Lospennato, sacó a relucir el caso de Manuel Mosca, exdirigente de Pro procesado por abuso sexual. Como en una tragicomedia en vivo, las redes comentaban la pelea en el barro entre ambas mujeres. Un famoso tuitero @Bobmacoy, cuyo nick es Doctor House, deducía: “Silvia Lospennato y Cecilia Moreau se están tirando degenerados por la cabeza”. Guerra de guerrillas en X.

La sexualidad y su control, siempre atravesados por la política. Esta semana también les tocó el turno a los libertarios. O, más bien, a las contradicciones libertarias. El secretario de Culto, Francisco Sánchez, otro oscuro personaje de la política, arremetió en Madrid contra derechos liberales consagrados –algunos, desde hace décadas– en las democracias más consolidadas del mundo desarrollado: las que el propio Milei suele poner como ejemplo.

Por increíble que parezca, el funcionario “libertario” propuso, palabras más, palabras menos, volver al oscurantismo de 1492. En un discurso opaco y anacrónico, arremetió contra el divorcio, la interrupción voluntaria del embarazo y el matrimonio gay. ¿Habrá alguna libertad mayor para un ser humano que las decisiones sobre la propia vida? En la Argentina, algunos que se autoperciben liberales son, en el fondo, rotundos conservadores. Más que Alberdi, Torquemada.

Laura Di Marco

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¿Es Milei un populista de derecha?

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La calificación se ha convertido en un insulto y el término populismo -de un signo o de otro- ha perdido su sentido en la Argentina

8 de mayo de 2024

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Laura Di Marco

De tan gelatinoso y vapuleado, el término populismo –de izquierda o de derecha– ha perdido su sentido en la Argentina. Ya no es un sistema político. No es un modo disfuncional de concebir la economía. Tampoco un sistema de creencias culturales. No se trata de un gran debate dentro de la ciencia política, como en verdad sucede. El término populismo se convirtió en un insulto.

Populismo es una palabra en disputa dentro de la academia, pero, además, en la Argentina se usa –igual que la categoría de “neoliberal”– como un arma arrojadiza dentro de la batalla cultural. Como decía, con elegancia, el gran Guillermo O’Donnell: corremos el riesgo de llamar populismo a todo lo que no nos gusta. Y si no le puedo poner populismo, le pongo “neopopulismo”. O neoliberalismo.

La mecha la encendió ahora el economista alemán Philipp Bagus, referente de la escuela austríaca, la incubadora intelectual de Javier Milei, cuando calificó al presidente argentino como un “populista de derecha”, pero no en el sentido que le dan los analistas locales, sino como un atributo positivo.

Un populista de derecha, afirma Bagus, es aquel que defiende los intereses de la población por sobre los de la casta. Y se encargó, además, de explicar muy bien que, al hablar de populismo, está haciendo referencia a un sistema que defiende los intereses de la población en contra del establishment. “Están los intereses de los argentinos de bien y los de la casta”, detalló el alemán, en apoyo al sendero económico elegido por Milei.

Y es ahí donde entramos en el berenjenal del debate. Una primera aproximación: las formas que asume el populismo en América Latina, como bien lo describe el italiano Loris Zanatta, son muy diferentes del modo en que el mismo sistema se despliega en Europa. Como sucede con las comidas, la cultura de un país le adosa condimentos autóctonos, que le otorgan características específicas. Lo que está haciendo Milei en términos económicos sobre la Argentina corporativa modelada por casi 80 años de peronismo no se parece a Trump, ni a Bolsonaro, ni a Giorgia Meloni. Mucho menos a Marine Le Pen.

Cristóbal Rovira es un reconocido politólogo chileno que, en sus trabajos, se pregunta: ¿el populismo es una amenaza o un correctivo para la democracia? El chileno afirma que esa respuesta depende del contexto político. Como se ve, las clasificaciones no son ni tan automáticas ni tan sencillas. Las categorías políticas no pueden diagnosticarse como sucede con el DSM de la psiquiatría porque, como propone Rovira, el contexto y la historia de un país lo condicionan todo.

Chile, por caso, es un país donde jamás prendió el populismo. Lo mismo podríamos decir de Uruguay. Así, quienes en su momento trazaban un paralelismo entre Michelle Bachelet y Cristina Kirchner le erraban feo. Allí donde del otro lado de la Cordillera había una lideresa de centroizquierda –una socialdemócrata– aquí había una reina populista. Dos mundos completamente diferentes.

Rovira explica que democracia es liberalismo y representación: el liberalismo defiende los derechos de las minorías y la representación defiende el poder de la mayoría. Cuando la democracia se oligarquiza, es decir que se pone mucho liberalismo y poca representación, entonces el populismo la democratiza nuevamente. La oligarquización de la democracia es lo que denunciaron Podemos en España y Milei en la Argentina: la casta. Ocurre cuando los políticos de los diferentes partidos impiden el ingreso de nuevos actores y la emergencia de políticas públicas alternativas. Para bien o para mal, Milei no solo introduce una nueva narrativa política, alternativa a la “casta”, sino que populariza conceptos económicos de la escuela austríaca, que no formaban parte del lenguaje de nuestros economistas de cabecera. A eso se refiere Bagus cuando habla positivamente de populismo, en el caso de Milei.

Incluso Zanatta, un pensador de sensibilidad liberal, afirma que “un poco de populismo está bien”. ¿Por qué? Lo explica: “Siempre hay una tensión entre la representación y el liberalismo. Demasiado pueblo es populismo, pero si la soberanía del pueblo no cuenta nada, se transforma en tecnocracia”. La narrativa de Milei apunta a devolverles el poder a “los argentinos de bien”.

Con el kirchnerismo, nosotros conocimos el lado más oscuro del populismo: un autoritarismo con poca representación y casi nulos controles institucionales. Como dice Andrés Malamud de un modo más simple: un poco de populismo rompe los privilegios; el problema es cuando se le va la mano y rompe la democracia.

Por lo que se deja ver en apenas cuatro meses de gobierno, Milei parece, más bien, un liberal en lo económico y un líder con rasgos populistas en el plano político y cultural. ¿De derecha o de izquierda? Tal vez en la Argentina, justamente por su contexto, derecha o izquierda no expliquen demasiado. En cambio, si hablamos de gobiernos peronistas o no peronistas, todos comprendemos bien de qué se trata.

Laura Di Marco

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Laura Di Marco: “Milei pudo hackear la maquinaria del poder”

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Entrevista con Luis Novaresio.

Milei es un outsider, un hombre que lo tenés que entender en el marco the “the crown”, y que pudo hackear una maquinaria de poder muy importante que parecía imposible de hackear. Es un hombre que leyó bien el momento y quien logra eso puede ser vocero de la sociedad.

La pandemia fue un despertar de la libertad. Viene un tipo que te empieza a hablar de la libertad y de la casta. Él tradujo lo que estaba pasando. Incluso llegó a sectores populares, logró explicar qué es el déficit a personas que quizás no terminaron el secundario. Eso no lo logró nadie antes.

Milei es un liberal en lo económico, pero en lo político y en lo cultural tiene rasgos populistas.

Levitsky dice en su libro Cómo mueren las democracias que el peronismo no es una ideología, es una organización. El populismo es una religión, es la biografía de la Argentina, no hay adulto que no haya vivido bajo un cielo peronismo. Eso es lo que se quebró ahora, los que siempre votaban al peronismo, lo votaron a Milei.

Juntos por el cambio no le hablaban a los jóvenes, Milei entendió su universo, lo que pedían. Tanto la Iglesia como el peronismo le hablan a un pueblo unificado, eso es lo que se rompió. Hoy nadie conduce a nadie, incluso se perdía la verticalidad en el trabajo. Es una sociedad más democrática, más diversa y a eso no se pudo adaptar el peronismo. Hoy los sindicalistas representa una imagen espantosa. Me parece difícil que el peronismo se rearme representando grandes mayorías populares.

Cristina está admirando a Milei en secreto. Ella dice “Milei es kirchnerista a su manera”, tiene coraje, inteligencia, y encuentra cobarde al peronismo. Obviamente en público después sale y lo critica también.

Hubo pocas mujeres que entran en esto, porque te atacan por ser mujer. Tenés que estar muy bien parada porque es un bullying muy fuerte. El periodismo político está hecho por hombres. El peronismo es misógino, ella mismo dijo que no era feminista, se subió al bondi del feminismo cuando le convenía.

Soy una mujer resiliente, apasionada con lo que hace, soy mamá que para mí fue muy importante porque no tuve mamá, que quiere aportarle a la Argentina algo más de comprensión para hacer de este país un lugar mejor. Mi carrera fue madre también, me maternó.

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